Dominio público

Fantasías de verano

Santiago Alba Rico

Varias personas sentadas en bares de la plaza dels Àngels del Raval, en Barcelona. E.P./David Zorrakino
Varias personas sentadas en bares de la plaza dels Àngels del Raval, en Barcelona. E.P./David Zorrakino

¿Qué es la literatura? La conversación de la mesa de al lado. A todos nos ha ocurrido -y nos ocurre sin remedio- aguzar el oído en un bar o en un restaurante y quedar enganchados en lo que dicen los otros clientes. En general no nos caen bien; si es una pareja, nos parece cursi; si es una pandilla de jóvenes empresarios, nos parecen prepotentes y banales; si son de derechas, nos sacan de quicio; si son de izquierdas, los juzgamos sabihondos y doctrinarios. En todo caso, cualquiera que sea el contenido de la conversación y el perfil de los comensales, lo que se dice en la mesa de al lado siempre nos parece mucho más interesante que lo que sucede en nuestra propia mesa. Es normal. Precisamente ocurre que la cursilería, allí fuera, envasada en otras vidas, se nos antoja irresistible; el humor chusco de los jóvenes emprendedores, por su parte, muy bien "construido"; los de derechas irritantemente "convincentes"; los de izquierdas molestamente "verdaderos". Eso es la literatura, cuya matriz original es la chismorrería: queremos saberlo todo de las personas que viven en el lugar en el que nosotros no estamos.

En la mesa de al lado se exponen todos los clichés, se hacen realidad todas las descripciones sociológicas, cada vida singular revela su tipo, su clase, su sumisión a las convenciones: cada existencia individual deviene, por así decirlo, un personaje. Ahora bien, como sucede también con la literatura, mientras escuchamos desde lejos se nos olvida un detalle: que nosotros somos la mesa de al lado de los de la mesa de al lado y que, si ellos tendieran el oído, cuando ellos tienden el oído, nos perciben tan cursis, tan banales, tan previsibles, tan pedantes o tan graciosillos como nosotros los percibimos a ellos. Quiero decir que a veces es conveniente recordar, aún a riesgo de renunciar a una parte del placer, que también nosotros estamos sentados a la mesa de al lado. Recordarlo, sí, es disolver el misterio que nos vuelve lectores comprometidos y en virtud del cual tomamos partido en una trama novelesca; pero es también un ejercicio necesario de humilde chapoteo en la universalidad. No es seguro que reformemos nuestro carácter si nos reconocemos espantados en el vendedor pijo de la chaqueta verde, cuyas hazañas sexuales tanto nos irritan y tanto nos interesan, pero probablemente ese reconocimiento inesperado nos llevará a ser más tolerantes con sus chistes fáciles y su felicidad fanfarrona, lo que en algunos casos podrá incluso evitar una reyerta o al menos una fricción desagradable.

La literatura es variedad superficial y comunidad oculta. Hay muchas mesas de al lado y en todas estamos nosotros. Nunca este principio me ha resultado tan evidente como durante los últimos días. La segunda semana de julio la pasé en un hospital, donde se está desnudo porque se mantienen muy pocas conversaciones. La primera semana de agosto, en cambio, he estado en el mar, donde he frecuentado algunos bares y restaurantes y he escuchado numerosas conversaciones, algunas sin querer y otras por curiosidad literaria. Lo que me ha sorprendido al escucharlas es que de todas ellas había desaparecido la variedad superficial o, mejor dicho, que la comunidad habitualmente oculta se había apoderado de todas las superficies y todas las concreciones. Quiero decir que todas las conversaciones de las mesas de al lado eran iguales; que todas las mesas de al lado eran la misma mesa: ya fueran parejas enamoradas, grupos de jóvenes surfistas, nativos de edad avanzada o familias veraneantes, todos hablaban de lo mismo. Aún peor. Enseguida reparé en el hecho de que en mi propia mesa, la mesa de al lado de la mesa de al lado, también manteníamos la misma conversación. Nuestras conversaciones ya no eran literarias; no revelaban el cliché literario escondido detrás de cada individuo insustituible sino el zeitgeist, el espíritu de la época y, si se quiere, la claudicación general a la idea misma de "época".

