Dominio público

Tapar la inmundicia con banderas y títulos

Miquel Ramos

Miles de personas llenan esta sábado la plaza de Cibeles de Madrid con banderas de España, convocadas por diversas asociaciones para protestar contra el Gobierno de Pedro Sánchez y "en defensa" de la Constitución. EFE/Víctor Lerena

Madrid volvió a ser el pasado fin de semana el escenario de la última opereta orquestada por las extremas derechas, en una concentración contra el actual Gobierno y en el que se sirvió el menú habitual: el relato de la España en peligro, de la rendición de la democracia ante fuerzas oscuras, y la existencia de "un plan de más largo alcance que permanece oculto y que avanza hacia una mutación constitucional por cauces ilegítimos". Nada que no hayamos escuchado ya de estas derechas contemporáneas, aquí en España, en Washington o en Brasilia.

La estimulación de la conspiranoia es una de las tácticas históricas de las extremas derechas para presentarse como salvadores de una patria amenazada y secuestrada por el mal endémico de estas sociedades que, según Vargas Llosa, votan mal. Lo vimos nada más ganar las elecciones José Luís Rodríguez Zapatero y se empezaron a mover algunas fichas. Lo explicó el exministro y expresidente de la Generalitat Valenciana, Eduardo Zaplana, el pasado domingo en la entrevista que realizó Gonzo para el programa Salvados, quien minimizó sus guiños a las teorías de la conspiración del 11M y señaló a Zapatero como el inicio de la rotura de España. Lo que omitió Zaplana es que aquello supuso la escisión del PP que fue luego Vox, cocido a fuego lento durante aquellos años con fundaciones, chiringuitos y medios de comunicación que reclamaban más derecha contra los derechos.

Son las viejas fórmulas de siempre con ligeros aderezos que sirven para movilizar a sus masas y cubrir de ilegitimidad a un Gobierno. Aunque el verdadero anhelo de fondo es que no se toquen determinados privilegios. En eso consisten las batallas culturales de las derechas, que sirven tanto para no hablar de ciertos temas, como para azuzar los instintos más primarios del patriotismo y el conspiracionismo de los privilegiados cuando se ven amenazados.

Retratar esto no significa alabar a un Gobierno que se resiste a tocar los cimientos de un sistema estructuralmente corrupto y viciado, que traiciona sus propias promesas electorales y que rebaja sus políticas para no parecer demasiado progre. La mera salida tangencial del guion consensuado durante décadas por el bipartidismo, aunque sea mínima, es suficiente siempre para estimular a esa caverna que secuestra las palabras democracia y libertad mientras enarbolan banderas franquistas, como las que vimos ondear en este último akelarre ultra. El mantra es siempre el mismo, sea contra los matrimonios igualitarios, los derechos de las mujeres o las múltiples formas de diversidad. Una masa que viene ya inyectada de casa con altas dosis de miedo e ira, y un patriotismo de pandereta y banderita, que permanece siempre alerta en su trinchera ante el avance de las tropas marxistas, separatistas y multiculturalistas, y que supura con cierta asiduidad.

Esta vez, lejos de la mítica foto de Colón con las tres derechas, solo quedó Vox. Eso sí, acompañado de una retahíla de chiringuitos ultrapatriotas que salen y se reproducen convenientemente al toque de corneta, con la carcunda habitual a la que pocos manifiestos para salvar España les faltará por firmar. Estos reivindicaron su papel organizador del acto, al que dicen que habían invitado a diferentes políticos, pero que finalmente capitalizó la formación de Abascal, en primera línea de todas las fotos.

Más allá de lo que se cueza en el sector derecho, y de que empecemos a sudar vergüenza ajena con las sucesivas campañas electorales que nos esperan, el foco deberíamos ponerlo en lo que pasa más allá de las instituciones, en las calles, en los servicios públicos con los sanitarios en pie de guerra y los estudiantes volviendo a alzar la voz. También en lo que le queda por hacer a este Gobierno, que no es poco.

Las pantomimas ultras nos dan para este y muchos otros artículos, pero no debemos perder de vista que todavía queda la promesa de derogación de la Ley Mordaza, que la reforma del Código Penal que se ha planteado puede significar más represión para los movimientos sociales, y que todavía, cada día, hay gente que se queda sin casa, sin trabajo y sin sustento, mientras otros incrementan sus patrimonios. Este es el verdadero asunto que debería preocuparnos, por el que la derecha nunca saldrá a la calle, y para lo que el Gobierno actual ofrecerá paños calientes que bien salvarán circunstancialmente a muchos, pero no tocarán las estructuras que lo provoca. Le toca a la izquierda reaccionar, como hemos visto en Francia ante la subida de la edad de jubilación, o como llevan meses haciendo los sanitarios, y como ayer lo hicieron los estudiantes, y volver a rescatar las calles, a incrementar las movilizaciones y reforzar los movimientos sociales.

Las protestas de ayer en la Universidad Complutense de Madrid contra la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, quien recibía honores del ente público en un nombramiento no exento de polémica, son un síntoma de esa revuelta necesaria. El acto estaba hecho a medida para ella, para que tanto el reconocimiento como las protestas le sirvieran para presentarse una vez más como reina y como víctima para su cohorte. La protesta no fue únicamente contra su nombramiento, sino que puso sobre la mesa la pauperización y la instrumentalización de los servicios públicos.

Fue una muestra de la irredenta masa crítica que todavía anida en las universidades, aunque otros las llenen de palmeros y lamebotas. Este ejemplo, así como los numerosos colectivos por la vivienda digna que trabajan en varias ciudades para proteger a sus vecinos, los sanitarios, las mujeres y tantos otros colectivos que no han dejado de pelear sus derechos gobierne quien gobierne, no pueden bajar la guardia. Cuando el circo electoral empiece oficialmente, los temas que se logren agendar en las calles van a marcar el nuevo ciclo político que se avecina. No se lo regalemos a quienes pretenden tapar con banderas todas las carencias y todas las inmundicias de este sistema.