Dominio público

Cuando la izquierda habla de España

Elizabeth Duval

Un paracaidista que descendía con la bandera de España se ha quedado enganchado de una farola en el desfile del Día de la Fiesta Nacional, en Madrid (España) a 12 de octubre de 2019. Fecha: 12/10/2019.

Se acerca la mal escogida fecha de nuestra Fiesta Nacional. Siempre hay quien, cuando alguien de izquierdas habla de España, responde diciendo que ese proceso de «reapropiación» o «resignificación» (¿qué necesidad hay de usar esos palabros?) ya demostró su fracaso. No es baladí: en esa respuesta subyace la consideración según la cual la patria se mide por su valor como estrategia política. Se mezclan absurdos y cosas inconexas para sugerir que algunos llevamos dando la turra con una idea ayer, ahora y siempre inútil. Alguno, en sus pensamientos, nos mira por encima del hombro: ¿no se cansan? O, aún peor: ¿no se dan cuenta de su ridículo?

En su mitin en el festival ultraderechista que ha organizado Vox estos días, en el cual tampoco se cansaban de su ridículo, Abascal, en camisa azul y con un discurso más falangista que nunca (¡elogiando entre brazos alzados a Primo de Rivera!), recriminaba a la izquierda su despreocupación por la patria. Ríos de tinta han corrido ya sobre cómo la derecha se ha apropiado la bandera, sus símbolos, hasta su país; no es mi intención repetirlos. No es tanto que la izquierda se haya despreocupado, sino que ha renunciado a una parte de esa batalla. Y, cuando la ha dado, la ha dado de forma equivocada.

Uno de los problemas de la cultura política de izquierdas en los últimos tiempos ha sido su sometimiento a las estrategias de comunicación y a la instrumentalización de los conceptos. Las ideas no se medían exactamente por sus efectos, sino que sólo eran tomadas en la medida en que podían ser funcionales para un objetivo. Cuando partidos como Podemos han coqueteado con la noción de patria han parecido hacerlo cuando pensaban que esa noción podía servirles para cosechar mejores resultados electorales; la coherencia del pensamiento político quedaba sometida a la utilidad cortoplacista, en ciclos muy cortos; el pensamiento quedaba convertido en mensajes, eslóganes y argumentario.

Pero hay conceptos que no admiten ese tipo de vaivenes. En el caso de la noción de patria, cualquier uso interesado carente de compromiso duradero iba a ser visto tarde o temprano como el uso deshonesto de veletas políticas; la patria deja de ser una noción operativa cuando se convierte en algo a lo que se puede temporalmente renunciar en pos de unos resultados un poco mejores, es decir, cuando no existe una vinculación afectiva y real con el concepto que se está utilizando.

Mi relación con España tiene mucho más que ver con la experiencia de haberme ido a estudiar fuera y haber vuelto que con cualquier tipo de estrategia política: puede ser que no haya forma más poderosa de acercarse a una patria que a través de la desposesión que implica tener que irse lejos. Es, y también les pasa a algunas amigas, a algunas interlocutoras, una relación turbulenta, intensa, íntima, y no envidio la asepsia de quienes no sienten nada por su país. Yo no puedo renunciar, ni a la hora de pensar la política ni en ningún otro momento, a esa dimensión de mí misma y de mi identidad, que me lleva a sentirme española y sentir lo español como mío. Tuve, claro, que irme y abandonarlo para darme cuenta.

Me siento, del mismo modo, extraordinariamente lejos de aquellos para quienes la complicada relación de la izquierda con España sólo les interesa si les sirve como instrumento de acoso y derribo contra la izquierda que a ellos no les gusta. Insisto en esto otro: no me interesa la rojigualda porque envolverse en ella dé más o menos votos, porque ni siquiera participo de la dinámica electoral partidista. Por eso celebré también este año cuando el Ministerio de Igualdad lanzó su campaña "Orgullo de País", declarando el "orgullo de una España diversa e inclusiva". Todo lo que tiene que ver con la patria no es para mí un arma arrojadiza, menos una estrategia; es un tema, una preocupación, una relación afectiva, un debate. Y no se trata de una cuestión simple o que se resuelva de un plumazo, como algunos querrían verla; si en ello otros ven un defecto, en esa riqueza del disenso percibo una virtud.

Hay una parte de la izquierda que vive esperando a que su país sea lo suficientemente bueno para ellos antes de abrazarlo. Lo que no comprenden es que nunca va a serlo, igual que su país jamás será lo bastante reaccionario como para aquellos del bando opuesto. La ausencia de vergüenza de la derecha a la hora de considerarse a sí mismos los genuinos representantes de su patria sí que es estratégica: ellos obvian a la hora de definir España que España también es lo que odian, un país abierto a la diversidad, con un movimiento feminista fortísimo.

Su estrategia parece fortísima en tanto que nos han convencido de que España son ellos, o el 12 de octubre, o los ultras, el resentimiento, el desprecio. La relación de la izquierda con España no tendrá salida hasta que salgamos de ese engaño. No nos han robado un país, porque nuestro país sigue siendo el que es: si nos sentimos expropiados, pues, tendrá algo que ver con que estemos dejando que nos lo roben. Ahí, de golpe, la responsabilidad se vuelve nuestra.