Opinion · Dominio público

Bankia apuntilla a las cajas

Alejandro Inurrieta
Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid
Ilustración de Carlos Marques

Se cumple un año de la salida a Bolsa de Bankia, resultado de la fusión de siete cajas de ahorro, con unos resultados que suponen una de las peores nuevas salidas a Bolsa que se recuerdan en la reciente historia financiera española. El glamour con el que se adornó dicha salida, los toques de grandeur que destilaba el presidente Rato, cesante en el FMI y otrora milagro económico español, y los esfuerzos obligados, con ciertos tintes amenazantes, del entorno gubernamental y del Banco de España, para cubrir el tramo institucional, le dan un tono kitsch a este mayúsculo fracaso.

Este episodio resume con gran brillantez lo que ha sido la reciente historia de la gobernanza financiera y política de aproximadamente un 90% de las cajas españolas. Esta mezcla de caciques políticos regionales, desde presidentes de CCAA, como Olivas (PP) en Bancaja, a antiguos secretarios generales de Juventudes Socialistas, como Pulido en CajaSol, dan muestra del capital humano y el conocimiento financiero que atesoraban los grandes gestores de un sector que llegó a significar el 50% del sistema financiero español. Este funcionamiento, apoyado en una legislación ad hoc para mantener el estatus quo entre los grandes partidos políticos, además, contaba con una premisa que iba contra toda lógica de eficiencia, y era la imposibilidad de poder acometer procesos de concentración entre cajas de distintas CCAA, dado que entonces el poder político y sindical, se podría diluir. Con estas premisas políticas, y con una función objetivo de crecimiento sin control, las cajas comenzaron a expandirse creando barreras a la entrada en forma de innumerables oficinas, cuyo nacimiento no respondía, en muchos casos, a crecimiento de ahorradores o población objetivo, sino más bien a decisiones arbitrarias tomadas en connivencia con el propio sector inmobiliario y político.

Este comportamiento, aplaudido y jaleado por los distintos gobiernos de turno, generó una gran expansión de los balances entre 1997 y 2007, justo el momento álgido de generación de la burbuja inmobiliaria. Este crecimiento desmesurado tuvo comportamientos perniciosos, como operaciones inmobiliarias aceptadas por entidades financieras, sin formalizar en plenos de ayuntamientos o CCAA, imprescindibles para que una promoción pudiese empezar. También se relajó el scoring de riesgo de familias y empresas y por supuesto se financió un loan to value muy por encima de lo recomendado por el Banco de España. Este momento político y económico, a caballo entre el milagro de Aznar, la Ley del Suelo del 98 y la Champions League de Zapatero, también fue la primera hornada de emisión de participaciones preferentes, ante la incapacidad de estas entidades de financiarse en mercados organizados.

En este entramado de relajación y corrupción política, de financiación masiva a las clases medias y bajas para adquirir inmuebles, de expansión de la dimensión financiera sin parangón, de falta de previsión de la mayor parte de economistas y del duopolio de asesoría y consultoría, que han generado pingues beneficios a su costa, y por qué no, de la falta de supervisión efectiva de la dirección del Banco de España, han dado como resultado la práctica quiebra del sistema de cajas de ahorro, no sin antes muchos directivos haberse repartido grandes botines en forma de indemnizaciones o pensiones disparatadas.

Si bajamos al caso de Bankia, su historia es, como ya se ha mencionado, el cúmulo de un gran despropósito financiero y político, cuyo resultado final ha sido su nacionalización, y especialmente la pérdida de un gran volumen de ahorro para un conjunto de ahorradores modestos, tanto en su valor bursátil, como en otros productos financieros sofisticados. Sin embargo, la intrahistoria reciente de Bankia no se entendería sin saber y conocer lo ocurrido en CajaMadrid, entidad principal dentro del conglomerado de pequeñas cajas que se adhirieron posteriormente. En CajaMadrid, hay tres etapas claves. La primera respondería a la época dorada con Jaime Terceiro al mando. Aquí se gestó un forma de hacer banca muy profesional, con un gran apoyo del análisis y la investigación. Muchos colaboramos con el gran equipo que capitaneaba el Catedrático de Econometría americano, Treadway, ayudado por un conjunto de profesionales de primer nivel de la Universidad Complutense. Eran momentos en los que la caja ganaba mucho dinero haciendo banca, sin estridencias y sin que los órganos políticos, que los había, tuviesen la influencia que tuvieron después.

