Dominio público

Mayo del 68, 'futuro anterior'

AMADOR FERNÁNDEZ-SAVATER

14-10-07.jpgEn 2008 se celebrarán 40 años de Mayo del 68. ¿Por qué la sola perspectiva del aniversario suscita ya el fastidio? La memoria reactiva ha domesticado el recuerdo del acontecimiento reduciéndolo a una cuestión hormonal: se nos vende una revuelta generacional, estudiantil, cultural y parisina.

Hay consenso desde Houellebecq hasta Sarkozy pasando por el Bertolucci de Soñadores: el 68 fue un asunto de liberación de las costumbres. Unos miran aquello con nostalgia y piensan que modernizó nuestra sociedad favorablemente. Otros lo deploran porque consideran que ahí está la fuente del individualismo consumista contemporáneo.

Todos ellos ayudan a construir una memoria que pesa sobre el presente y a la vez lo justifica. La memoria pesa y aburre cuando apuntala el estado de cosas en lugar de sacudirlo, de inspirar e interrogar un presente de experimentación y luchas.
¿Qué se gana haciendo pasar el 68 por algo ya viejo? Pues que reaparecen de nuevo y se toman en serio las ideas verdaderamente viejas que aquel vendaval dejó tiritando: que la realidad se cambia por arriba, que los partidos políticos nos representan y promueven la democracia, que la política pasa por convencer y sumar, que los movimientos ciudadanos son simples lobbies que presionan a los poderes, etc.

Hay muchos aspectos en los que el 68 no simplemente es actual, sino que está por delante de nosotros como exigencia y desafío. Tal vez se puedan reunir algunos de ellos en la expresión acuñada por Michel de Certeau: el 68 como "toma de la palabra". ¿Qué significa esto?

En el 68 se combatía contra el régimen de De Gaulle, pero también contra el Partido Comunista Francés y el sindicato CGT. La pelea no estaba entre izquierda y derecha, sino entre arriba y abajo. Por un lado, quien pretende vivir del trabajo ajeno o representarnos. Por otro, las prácticas políticas mediante las cuales nos volvemos capaces de hablar en nombre propio, pensar en primera persona y decidir por uno mismo, planteando colectivamente nuestros propios problemas.

En el 68 nunca se trató de hacer masa en un partido, sino de que proliferasen espacios donde liberar el intercambio horizontal de la palabra: fábricas recuperadas por sus trabajadores, comités de acción en los barrios, la calle resignificada como espacio de expresión política mediante manifestaciones, pintadas, carteles. El movimiento se desarrolla según la lógica del contagio y no bajo la lógica de la hegemonía típica de la política tradicional.

Numerosas iniciativas tras el 68 se plantearon como desafío actualizar esa potencia de la comunicación directa. Una de ellas fue el periódico Libération, cuya primera divisa decía que "la información viene del pueblo y vuelve al pueblo". Se formaron grupos de lectores, se inventó la figura del redactor público, las mismas oficinas del periódico constituían un espacio de encuentro. "Queremos que los actores de un acontecimiento sean aquellos a los que consultamos, queremos que sean ellos mismos los que hablen".

Esa voluntad de Libération no sobrevivió al fin de los ecos de Mayo, pero la explosión de la Red, unida a las nuevas formas de politización, permite actualizar esas líneas de experimentación.

Las condiciones de una toma de palabra han variado en dos sentidos al menos. En primer lugar, el 68 opuso la palabra al silencio (metro-curro-dormir). Hoy no hay silencio en ningún sitio. Nuestra atención es colonizada mediante el ruido: bombardeo de estímulos, saturación mediática de preguntas/respuestas dirigidas. Nuestra misma palabra es movilizada por el ruido. No se trata sólo de que los medios de comunicación nos mientan, como analiza Chomsky, sino de que definen nuestra actualidad: en torno a qué debemos pensar y en qué términos. Nos dicen lo que decimos, nos muestran lo que vemos y de pronto ya no nos escuchamos entre nosotros mismos al hablar. ¡Incluso nos proponen los comportamientos críticos a adoptar (pensemos en la quema de retratos del rey)!

En segundo lugar, la aparición de la Red hace estallar el monopolio tradicional de la palabra (televisión, prensa, etc.). Hoy es más fácil que nunca que los mismos que viven un acontecimiento hablen de él. El uso político de la Red ni siquiera está ya en manos de los activistas, sino de cualquiera. Lo hemos vivido durante momentos recientes de toma colectiva de la palabra: el no a la guerra, el 13-M, V de Vivienda (donde los blogs personales han sido decisivos). Reapropiarnos de la palabra significa también reapropiarnos de nuestros propios problemas. Durante una manifestación de V de Vivienda la primavera pasada, mientras transcurría el culebrón De Juana Chaos, alguien llevaba una pancarta que decía: "¿De Juana, para casa? ¡Y yo qué pasa!"

Sin embargo, la ‘nueva derecha’ lleva la delantera en la experimentación de nuevas formas de articulación entre medios tradicionales y la Red. Una mezcla muy poderosa de agit-prop y espacios de participación a la contra canaliza las frustraciones cotidianas de miles de personas, pero sólo reproduce hasta la náusea la realidad que nos asfixia: las dos Españas, el espectáculo de la política, el poder del mercado sobre nuestras vidas.

Frente a ello, puede existir la tentación de hacer lo mismo pero desde la izquierda. En ese caso seguiríamos teniendo la realidad partida en dos, el mismo acercamiento instrumental a los temas. ¿Puede un medio de comunicación empoderar a la opinión pública sin dar cancha a la lógica de bandos? Ello pasaría al menos por abordar problemas habitualmente desplazados (vivienda, precariedad, propiedad intelectual, etc.) y abrir espacios de comunicación directa donde sea posible el intercambio y la multiplicación. ¡Que la información del público vuelva al público!

Amador Fernández-Savater es coeditor de la revista Archipiélago y de la editorial Acuarela.