Dominio público

La guerra en Ucrania cambia de fase

Ruth Ferrero-Turrión

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.

Soldados ucranianos transportan suministros a través de un puente dañado hacia la ciudad recién liberada de Kupiansk, al este de Járkov. EFE/EPA/ATEF SAFADI
Soldados ucranianos transportan suministros a través de un puente dañado hacia la ciudad recién liberada de Kupiansk, al este de Járkov. EFE/EPA/ATEF SAFADI

La declaración de anexión de los territorios de Donestk, Lugansk, Jerson y Zaporiyia realizada el pasado 30 de septiembre en Moscú por parte de Vladimir Putin marca un punto de inflexión en esta guerra que dura ya más de siete meses. La incorporación del 15% y 9 millones de habitantes de Ucrania a Rusia da continuidad al proceso de conquista que se inició en el año 2014 cuando tuvo lugar la anexión de Crimea.

Gracias a este movimiento el Kremlin consigue alcanzar varios objetivos. En primer lugar, transforma de un plumazo una guerra de conquista imperial en una guerra defensiva amparada bajo la doctrina militar rusa que permite defender a todo el territorio en caso de amenaza nuclear o existencial para la nación rusa, de ahí la permanente amenaza explícita en los últimos discursos y declaraciones públicas realizadas por Putin. Si hasta a celebración de los referendos y la posterior anexión de los territorios esa amenaza sobrevolaba el contexto, ahora se hace de manera mucho más explícita. Hay quien plantea que con fines reales, hay quién dice que con fines disuasorios. Sea como fuere, lo cierto es que el escenario del uso del arma nuclear es ahora más real que nunca. Incluso me atrevería a afirmar que en este momento hay más peligro de un escenario nuclear, controlado o no, que durante algunos episodios de la Guerra Fría, como durante la crisis de los misiles. La diferencia fundamental es que entonces existían normas de negociación entre las grandes potencias, hoy esos canales de diálogo están desaparecidos desde hace tiempo.

En segundo lugar, con la anexión de estos territorios, Putin muestra ante el pueblo ruso el resultado de su cruzada para reconstruir el imperio zarista al ofrecer una buena parte del territorio de lo que se ha dado en llamar Novorisiyia (el Este y Sur de Ucrania) de vuelta a la madre Rusia. En el discurso del pasado 30 de septiembre Putin remarcaba las líneas ideológicas que articulan su pensamiento político sostenidas sobre la tríada "patria, dios y lengua". Nada que todo aquel/aquella que haya seguido los devenires del nacionalismo imperial ruso no conozca a estas alturas, pero que, sin embargo, ha sorprendido a algunos/as que lo achacan a la locura de un solo hombre. En todo caso, un discurso que articula sobre los mismos mimbres sobre los que lo hacen las derechas radicales, postfascistas o neofascistas que se escuchan en otras latitudes a lo largo y ancho del planeta y que configuran una nueva internacional de derecha radical que, en gran parte, ha sido financiada por el Kremlin bajo el liderazgo de Putin. El autoritarismo sí está presente en Moscú, pero cuidado que ya también está el postfascismo en Roma.

El tercero de los objetivos, y no menor, es el ofrecer una suerte de victoria tras la "campaña militar especial" que lanzó el pasado mes de febrero. Este hecho quiera lanzar un mensaje de confianza a una sociedad que mira aterrada cómo se ha roto el contrato social establecido con el putinismo una vez se ha materializado la movilización de reservistas y que recuerda mucho aquello que se decía en la España de Franco, no se preocupe usted por la política que de eso ya se encarga el caudillo. Las salidas en desbandada de muchos potenciales reclutas han inundado las páginas de los periódicos y las imágenes de los telediarios, y aunque son gran cantidad de personas, sin embargo, todavía queda mucha gente en el interior de país que comulga con los postulados del gobierno.

En este nuevo contexto es en dónde conviene comenzar a situarse y dibujar escenarios posibles, al menos en el corto y medio plazo. Pero conviene hacerlo teniendo en cuenta varias premisas. La primera, que hay que hacerlo con la cabeza fría y dejando de lado consideraciones morales que, de todos es sabido, en el ámbito de la negociación internacional no suelen funcionar. La segunda, sabiendo que Putin no puede perder la guerra y que utilizará todos los medios a su alcance para evitarlo y que, por tanto, el escenario nuclear no debiera ser descartado sin más. Tercero y muy importante, es imprescindible ser conscientes de cuál es el objetivo que se persigue. Durante los meses que llevamos en guerra se ha especulado mucho sobre cuál era el objetivo del Kremlin. Pues bien, también es relevante ser conscientes del objetivo que se quiere alcanzar desde el otro lado, por parte de la UE, por parte de EEUU, por parte de la OTAN, por parte de Ucrania. En muchos casos quizás haya coincidencias, en otros eso no está tan claro. Y esta es una de las incógnitas que hay que despejar, puesto que de ella depende las acciones políticas que se quieran o puedan llevar a cabo.

Así que, antes de ponernos maximalistas sobre quién va a ganar la guerra quizás sea más sensato apostar por aquellas herramientas que permitan primero pararla en las mejores condiciones para el pueblo ucraniano, que es el que está poniendo los muertos y del que muy frecuentemente nos olvidamos. Pero también hay que ser conscientes de que una derrota de Rusia no hará necesariamente caer al régimen. Baste recordar como salió reforzado Milosevic tras los bombardeos de la OTAN. Sólo cayó cuando unas elecciones lo echaron. Por tanto, es importante ser conscientes de que sólo desde dentro de Rusia es desde dónde se producirá un eventual cambio sistémico. Y mientras eso pasa, será imprescindible dar todo el apoyo necesario a la resistencia a la tiranía.

En todo caso, por el momento, nada augura una pronta finalización de la guerra, sino más bien una creciente cronificación, estancamiento y potencial congelación de la misma.