Dominio público

¿El fin del antifascismo en Italia?

Pablo Bustinduy

La líder del partido italiano de extrema derecha Fratelli d'Italia (Hermanos de Italia), Giorgia Meloni, se dirige a sus seguidores durante un mitin como parte de la campaña para las elecciones generales, en la Piazza Duomo de Milán, Italia, el 11 de septiembre de 2022. Piero CRUCIATTI / AFP

"Italia es un país circular", Pier Paolo Pasolini

Las elecciones italianas del próximo domingo pueden poner fin a una tendencia que ha marcado la política del país en la última década. Desde el golpe tecnocrático que aupó a Mario Monti al poder en el año 2011, ningún jefe de gobierno ha salido directamente de las urnas. Los gobiernos, además, se han parecido poco a lo reflejado por los resultados electorales. En 2013 la coalición de centroizquierda se rompió tras ganar las elecciones y fue sustituida por un gobierno de gran coalición. En 2018 la alianza contra natura del Movimiento 5 Estrellas y la Lega duró solo un año: Salvini se vio fuerte tras arrasar en las elecciones europeas y la hizo caer. El 5 Estrellas se alió entonces con el PD y con la izquierda, pero Renzi volvió a tumbar el gobierno un año y medio después. Llegó por fin el gobierno técnico de Draghi, en el que cupieron todos los grandes partidos menos el de Meloni. En teoría ese gobierno cayó por desencuentros sobre los planes anticrisis y la guerra en Ucrania. En realidad, todos lo apoyaron y todos lo hicieron caer.

El transformismo político y la capacidad de recomposición del sistema de partidos han marcado el devenir de la política italiana hasta hacerla casi incomprensible. Quizá como consecuencia, la inestabilidad y la volatilidad política también se han acelerado. La Lega de Salvini ha pasado de obtener un 34% del voto en las últimas elecciones europeas a pelear por un 12% en los últimos sondeos que se publicaron. El 5 Estrellas fue el partido más votado en 2018 con un 32%; ahora pelea entre un reguero de escisiones por despegar del 10. El PD ha visto sus apoyos reducirse a la mitad en apenas 6 años. Giorgia Meloni sacó menos de un 2% en 2013 y de un 4% en 2018; ahora los sondeos apuntan a su victoria con más de un 25% de los votos.

Este aparente caos ha servido como excusa para reforzar la lógica de excepcionalidad que rige la política italiana. En la última década, las "soluciones de emergencia" se han convertido en la norma. Los gobiernos técnicos, los acuerdos políticos al margen del legislativo, las alianzas y las componendas informales han sustituido al parlamento como eje de la política nacional, creando un espacio de decisión política por encima de los partidos y los resultados electorales que es a la vez permeable e inmune a ellos. Draghi, que no se ha presentado nunca a unas elecciones, sigue dirigiendo ese espacio como una especie de guardián de la ortodoxia económica. Es una parodia que el rol que hoy ejerce sobre la política italiana se parezca tanto al que ya tenía desde el BCE sobre los gobiernos de las periferias europeas.

Estos días la lógica del gobierno técnico ha vuelto a planear sobre las elecciones. Si la derecha no consiguiera una mayoría suficiente, lo que parece improbable, o si el gobierno que salga cae a los pocos meses (la Lega de Salvini parece su flanco más débil), se imagina un retorno de Draghi en otra coalición transversal. También se especula con que ese retorno no será necesario: Draghi habría establecido ya una línea directa con Meloni con la intención de tutelar su gobierno. A Meloni le interesa que Draghi no se posicione en su contra para neutralizar el miedo a su victoria. A Draghi le hará falta el apoyo de Meloni si finalmente decide presentarse a la presidencia de la República o a algún alto cargo del organigrama europeo. El punto de encuentro entre los dos delimita el espacio político para el futuro gobierno.


