Dominio público

Feijóo, mentira y nihilismo

Carlos Fernández Liria

Profesor de Filosofía en la UCM

Feijóo, mentira y nihilismo
El líder nacional del Partido Popular y candidato a la presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijóo, levanta el dedo pulgar durante un acto de campaña electoral de cara al 23J, a 15 de julio de 2023, en Vitoria Gasteiz, Álava, País Vasco(España). Iñaki Berasaluce / Europa Press

En un hilo de Twitter, el diputado de la Asamblea de Madrid, Antonio Sánchez ha iniciado una especie de reflexión kantiana sobre los efectos estructurales que introduce la mentira en el espacio público. Es bien sabido que, de todos los ejemplos que utiliza Kant para explicar el imperativo categórico, el de la mentira no sólo es el que mejor funciona sino, que, en el fondo, es el que da la clave de todos los demás. Quien miente tiene la pretensión de que todo el mundo diga la verdad para así tener la ocasión de hacer él mismo una excepción mintiendo. Si tuviera que universalizar la máxima que le lleva a mentir, apelando entonces a algo así como un derecho universal a la mentira, estaría abocado a sostener una contradicción muy especial, porque en el fondo es una apuesta absurda por que el lenguaje pierda todo tipo de referencia a la realidad, es decir, por que el lenguaje deje de ser lenguaje o, simple y llanamente, para que no haya lenguaje. La mentira, por eso, sólo puede quererse como excepción, nunca como regla. Cualquier mentira lleva como germen un atentado contra la posibilidad misma de hablar que socava la consistencia misma que nos hace humanos.

Por eso, el recurso sistemático a la mentira en el debate político tiene como efecto, como bien ha sostenido en su hilo Antonio Sánchez, "destartalar el régimen de objetividad pública sobre el que se asienta la esfera democrática". Ha sido muy oportuno e incisivo Antonio Muñoz Molina, en su artículo La era de la vileza, al identificar que esta ha sido la estrategia general del PP, desde los tiempos de la mentira con la que José María Aznar nos embarcó en la guerra de Irak, hasta las mentiras de Feijóo durante esta campaña electoral, señalando a Miguel Ángel Rodríguez como el artífice de esta estrategia electoral.

Se trata, en efecto, nos dice Antonio Sánchez, de un proyecto nihilista que destruye las condiciones trascendentales del debate político, de tal modo que, en adelante, se puede sacar adelante "cualquier contenido político", "desde el desmantelamiento de la sanidad o de la educación pública, hasta una rebaja de impuestos a los más ricos". Porque, "al borrar las condiciones de posibilidad del debate, cualquier propuesta es posible, es decir, de una negación se sigue cualquier cosa". Ahí no cabe ningún argumento, ni siquiera un sofisma, como decía hace poco Santiago Alba Rico.

La responsabilidad de los periodistas que están arbitrando los debates es inmensa. En el cara a cara entre Sánchez y Feijóo, los periodistas podrían haber aportado ellos mismos los datos, citando las fuentes más fiables, para que los dos políticos se encargaran de discutirlos, interpretarlos o  contradecirlos con fundamentos más fiables si fuera el caso. Eso no es pedir la luna, no es exigirles siquiera el nivel de inteligencia, decencia y de honestidad que ha demostrado Silvia Intxaurrondo rebatiendo los datos falsos sobre la marcha: es sólo pedirles que hagan su trabajo.


Un debate en el que se permite mentir sin consecuencias y sin tiempo para hacer contrastación alguna es un sin sentido. Pero se trata de una estrategia retórica eficaz. Frente a una mentira no hay argumentación posible, uno solo puede responder que es mentira. Y ante un torrente de mentiras encadenadas, cualquier intento de defensa es inútil. Sólo es posible rebatir a posteriori, contrastando los datos, cuando ya el daño está hecho. Ocurre lo mismo que con las falsas denuncias, como las tantas que se hicieron para hundir a Podemos en sus primeros años, que cuando se demostraban que eran falsas, ya el daño estaba hecho y no había vuelta atrás.

