Dominio público

Por un Tíbet libre y... olímpico

ANTONIO RODRÍGUEZ CARMONA

08-08.jpgSe buscan atletas con coraje. El anuncio salió publicado el pasado 29 de julio en New York Times, e iba dirigido a los más de 11.000 atletas que competirán en Pekín en las Olimpiadas: "Te recordamos que seis millones de tibetanos dirigen hacia ti sus esperanzas por una sencilla razón. Tú puedes representar al Tíbet, ellos no pueden. Tú puedes alzar la voz en su nombre, ellos no. Los tibetanos te pasan la antorcha. ¿La llevarás por ellos en Pekín?" (www.athletewanted.org).

La campaña busca una imagen simbólica que dé la vuelta al mundo, como aquella de Tommie Smith y John Carlos, los atletas negros que saludaron con el puño en alto desde el podio olímpico al son del himno estadounidense en los Juegos de México de 1968. "Los atletas gozan de una plataforma y de poder para inspirar al mundo", asegura el director de Estudiantes por un Tíbet Libre, organización que impulsa esta campaña político-deportiva. Y es que el escenario del deporte encaja muy bien con los principios de no violencia que han caracterizado siempre la lucha tibetana.

Las cifras de la ocupación china del Tíbet son brutales. Propias de un holocausto. Desde que Mao Tse Tung iniciara la invasión ilegal en 1949, han muerto más de 1,2 millones de tibetanos. Las fuerzas de ocupación chinas violaron sistemáticamente los derechos humanos, practicando detenciones ilegales y torturas, así como un completo genocidio cultural. Casi el 90% de los 6.000 monasterios tibetanos fueron destruidos y las imágenes de Buda profanadas en nombre de la Revolución Cultural. Alrededor de 130.000 tibetanos viven hoy día en el exilio, y más de 650 languidecen en las cárceles chinas por razones políticas.

El propio Dalai Lama, máxima autoridad del país, es un refugiado político. En 1959, a la edad de 16 años, se vio obligado a huir de Lhasa para eludir las crecientes amenazas chinas. Acompañado por 80.000 jóvenes tibetanos, atravesó la cordillera del Himalaya en una dramática marcha hacia el norte de la India. Desde entonces, estableció su residencia oficial en Dharamsala. Hoy en día las calles lluviosas de esta ciudad son un hervidero de monjes ataviados con sus ropas burdeos y amarillas. Una mezcla de ambientes, músicas, olores indios y comercios que ofrecen una variopinta oferta turística. Reiki, yoga, meditación, tai-chi, shiatsu, tarot… Un contexto globalizado donde han crecido más de dos generaciones de tibetanos en el exilio, cuyas raíces culturales se han ido disolviendo.

La política del Dalai Lama ha sido el diálogo y la negociación permanente con las autoridades chinas. Hace 30 años renunció a la independencia para reclamar sólo autonomía y libertad religiosa dentro de China. Pero las conversaciones oficiales han estado plagadas de maniobras dilatorias, y no han evitado que continúe la violación de derechos humanos ni la represión religiosa y cultural en el Tíbet. El secuestro de Gendun Chokyi Nyima, el preso político más joven del mundo, constituye tan sólo un ejemplo. El 14 de mayo de 1995, este niño de seis años fue reconocido por el actual Dalai Lama como la reencarnación del décimo Panchen Lama. Tres días después fue detenido junto a su familia. No existen desde entonces noticias de su paradero.

Fiel a los principios budistas, el Dalai Lama hace gala de una paciencia infinita: "Debemos considerar al enemigo como a nuestro mejor maestro. El mejor camino para practicar la compasión". Su defensa de la no violencia le valió el Premio Nobel de la Paz en 1989. Y un enorme reconocimiento mundial. Ninguno de sus predecesores habría imaginado ser recibido en las principales cancillerías mundiales o ser ovacionado por un Congreso de Estados Unidos puesto en pie. Sin embargo, las décadas de esfuerzos diplomáticos no han variado la determinación china, y las jóvenes generaciones de tibetanos parecen haber perdido la paciencia. La organización Tibetan Youth Congress reclama la independencia total de China y métodos más activos de lucha.

Con motivo del 49 aniversario del levantamiento de 1959, el 10 de marzo estalló una protesta en Lhasa que se extendió por todo el altiplano tibetano. La represión china fue de tal magnitud que más de 150 manifestantes murieron en los disturbios y varios miles fueron detenidos, según Free Tibet, un grupo activista con sede en Londres (según Amnistía Internacional, los incidentes se saldaron con más de 200 muertos). A la brutal acción policial siguió la clausura de monasterios budistas y la deportación de mil monjes al noreste del país. Zhang Qingli, Secretario del Partido Comunista en el Tíbet, ha amenazado con aplicar una segunda revolución cultural a la región tras las Olimpiadas.
En este contexto, los Juegos de Pekín constituyen un campo privilegiado de protesta no violenta. La sombra del boicoteo internacional que planeaba sobre la ceremonia inaugural se diluyó en los últimos meses. Sin embargo, miles de protestas ciudadanas rodearon el recorrido de la antorcha olímpica por el mundo. Desde su misma salida en Grecia hasta su paso por Londres, París o Delhi. Las acciones de denuncia realizadas en el campamento base del Everest, la Gran Muralla China o el Golden Gate Bridge de San Francisco han salido en los telediarios, pero se trata de la lucha de David contra Goliath. Los chinos siguen ejerciendo un control férreo de los medios de comunicación y censuran el acceso a las páginas tibetanas en Internet.

Los últimos días han visto multiplicarse los acontecimientos. La Audiencia Nacional española ha tramitado una querella contra las autoridades chinas por crímenes de lesa humanidad en relación a la represión de marzo. Pese a las advertencias para no "politizar" los Juegos, 127 atletas han firmado un manifiesto a favor una solución pacífica para el Tíbet. Lo publica un sitio alemán en Internet (www.sportforpeace.de). ¿Se atreverá algún atleta a ondear la bandera multicolor tibetana durante los Juegos? El lema de las Olimpiadas reza altius, citius, fortius. Más alto, más rápido, más fuerte… También más respeto a los derechos humanos. Más justicia. Más libertad en el Tíbet. Ojalá veamos una imagen que nos ayude a recordarlo.

Antonio Rodríguez Carmona es consultor independiente en cooperación al desarrollo para la Comisión Europea y diversas ONG

Ilustración de Javier Olivares