Dominio público

¿Qué pasa con los festivales?

Miquel Ramos

El músico y compositor Ángel Stanich, durante su concierto en el Festival Sonorama Ribera, en la localidad burgalesa de Aranda de Duero. EFE/Paco Santamaría
El músico y compositor Ángel Stanich, durante su concierto en el Festival Sonorama Ribera, en la localidad burgalesa de Aranda de Duero. EFE/Paco Santamaría

Soy de esos afortunados que no se gastó 100€ en una entrada para un macrofestival solo para ver a los grandes Rage Against The Machine. Hace unos días anunciaron la cancelación de su gira europea por problemas de salud de Zack, su cantante, y han dejado sin cabeza de cartel al festival que se iba a celebrar en Madrid y en Málaga. No compré la entrada porque me pareció un despropósito pagar cien pavos por un festival del que solo me interesaba verlos a ellos. Ya me he comido varios macroeventos solo por ver a un grupo, y no sé si por la edad o por la saturación, no me motivan ya como antes.

Hace años que los festivales son noticia cada año, por su proliferación y su impacto. También por las cancelaciones, las malas praxis y las tragedias, como este verano ha pasado con varios festivales cancelados, con varios trabajadores heridos durante un montaje, y con el triste fallecimiento de un chaval al salir volando una parte del atrezo de uno de estos. Este año, tras dos de pandemia y de parón en el sector de los espectáculos, algunas empresas quebraron, otras tuvieron que vender su material de montaje como escenarios y estructuras varias, muchos trabajadores se buscaron otros curros, los músicos se quedaron en su casa y nos quedamos sin música en directo. Aun así, se retomaron los conciertos que tuvieron que cancelarse, aparecieron nuevos, más festivales, se buscaron materiales y escenarios incluso en otros países, y personal para llevar a cabo la avalancha de eventos que este año se están desarrollando por todo el país.

He estado en muchos festivales, he organizado y he currado en varios también hasta hace pocos años, y hoy en día sigo asistiendo a veces a alguna actividad o concierto que me interese, como lo haré esta misma semana. Me lo he pasado en grande, lo reconozco, pero la escena ha cambiado bastante desde que asistí a mis primeros grandes festivales a mediados de los 90, donde vi sobre el mismo escenario a grupos tan dispares como Bad Religion, Sepultura, Iggy Pop, NOFX, David Bowie, Massive Attack, Extremoduro, Lou Reed o Patti Smith. Antes ya los había, sí, pero no con la frecuencia ni con la abundancia de hoy.

Entonces, la mayoría de los festivales eran iniciativas de gente que adoraba la música, de colectivos de pueblo, pequeñas empresas de management o sellos discográficos que intentaban sacar adelante eventos para promocionar a sus artistas o para traer a estrellas internacionales que pocas veces pasaban por aquí. Algunos iban creciendo poco a poco y otras veces duraban pocas ediciones. Otras (más bien pocas) crecían como la espuma, se consolidaban y hacían ganar buena pasta. Hoy en día, muchos de esos que tanto crecieron se vendieron por un buen pastizal a empresas y fondos de inversión que nada tienen que ver con la música, pero que han visto un gran negocio en auge y no han querido quedarse sin su parte del pastel. Por no hablar de las ingentes subvenciones públicas que reciben por ‘aportar’ a las ciudades donde se celebran un gran gasto por parte de los asistentes. Lo explicaban bien Joan Vich Montaner y David Saavedra en una entrevista en Infolibre, repasando la evolución de la escena y la entrada en el terreno de juego de grandes capitales.

Otros, sin embargo, han resistido a la tentación, y aunque hoy en día sean grandes también, siguen en manos de sus creadores y mantienen cierta independencia de los buitres que, ajenos a la música, tratan de sacar tajada. Hablar de ‘los festivales’ así en general, sería injusto, pues no es lo mismo un evento organizado por grandes empresas que no conocen ni a los grupos que contratan, que aquellos que mantienen su espíritu inicial y ofrecen más alternativas que ver a mil grupos tocar menos de una hora y beber hasta que se salga el sol.

Yo me acostumbré a ir a salas de concierto regentadas por buenos tipos que se lo curraban mucho para ofrecer toda la variedad posible y cuidar al público, a los promotores y a los artistas. Salas que se la jugaban cada vez que abrían. Promotores que traían buenas bandas de gira y sudaban hasta ver que cubrían el mínimo para pagar, al menos, los gastos. Y grupos que repetían cada año en esas mismas salas donde nos encontrábamos sus seguidores. Colectivos de chavales y chavalas que ponían todo su empeño en organizar un festival en su pueblo, en su centro social, para sus causas, y curraban gratis todo el año para poder llevarlo a cabo y financiar así otras actividades durante todo el año. Yo me crie en esta cultura del háztelo tú mismo, de lo que se llama amor al arte, que financiaba proyectos o campañas de movimientos sociales, y que también, a veces, daba de comer, muy legítimamente, a mucha gente. No olvidemos, además, que los primeros festivales en incluir los puntos violeta de atención ante agresiones sexuales fueron algunos festivales y conciertos alternativos e independientes, mucho antes que los ayuntamientos o los grandes eventos.

Hoy, viendo la burbuja festivalera existente en España, todos los sectores implicados están diciendo la suya, y algunos vaticinan que ‘está a punto de estallar’, como recogía hace unos días Ramón Armero en un reportaje. La precariedad es uno de los aspectos más importantes a destacar, pues las condiciones laborales en muchos casos dejan mucho que desear, pero también la seguridad, como hemos visto recientemente no solo por las tragedias, sino por las malas planificaciones ante aglomeraciones tan importantes de gente. No existe un control exhaustivo de esto, y a veces nos olvidamos de que, tras los watios y los fuegos artificiales, hay cientos de personas currando durante horas con la música a todo volumen y descansando poco mientras miles saltan y bailan cubata en mano.