La cosa es mucho más grave aún, en tanto que hay medios de información especializados en fabricar mentiras instrumentalizables políticamente. De esta manera la falsedad se viste con los ropajes de la evidencia para gran parte de la población. No es posible sobrevalorar el daño que hace la mentira en el espacio público cuando se difunde por los medios de comunicación. La posibilidad de explicar un programa electoral en una ciénaga de mentiras me hace recordar una famosa anécdota en la que un periodista pidió a Einstein que si podía explicar en pocas palabras la teoría de la relatividad. "¿Sabría usted explicarme lo que es un huevo frito?", respondió éste. "Muy bien, pues entonces, pruebe a explicarme lo que es un huevo frito suponiendo que yo no tengo ni idea de lo que es un huevo, que en mi vida he visto una gallina y que no sé ni lo que es una sartén ni lo que es el aceite".

Esta situación se vuelve menos cómica y mucho más imposible si ocurre que los medios de comunicación han logrado convencer a la población de que un huevo es una castaña, de que una sartén es una trompeta y que el aceite hirviendo es helado de vainilla. Pero la cosa puede ser peor aún: porque hemos llegado a una situación en la que se puede estar perfectamente convencido de que un huevo es una castaña y no ver ningún problema en que siga siendo de todos modos un huevo.


Es lo que ocurre, en efecto, cuando la mentira deja de ser una excepción y se convierte en una regla política, en una norma mediática o en una estrategia electoral. Creo que Antonio Sánchez, en el mencionado hilo y en referencia a la estrategia de Feijóo en el "cara a cara", ha tenido mucha razón en señalar que mucho más grave que los contenidos que puedan defender la derecha y la ultraderecha, es este nihilismo irredento por el que se socava la consistencia misma del espacio público y, por lo tanto, de cualquier posible "objetividad compartida".

Se trata de una vuelta de tuerca de la postmodernidad. El relativismo y el antirracionalismo han desembocado en el "todos son iguales" que tanto se esgrime para votar a la derecha. En el fondo, el nihilismo es el suelo más profundo en el que está hundiendo sus raíces la ola ultraderechista en toda Europa y en especial en España. El cambio climático es relativo, mis ganas de ir a los toros emana, en cambio, de mi libérrima voluntad, el único absoluto que reconozco en el mundo. Mucha gente tiende a pensar que el totalitarismo tiene algo que ver con una exacerbación de la racionalidad. No es así. No fue así y no es así ahora tampoco.

El fascismo de otros tiempos hundió sus raíces, como bien demostró Georg Lukács en El Asalto a la razón, en el nihilismo, el relativismo y el irracionalismo. Todo lo que te lleve a considerar que un huevo puede seguir siendo una castaña sin dejar de ser un huevo. Hay una cita de Mussolini que ilustra muy bien esta vocación postmoderna del fascismo: "El fascismo es un movimiento superrelativista porque nunca ha intentado revestir su complicada y vigorosa actitud mental con un programa completo, sino que ha triunfado siguiendo los dictados de su intuición individual siempre cambiante. Todo lo que yo he dicho y hecho en los últimos años es relativismo por intuición. Si el relativismo significa el fin de la fe en la ciencia, la decadencia de ese mito, la «ciencia», concebido como el descubrimiento de la verdad absoluta, puedo alabarme de haber aplicado el relativismo al análisis del socialismo. Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa... entonces no hay nada más relativista que las actitudes y actividades fascistas... Nosotros los fascistas hemos manifestado siempre una indiferencia absoluta por todas las teorías... nosotros los fascistas hemos tenido el valor de hacer a un lado todas las teorías políticas tradicionales, y somos aristócratas y demócratas, revolucionarios y reaccionarios, proletarios y antiproletarios, pacifistas y antipacifistas" (B. Mussolini, Relativismo y Fascismo, revista digital Sin Permiso).


Por eso, el primer objetivo y el más irrenunciable para la izquierda, sobre todo en un momento como el actual, tiene que ser la defensa a ultranza de todas esas instituciones que inventó la modernidad para salvaguardar el espacio público -que, como bien dice Antonio Sánchez, costó "entre dos siglos y dos milenios conquistar". Se trata de un derecho que es condición de cualquier otro derecho: el derecho a la objetividad.

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