Los sondeos, es un hecho, dibujan una victoria cierta de la coalición de la derecha. La decisión de quedarse fuera del gobierno Draghi parece haber funcionado. Pero Meloni avanza también gracias a la incapacidad manifiesta de sus adversarios. La derecha no tendrá enfrente una coalición liberal-progresista: el PD y el 5 Estrellas, que gobernaron juntos hasta hace dos años, decidieron que su ruptura era irreversible. Tampoco cuajó una coalición alternativa entre el 5 Estrellas y las exiguas fuerzas de la izquierda parlamentaria italiana. El resultado es que el 5 Estrellas se presenta sólo y debilitado por varias escisiones. La nueva Alianza Rojiverde va en alianza con el PD, que sin embargo ha hecho saber que no formaría gobierno con ellos. El partido recién creado Unione Popolare se presenta por libre. Por si fuera poco, el bloque liberal también se ha fragmentado, con varias escisiones del PD presentando una lista centrista alternativa, orquestada por Matteo Renzi. Es la tormenta perfecta: no hay siquiera una opción clara para el voto útil contra la extrema derecha.

Esta fragmentación abre la puerta a lo que no ha conseguido en cuatro décadas la familia Le Pen: que un partido que se reclama abiertamente de la herencia posfascista pueda dirigir el destino de un país fundador de la Unión Europea. Han pasado apenas tres meses desde el discurso de Meloni en las elecciones andaluzas, que sorprendió por su dureza hasta a sus anfitriones. Su campaña desde entonces ha puesto en marcha una exitosa operación de desdiabolización: Meloni ha intentado desmarcarse de las raíces de su partido y hoy cita entre sus referentes a los Conservadores británicos, al partido Republicano y al Likud. Ya no arremete contra una "Europa soviética" sino que propone trabajar mano a mano con la Comisión y respetar las reglas europeas. En un debate reciente con el candidato del PD Enrico Letta, de hecho, costaba diferenciar sus posiciones sobre la crisis de la energía, Ucrania, Europa, o la política económica. Pese a algún derrape reciente, en todos estos temas su discurso se mantiene estrictamente dentro de los límites de la agenda Draghi.

En Bruselas ese movimiento parece haber relajado los ánimos. Es evidente que en materia de inmigración o de derechos civiles la agenda de un gobierno Meloni sería durísima. También parece claro que ese gobierno no tendría dudas en fraguar alianzas con Hungría y Polonia para construir un contrapoder reaccionario a la gobernanza europea. Pero a juzgar por las reacciones de las últimas semanas, no parece que los dirigentes de la UE anticipen un conflicto frontal con el gobierno italiano, no al menos en los términos en que se dio la durísima confrontación con el gobierno de la Lega y el 5 Estrellas en 2018.


Un motivo para ello es económico: Italia necesita los casi 200.000 millones de euros que tiene pendientes en fondos de recuperación. Los objetivos para desbloquear el próximo paquete de ayudas ya están fijados, y eso restringe la capacidad de acción de cualquier gobierno que salga elegido. El segundo motivo es geopolítico: a diferencia de Salvini, no hay duda ninguna sobre la fe atlántica de Meloni, y se asume como una certeza de que su gobierno no saboteará la "unidad de occidente" (aunque hay un riesgo que quizá no se ha ponderado bien: Meloni es mucho más atlantista que europeísta, mucho más pro OTAN que pro UE). Ese alineamiento pesa hoy mucho más que el desafío que pueda suponer su gobierno al acervo maltrecho de la democracia liberal europea.

Cada vez más, la coyuntura empuja a normalizar la presencia de la extrema derecha en los espacios del poder europeo. En Italia ese proceso arrancó hace ya tres décadas. En los años 90 Berlusconi creó un espacio político donde liberales, conservadores y posfascistas podían coexistir como apoyos legítimos de su gobierno. Fue también él quien nombró a Meloni ministra en la década del 2000, y ha sido de nuevo él quien no ha dudado en aliarse con Fratelli d’Italia bajo su liderazgo, moderando su imagen y dando una apariencia de continuidad y normalidad a estas elecciones. El paso de Salvini por el poder hizo el resto, aunque entonces hubo mucha más movilización popular, institucional e internacional para impedirlo. Hoy a ese largo proceso se une la existencia de un espacio de excepción normalizado, por encima de los partidos y de las instituciones de la política italiana, que Meloni no dudará en ocupar. Son muy malas noticias. Debatimos mucho sobre el retorno del fascismo en Europa, pero en Italia es la era antifascista la que puede haber terminado.