Esto también está teniendo impacto en los grupos, en las salas, y, al final, también en el público. Tengo amigos de bandas conocidas que han cancelado conciertos en salas porque no han vendido casi entradas. Si por un poco más de pasta puedes ver a 50 grupos más, ya no pagas esos veinte pavos para uno solo, aunque sea el que realmente te interesa. Lamentablemente, esto se está extendiendo, y hay quien prefiere el buffet libre del megafestival, aunque se oiga como el culo y te traten como una mierda, a una sala donde ves a pocos metros el concierto, suena bien y compartes la velada con gente que de verdad aprecia a la banda, y no pasaba por allí porque al rato toca su grupo de indie-pop favorito y que tú detestas y que estás obligado a escuchar esperando al tuyo.

También conozco gerentes de salas que están tratando de sobrevivir ante la oleada de festivales. Además, haciendo frente a todas las trabas administrativas que existen para este tipo de espacios, inspeccionados al milímetro, mientras los festivales son promocionados por las autoridades de todo signo político bajo el mantra de la inversión para el pueblo y la proyección internacional. Estos saben exactamente el dinero que ‘deja en el pueblo’, pero no saben nada de las condiciones laborales ni la precariedad que existe detrás del telón. O no nos lo cuentan. También los elevados cachés que se pueden permitir pagar estos festivales a ciertos grupos, y lo poco que ofrecen a los más pequeños, que solo con poder tocar ante tanta gente, algunos creen que se deberían sentir ya por pagados. Siempre hubo clases, y en la música y en los festivales, también.

Aunque no todas las salas de conciertos, como los festivales, son regentadas por melómanos altruistas, claro. En todo negocio hay de todo. La Coordinadora Sindical Trabajadores/as Músicos recordaba hace un mes en un comunicado que "el tejido cultural sólo se arregla contando con los músicos y los artistas", y hacían un llamamiento a la patronal para que tomase la iniciativa y cumpliesen el convenio colectivo, ya que los y las artistas también han sufrido los efectos de la crisis de la pandemia y se siguen enfrentando a condiciones a menudo inasumibles por bandas pequeñas.

El consumo de música y el ocio han cambiado, y esto hace tiempo que plantea muchos interrogantes para quien ama la música y se encuentra con el dilema de gastarse una pasta para ver a un grupo en un gran festival, con todo lo que esto implica. Por eso, hay algunos de estos eventos que ofrecen mucho más que alcohol y música sin descanso. Los que ya nacieron con espíritu crítico y lo mantienen, y los que amplían la oferta a otras actividades culturales como foros y charlas, o demuestran una clara intención de reducir su impacto medioambiental poniendo grandes esfuerzos en ello. No todos los festivales son iguales.

Por eso digo que es injusto hablar de ‘los festivales’ y meterlos a todos en el mismo saco. Hay tanta oferta y tan variada como gustos y maneras de entender la música. Y tantas maneras de hacerlo como motivaciones para organizarlo. Es el modelo el que ha cambiado y en el que hemos entrado todos de una manera u otra. La pregunta que me ronda por la cabeza desde hace tiempo es si este modelo es sostenible, tanto medioambiental como económicamente; qué impacto tendrá en un futuro en nuestro territorio, en nuestra manera de entender el ocio y la música, o sencillamente en los grupos y en el resto de los conciertos y pequeños festivales que están lejos de los grandes eventos.

Creo que ambos modelos pueden coexistir, pero me da la impresión de que la burbuja es real y que estamos en un momento en el que vamos a empezar a ver desaparecer a varios de estos por la alta competencia y por múltiples problemas. Hay que asumir, además, que no hay suficientes medios (o interés) para controlar las medidas de seguridad, las condiciones laborales y el impacto en el medio ambiente. Mientras algunos se esfuerzan por tener no solo todos los papeles en regla sino el menor coste posible para el entorno e incluso financiar causas sociales con una parte de sus beneficios, muchos otros (la mayoría) se han convertido en grandes eventos a los que se les perdona todo porque atraen turistas y ponen al pueblo en el mapa.

Es preocupante la precariedad que subyace en muchos de los trabajos que ofrecen estos festivales, las jornadas extenuantes, las condiciones más que cuestionables y a veces hasta peligrosas para sus trabajadores, desde técnicos de sonido y luces o montadores, hasta los que trabajan en barras y en cualquier otro servicio o área del festival. Uno de los organizadores de un accidentado festival reciente confesaba abiertamente ante las cámaras (y sin que causase ningún escándalo) que, ante la falta de personal, contrató a trabajadores no cualificados.

Este panorama, más allá de que nos quejemos del precio de las entradas o de tener que hacer horas de cola, exige un replanteamiento del modelo, sobre todo para que no todo valga por dejar unos cuartos al pueblo. Exige cuidar a los currelas, que trabajen seguros y las horas que tocan, y que se les pague como corresponde. Exige un compromiso con el medio ambiente, un respeto por los vecinos y por el territorio donde aterrizan una vez al año miles de personas. Y exige también un respeto por el público, que no sea tratado como ganado y que sepa que puede sentirse seguro (y seguras). Y esto exige también que los gobernantes pongan las medidas adecuadas para controlarlo, para no hacer la vista gorda, para saber combinar ese beneficio económico que esgrimen como aval con todo lo demás. También por procurar por su pueblo el resto del año en el que no ‘aparece en el mapa’ por la avalancha de turistas. Sin esto claro, nos vemos abocados a un modelo insostenible.