Comer y hablar son dos operaciones que se realizan con el mismo órgano, de tal manera que todas las palabras pronunciadas en una mesa, mientras se bebe un vino y se rebaña una sardina, producen placer con independencia de su contenido. La mesa reúne el alimento y la palabra en una especie de sociabilidad material siempre tranquilizadora; una y otra vez nos creemos a salvo -digamos- mientras comemos y hablamos. Por eso, desde una mesa, y no desde un púlpito o desde una cátedra, todos juzgamos -despachamos- el mundo con fruición soberana: nos volvemos pequeños dioses omnipotentes cuando más cerca estamos de nuestro propio cuerpo y del de los demás. Así que todos, en todas las mesas de al lado, estos días de agosto, hacíamos lo mismo y con la misma complacencia. ¿Qué hacíamos? Dar por perdido el mundo con la boca llena. "El agua de lluvia ya no es potable". "El Mediterráneo está tan caliente como el Caribe y, como en el Caribe, tendremos tiburones y ciclones". "Se acabaron los peces". "Es el último verano". "¿Pedimos otra?".

El problema no es, como dice Mark Fisher, que seamos incapaces de imaginar una alternativa al capitalismo; el problema es que el vacío de imaginación se llena de fantasía, de manera que, reducidos a la impotencia, acabamos fantaseando con el apocalipsis. Si lo imagináramos, si fuésemos capaces de representarnos realmente las consecuencias del cambio climático, cuyos efectos enumeramos detalladamente, aún habría alguna posibilidad. No lo hacemos. En todas las mesas de al lado fantaseamos con el fin del mundo; fantaseamos, es decir, con la realidad misma, que de esta manera se vuelve inimaginable e imposible. O de otra manera: el contenido de nuestras fantasías es la realidad y así la realidad se vuelve, a su vez, una fantasía. No está ocurriendo lo que está ocurriendo porque lo estoy viendo y nombrando y padeciendo. El capitalismo tecnológico de consumo, lo he dicho otras veces, nos ha preparado durante años para esta forma de nihilismo fantástico en virtud del cual soñamos precisamente lo que está ocurriendo -de manera que nos parece justamente un sueño. Ahora bien, creo que hay algo más. Porque en las mesas de al lado, donde se come y se ríe, nos defendemos del mal que enunciamos desde la unión o desde la contigüidad de los cuerpos, no desde su disolución tecnológica en un gadget solipsista. Esta negación corporal de la realidad es muy antigua. Ha salvado a los pueblos de la desesperación al mismo tiempo que los ha entregado a sus verdugos sin resistencia. Hace creer en la normalidad: es por eso la fuente del más placentero de los engaños -el de que la comida de hoy funda un presente eterno sin amenazas-, pero anticipa, asimismo, como escribía Marx, otros mundos posibles acuñados en deliberaciones, acuerdos y proyectos: en la mesa de al lado, al menos potencialmente, se está pensando la solución. No debemos olvidar que hace falta también una mesa para eso que antes llamábamos revolución.

La fantasía es lo contrario de la literatura. El verano, decía Violeta Parra, es embustero; el verano, decía de Quincey, es funerario; el verano, decía El hermano lobo en 1976, es fascismo. Este verano es, desde luego, el más fantástico o fantasioso de todos los que hemos vivido hasta ahora. En las mesas de al lado ya no se hace literatura sino esa variante del cinismo que llamamos resignación. Se nombra con placer fantasioso la realidad general que nos está matando. Se habla y se come para alejar el otoño, como se hacía la señal de la cruz para alejar al demonio.

Esas mesas, en todo caso, conservan aún la posibilidad de la literatura, que es -no lo olvidemos- el regazo de la política. ¿Es demasiado tarde para volver a ella? Quizás sí. Quizás no. Es posible que la "época" nos haya caído encima cuando ya no hay vuelta atrás. Es posible también que en el fondo de un vaso nazcan nuevas ballenas y nuevas posidonias. Diré en todo caso esta profunda frivolidad: si no podemos hacer otra cosa que nombrar el mal, mejor que el apocalipsis nos pille en una mesa -con una caña, dos sardinas y tres amigos- que en Twitter o en Instagram. Mejor esperar en la mesa de al lado que en nuestro propio ombligo.