Pero, la historia se rompe a partir de 1996, cuando se produjo un golpe de mano liderado por el PP, y secundado por CCOO, y también el PSOE e IU, pactando la sustitución de Terceiro, por Blesa, a la sazón hombre de Aznar, lo cual siempre chocó a muchos hombres y mujeres de izquierda, pero sobre todo sobresaltó a quien pensaba que la gobernanza financiera era otra cosa. En este punto es importante señalar que algunas de las organizaciones firmantes del pacto acordaron actuar indistintamente en nombre de otras, tanto en actos de representación, como en la gestión financiera o administrativa, pudiendo haber contravenido la normativa de cajas de ahorro de la propia Comunidad de Madrid. Este hecho ha sido, y la historia, así lo ha demostrado, uno de los factores que explica el declive de la propia caja y la nefasta gestión financiera, con el resultado ya conocido de la intervención y la próxima pérdida de ficha bancaria por parte de la entidad. Inversiones en suelo desmesuradas, hipotecas basura, trufadas de engaños en forma de avales cruzados, especialmente a inmigrantes, financiación sin tino en fichajes futbolísticos de equipos madrileños, han dado al traste con el buen nombre que tuvo la entidad.

Este asalto a la caja, con extraños compañeros de viaje, ha resultado ser una bomba de relojería para accionistas, ahorradores y consumidores. El precio recibido por organizaciones políticas y sindicales de la izquierda ha sido muy generoso, cuantificado en sumas dinerarias impropias para algunas personas cuyo capital humano y experiencia no se correspondía con dicha remuneración, sirviendo a la postre también para financiar las propias organizaciones. El grave problema ha sido que este giro hacia una dirección política y ajena al sector, como era Blesa, solo ha perjudicado a la entidad, y forma parte del cáncer que infectó a Bankia, cuando en la segunda gran pirueta política, propició el cambio de Blesa por Rato en Cajamadrid.

Con este capital humano y político, un Consejo de Administración sin apenas cualificación financiera, una Asamblea también trufada de organizaciones ajenas al sector, la entidad entró en la operación más nefasta de la reciente historia que fue la fusión con entidades pequeñas, y problemáticas, y especialmente con Bancaja, otro ejemplo de asalto político a una entidad, con resultado de quiebra. Los grandes números están ahí. La capitalización bursátil evaporada desde la salida a bolsa en julio de 2011 ha sido de más de 5.000 mill€, la cotización ha perdido casi un 82% del valor, a lo que ha contribuido la dilución que ha supuesto a entrada de los 12.000 mill€ solicitados a la UE para reflotar la entidad. Mención aparte merece cómo se llevó a cabo la colocación institucional y minorista de las acciones. Presiones del Gobierno y Banco de España para que las grandes empresas fuesen a la OPV, aún sabiendo que era una ruina, o presuntas presiones de directores de oficina a clientes con la no concesión de créditos si no compraban en el tramo minorista. Esto prueba la gran diferencia que hay entre sociedades formadas e informadas y sociedades serviles que carecen de criterio para enfrentarse a lo que ha sido uno de los mayores escándalos financieros recientes.

Al final, y eso es lo grave, se ha permitido que esta entidad saliese a Bolsa, pudiese presentar balances al Banco de España que luego resultaron no veraces, y argumentar que era imprescindible su salida a Bolsa, bajo el paraguas de los requerimientos de capital necesarios. También se incluyó lo captado en bolsa para pasar las pruebas de estrés, algo que nunca se debería haber hecho. En el camino también aparece las empresas de auditoría y la propia CNMV que, en ningún momento, defendió correctamente al inversor minorista.

En suma, de Bankia, y de la mayoría de cajas, ha habido grandes ganadores y grandes perdedores. Los ganadores están claros. Una gran casta de directivos, sin apenas formación, cuya única función era servir a los intereses de municipios y CCAA, y por ende a las grandes constructoras y promotoras. También han resultado muy beneficiadas las dos grandes empresas de consultoría y asesoría que, gracias a los procesos de fusión fría, y aparataje informático ad hoc, han generado pingues beneficios. También medios de comunicación que han recibido mucha publicidad de estas entidades financieras, cortando toda publicación o colaboración de economistas no afectos a este modelo de actuación. Los grandes perdedores son los inversores minoristas, inmigrantes con avales cruzados, hoy embargados, y tantos ahorradores con preferentes, deuda subordinada y acciones de una entidad que nunca debió salir a bolsa. Y por supuesto el conjunto de la sociedad que es hoy mucho más pobre y sigue igual de mal informada y formada financieramente hablando.