Dominio público

Para qué sirve una columna (y la victoria de la izquierda)

Elizabeth Duval

El entonces secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, levantando el puño izquierdo, junto a Yolanda Díaz durante un acto en A Coruña (Galicia), a 3 de noviembre de 2019.- M. DYLAN / EUROPA PRESS

Hay quienes dedican sus columnas de opinión a estampar contra realidades diversas la única idea que sus cabezas han sido capaces de alumbrar: esperan, están al acecho, y luego van a la zaga del recoveco banal de la actualidad que les permita repetir la síntesis de sus discursos aprendidos. Hay columnas pensadas como herramientas de presión a ciertos lectores muy concretos, como formas de difundir ideas, ubicarlas, que se vayan diseminando. Hay columnas como desquite o forma de liberar una olla a presión. Se especula, se interpreta; a veces, si entre las líneas da tiempo, incluso se piensa, y en el mejor de los casos se piensa bien.

Se exploran, porque columnistas hay muchos, una aparente inmensidad de matices —en ocasiones, confesemos, inventados— sobre los mismos temas, y el pensamiento propio puede verse modificado si encontramos que alguien, como es razonable, ha tenido antes que nosotros nuestras ideas e impresiones. Así desfilan sinsentidos, florituras y formulaciones: usos imprecisos (en su descripción de la realidad) pero funcionales (porque enganchan, escandalizan). Funciona mejor, en un medio de izquierdas, un titular tosco contra el PP, no hablemos ya de un «Franco»; la derecha tiene sus propias obsesiones, como Sánchez, el odio a las personas trans, el peligro de los rojos.

La realidad se parece irremediablemente a sí misma y es difícil que sea todo el rato interesante. Más aún cuando, a veces, hay que decir que no. Cualquier persona que observe el panorama actual de la izquierda (que, de tan vociferante, ya ni puede reducirse a una cuestión «interna») sabe lo que por ahí anda pasando, e identifica a quien señala con bala a la progresía mediática, e intuye a quienes en ese sintagma andamos de a poco siendo incluidos. Es una duda que he tenido mucho en los últimos meses: la duda entre decir lo evidente o no decirlo, la pregunta sobre cuál de las dos opciones será mejor. Si dentro de la política (o en su periferia) sólo suceden vergüenzas, he pensado, mejor que el comportamiento de quienes escribimos desde fuera sea relativamente púdico.

Me pregunto, ahora, qué clase de ánimos de resignación reinarán en el espacio político de la izquierda si incluso quienes meramente comunicamos hemos aceptado ya la resignación de tantas cosas. Asumimos que la situación no va a cambiar, así que o bien optamos por dejarla como está, y no decir nada, y no hablar, aunque todo el mundo sepa lo que hay, o bien lo aireamos todo empeorándolo, echando sal sobre las heridas, sin que ninguna de las dos estrategias nos conduzca del todo a ninguna parte. No puede ser que todos pensemos estar dirigiéndonos a un choque de trenes, una guerra o un abismo y que todos, al mismo tiempo, lo hayamos aceptado.

Si las cosas son así, no sé para qué sirve una columna. Una columna tiene una diferencia curiosa con respecto a otros géneros literarios, y se parece así mucho más a la labor de argumentario o al trabajo de discurso que se realiza dentro de un partido que a una gran cantidad de ensayos: ningún texto es más dependiente de los efectos producidos en el público que una columna, ningún texto busca afectar de forma más directa; toda columna está cargadísima de intenciones y tiende a ser efímera, a perecer. Un ensayo, una novela o un libro se pueden escribir por el interés que tienen en sí mismos. Las columnas sobre actualidad política tienden a cumplir, más bien, una función utilitaria, ligada al objeto que tratan, a la materia tosca, burda y repetitiva sobre la cual reflexionan. Si nos resignamos a la inutilidad de los textos, pues, ¿para qué sirven los textos utilitarios? Si renunciamos a transformar la realidad a través de las palabras, o si lo intentamos una y otra vez y seguimos fracasando, ¿para qué sirve una columna?

Acababa Gil de Biedma un bellísimo poema deseando, tras lamentarse de España como la historia más triste de la Historia: «quiero creer que nuestro mal gobierno / es un vulgar negocio de los hombres / y no una metafísica [...] / que es tiempo aún para cambiar la historia / antes que se la lleven los demonios. / Porque quiero creer que no hay demonios. / [...] Son hombres quienes han vendido al hombre, / los que le han convertido a la pobreza / y secuestrado la salud de España. / Pido que España expulse a esos demonios. / Que la pobreza suba hasta el gobierno. / Que sea el hombre el dueño de su historia».

Quiero creer que no estamos condenados a puñaladas y chascarrillos que se emiten para que todos (particularmente los enemigos) los entiendan y después se niegan de cara al público para poder hacerse los cándidos, los inocentes, los impolutos. Que es tiempo aún para cambiar la historia, porque incluso los de voluntad kamikaze se han dado cuenta de que es posible revalidar un gobierno de izquierdas en 2023, lejos de la sobredeterminación conspiranoico-mediática y los puentes ardiendo, los espacios incendiados, las separaciones anunciadas. Quiero pensar que podemos desechar los argumentos circulares, las respuestas que anticipan tramposamente lo que los otros dirán para poder señalarlo, esbozando un «ya lo dije», y desactivar por anticipación falaz cualquier crítica futura; que las visiones del mundo no tienen por qué ser totalizantes, que los relatos pueden contaminarse los unos por los otros. Quiero creer que, en el fondo, ni los kamikazes son tan kamikazes, que sus argucias son vulgares negocios de los egos y no la metafísica y dogma oficial de cualquier espacio de la izquierda.

Si para algo puede servir una columna, que sea para decir que aún estamos a tiempo. Para señalar que hay encuestas que dicen que Más Madrid estaría a un concejal de arrebatarle la alcaldía a Almeida. Para apuntar al declive de Feijóo y lo largo, si nada lo impide, que se le hará el camino hasta las próximas generales. Tiempo para recapacitar y para que alguien hable, abra la boca y diga lo evidente. Si todas estas cosas en las que quiero creer se tornaran ciertas, la victoria de la izquierda se volvería posible. Creer en ellas, sin saber lo que son, se vuelve entonces una necesidad.