Dominio público

La palabra y el cuchillo

Elizabeth Duval

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Ayer estuve en la inauguración del festival Centroamérica Cuenta, en su edición madrileña, en Casa América. Marta Sanz, en un diálogo con Rodrigo Rey Rosa y Javier Rodríguez Marcos, dijo algo que anoté rápidamente en mi cuaderno: que la contemporaneidad se nos clava en el cuerpo y reaccionamos a ella, que hay cosas pequeñitas que se nos clavan y cosas más grandes, con sus achaques inevitables. Porque me gustó esa metáfora de la contemporaneidad punzante, la realidad como astilla y cuchillo.

Esa era la parte más profunda. Lo otro que contó, quizá mas frívolo y divertido, me hizo reír más: que ella no había empezado a escribir buscando cosas grandilocuentes; su primera novela estaba escrita como venganza a un novio que la había dejado. Y sirvió como una venganza perfecta, porque le hizo daño y también se clavó, punzante como el cuchillo de la contemporaneidad: él no se reconocía en la novela que ella había escrito. Allí había cierto goce perverso: vaya si la novela tiene poder, aunque sea el poder del despecho.

Quizás hay tantas cosas en la realidad cotidiana y la actualidad política que casi nada se nos clava con tanta estructura afilada como lo cotidiano. No pocas veces me he sentido yo tentada por la posibilidad de escribir en reacción al despecho o el corazón roto; es muy difícil que el resto de cosas del mundo nos interesen cuando las punzadas vienen desde lo íntimo. La actualidad nunca se para a nuestros ritmos y a veces una tiene que analizar noticias, números, leyes, cuando ni quiere ni le apetece.

Si estas cosas permean en quienes comentamos, cómo no afectarán a quienes hacen la realidad y sus acciones. Me preguntaba, escuchando a Marta, cuántas decisiones políticas habrán estado motivadas por el despecho, el dolor, la punzada o un estado emocional maltrecho o sacudido; la respuesta, viendo comentarios y declaraciones de los últimos días, semanas, meses, años, no sería «todas», pero sí muchas.

El rencor no se abandona y la bilis negra no cesa de apoderarse del cuerpo. Y es en exabruptos cuando esa bilis se desvela, dice alguien las cosas que en el fondo no quiere decir, pero que expresan mucho más sus verdaderas motivaciones que la línea de argumentario que debe recubrirlas.

La política, vista desde fuera, podría parecerle a algunos un cálculo de agentes racionales y reflexivos. Nada más lejos de la realidad: es un mundo profundamente humano, lo cual alivia y atormenta al mismo tiempo.

Quienes escribimos somos optimistas convencidos, decía Marta Sanz, porque de alguna manera seguimos teniendo confianza en las palabras; esas mismas palabras que pueden ser cuchillos. «Pero escribe Bifo», pensaba yo como respuesta, «que nada nos aleja más de la conexión con el otro mediante el cuerpo y las sensaciones que nuestra forma de enjaular el mundo en sintaxis y oraciones, en formas articuladas de pensar que nunca van a corresponderse, en relatos opuestos e irreconciliables». Toda ruptura es la ruptura de la elaboración de un relato común; también en política. Y cualquiera tendría que cuidarse de no emplear la palabra como un cuchillo.