Dominio público

Escribir mejores futuros

Miquel Ramos

Periodista. Autor de 'Antifascistas'

De izquierda a derecha los protagonistas de Narcos, El Padrino y 'The walking dead'

Dejé de ver The Walking Dead cuando, en una de sus últimas temporadas, varios capítulos se recreaban en unas escenas de torturas de una crueldad extrema. "Hasta aquí", dije. ¿Qué aportaba esto al relato? El malo sabíamos ya que era muy malo (aunque en la serie todos lo son, algunos, según nos sugieren, ‘obligados’ a ello) y desde el primer capítulo, nos acostumbramos a que nos salpicara la sangre cuando le estallaban la cabeza a un zombi o los todavía humanos se mataban entre ellos por cualquier cosa. Yo, que he sido siempre un fan de las películas distópicas, de los zombis y monstruos varios, tuve una extraña sensación entre el asco y el miedo. Es realmente preocupante pensar que la tortura puede divertir a alguien, aunque sea en ficción, pensé. Fue en esta serie en concreto, no en otras obras cinematográficas que también muestran imágenes parecidas, la que me hizo clic:  ¿Qué efectos puede tener en el imaginario colectivo, en nuestros valores, en nuestra conciencia, ‘divertirnos’ viendo como torturan a alguien? Me encontré ante muchas preguntas tras abandonar la serie, que todavía hoy no tienen respuesta.

Esta semana terminé de leer Utopía no es una isla: catálogo de mundos mejores, de Layla Martínez, y encontré algunos pensamientos que ya me rondaron por la cabeza tras plantearme lo que había más allá del entretenimiento que nos ofrecen las series o las películas. El libro, al contrario que la mayoría de estas series y películas, ofrece mejores futuros que ciudades arrasadas por catástrofes, guerras o pandemias, donde la única opción de sobrevivir es ser el mayor hijo de perra del planeta. Porque los demás también lo son, y solo sobreviven los fuertes. No los solidarios, los que se ayudan entre sí y tratan de afrontar juntos las adversidades, sino quienes no tienen escrúpulos. Puede parecernos una simple y habitual manera de contar posibles futuros a modo de entretenimiento, pero en realidad está hablando del presente, del sistema actual, del capitalismo, del sálvese quien pueda.

No quiero ser un aguafiestas. Yo mismo he disfrutado, y lo sigo haciendo, con películas distópicas, y nos hemos acostumbrado también a ver sangre y cuerpos desmembrados en los filmes desde que éramos adolescentes. Yo crecí en la época de ‘Braindead: tu madre se ha comido a mi perro’, así que no me asustan las vísceras, aunque ya no me apetezca ver este tipo de películas. La mayoría de las veces no busco grandes historias éticamente impolutas que me hagan recuperar la fe en el ser humano, sino que ya me va bien a menudo cualquier historia banal bien contada. Pero no eximo a los productos culturales de transmitir ideología o valores. Incluso lo que parece más simple, lleva implícita la mirada subjetiva del autor, su manera de presentar una historia, de entender el mundo. Y esto ya nos transmite algo.

Me ocurrió algo semejante con las películas de mafiosos y asesinos de todo pelaje convertidos en héroes y seres de culto, con quienes incluso empatizas cuando lo pilla la poli tras descuartizar a un pobre desgraciado y a toda su familia. Lo contaba Nega en su libro compartido con Arantxa Tirado ‘La clase obrera no va al paraíso’, en el que hablaba de la romantización de la delincuencia y las mafias, del mundo del hampa, su crueldad, su violencia y su supuesta lealtad (que siempre se demuestra falsa, por cierto). Lo vimos recientemente con la serie Narcos, cuando empezamos a ver merchandising de un personaje deleznable como Pablo Escobar como si fuese una estrella del rock, como ya sucedió con El Padrino años atrás. De nuevo, el más cruel es el héroe. Todo vale para triunfar en la vida, y si eres un auténtico cabrón, mejor te irá. Mitificación de la corrupción, de la crueldad y del capitalismo.

El presente se nos presenta ya un poco distópico, no lo podemos negar. Acabamos de salir de una pandemia mundial; tenemos de nuevo una guerra en Europa; la ultraderecha está más fuerte que nunca, ganando elecciones y asaltando hasta el Capitolio de los EE.UU; los precios de los combustibles están disparados; los incendios forestales arrasan países enteros; las temperaturas alcanzan máximos históricos y parece que una nueva crisis económica está a la vuelta de la esquina. "Es esencial reconocer que el cambio climático, la inflación, la escasez de alimentos, a veces son considerados problemas, pero en realidad son síntomas de un problema mayor", decía Dennis Meadows en una reciente entrevista para CTXT con motivo del 50 aniversario del informe titulado Los límites del crecimiento, en el que se alertaba de que nuestro sistema era insostenible. Como explicaba Layla en su libro, las distopías podían servir para alertar de lo que podría pasar si no tomábamos medidas, pero acabaron siendo una reafirmación del ‘no hay alternativa’, de que no vale la pena luchar y que todo está perdido y que nos preparemos para lo peor.

No estamos para tirar cohetes, es verdad. La distopía que nos presentan como inevitable parece que va instaurándose en el presente, aunque siempre haya quien se niegue a claudicar e insista en cambiar el rumbo. El motor de la historia nunca ha funcionado cagándote en todo y en todos, viendo como todo se va a la mierda, sino que han sido pequeñas y grandes revoluciones que empiezan por nuestros entornos, por pequeñas luchas que se vuelven grandes. Cuanto peor, nunca es mejor. Eso solo se lo pueden permitir quienes tienen la vida (o parte de ella) resuelta.

En realidad, los que sobreviven son quienes se apoyan. Donde existen redes, solidaridad y apoyo mutuo se encuentran las pequeñas victorias que hacen posible soñar con grandes utopías. Prefiero creer que el futuro que vendrá está en nuestras manos, que hay alternativa. Y que por eso nos negamos a conformarnos. Las propias películas distópicas, esas que te dicen que solo el cabrón sobrevive, tienen también momentos en los que aparecen reductos solidarios, pequeñas aldeas socialistas y personas amables. No me van a negar que, entre tanta muerte y tanta maldad, esas pequeñas islas en medio de tanta maldad les dan un respiro y piensan que menos mal, que todavía existe esperanza, aunque quien escriba el guion prefiera que estos acaben cosidos a balazos. El truco está en quitarle la pluma al guionista. Empezar a escribir mejores futuros desde nuestros pequeños espacios e inundar el imaginario colectivo de propuestas, de alternativas, de ejemplos y de utopías.