Dominio público

¿De qué democracia hablamos?

Ángel Calle Collado

Profesor de la Universidad de Córdoba y autor de ‘La Transición Inaplazable’ (Icaria, 2011)

Ángel Calle Collado
Profesor de la Universidad de Córdoba y autor de 'La Transición Inaplazable' (Icaria, 2011)

Hace unos días, cerca de mil personas se encontraban en Barcelona para hablar de un "proceso constituyente" en Catalunya, ampliando el eco de otras apelaciones de organizaciones sociales a la creación de asambleas constituyentes o a una reforma estructural del espíritu y la letra de los actuales referentes constitucionales. En los últimos meses, todos los partidos del arco parlamentario, incluido el partido directamente sacudido por Bárcenas, han hablado de la necesidad de una "regeneración democrática". Finalmente, ya en el ágora de las calles, el 15 de mayo de 2011 irrumpieron con más fuerza los gritos, coreados desde tiempos de las protestas "antiglobalización", que subrayaban: "lo llaman democracia y no lo es".

Es obvio que estos actores no hablan, ni sienten, ni practican la democracia desde el mismo sustrato. La democracia es, ante todo, verbo: proceso que necesita ser llenado de aspiraciones, aspiraciones que obedecen a un descontento y a unas formas concretas de sentirse partícipe de una sociedad, de entender que nos estamos (auto)gobernando. Por eso, viejas y nuevas propuestas se confunden hoy en el tablero de las pugnas (o de las ofertas) políticas: ¿cuáles obedecen a un tránsito inaplazable hacia una nueva forma de hacer política? ¿cuántas no recaen e insisten en el dogma lampedusiano de "cambiar todo para que nada cambie"?

Descartamos, obviamente, la intención confesa de entender la democracia como un "orden", palabra estática que encumbra a los de siempre. En lo que se refiere al parlamento estatal, el gobierno y el partido mayoritario de la oposición se la juegan a esa carta de cara a las próximas elecciones. El neoliberalismo rompe la sociedad, pero no está roto. Encuentra en estos partidos y en la Unión Europea su avanzado sostén. Como las bayonetas sirven poco para gobernar las calles e internet, la legitimidad tiene que venir por una insistencia en el cambio cosmético. El PP quisiera llegar con algún "brote verde" (unas décimas menos de paro, algún signo macroeconómico vendible como "positivo"); y con una nueva élite de la mano del hacer de El Mundo y el ex-tesorero Bárcenas, que pueda justificar el discurso de "regeneración". El PSOE, abandonada la posibilidad de retomar un nuevo pacto de bienestar al abrazar el credo neoliberal, espera llegar a ser "referente regeneracional", sin más que cambiar alguna ley de financiación de los partidos. Sagasta le reclama ahora el turno a Cánovas, como hace un par de siglos: Matrix reloaded, versión ibérica y decimonónica. UpyD se conformaría con tener más escaños en el reparto de actores secundarios de este drama social.

Por su parte, las izquierdas institucionales (caso de IU, ICV-EuiA o CHA)  hacen apelaciones a "resituar" el parlamento en el centro de la democracia. Al igual que buena parte de los proyectos "constituyentes", no se reclama una revisión o una reinvención de los viejos instrumentos de la política. El protagonismo social, se entiende desde estas posiciones, ha de ser canalizado a través de lo que hay institucionalizado en el último siglo. Y el horizonte social debe ser una vuelta a los viejos paradigmas del 2007: retomar la senda del consumo y la producción, ladrillo para todos y todas si fuera necesario, y un estado que atienda necesidades básicas siempre que el mercado encuentre su acomodo en estas redistribuciones de riqueza. No hay duda de que dichas propuestas ayuden a paliar déficits democráticos desde el ámbito parlamentario. Intenta alejarse, por otro lado, de un modelo social darwinista y financiarizado que recibe creciente contestación en las calles, sean de Sao Paulo o de países más centrales. Pero topará con que la democracia se ha escapado de los parlamentos, aunque nunca llegó a estar del todo, y anda hoy encerrada entre reuniones del grupo Bildeberg, conspiraciones mediáticas y maletines que viajan de Suiza a los despachos de los políticos.

La democracia es proceso que se verbaliza dentro y fuera de las organizaciones sociales establecidas. El 15-M, en este país, irrumpe en las calles, no sólo por descontentos de los más jóvenes, enfrentados a una precariedad de por vida. También, y sobre todo, por una hipersensibilidad frente al poder. Se quiere democracia en los partidos y en los sindicatos, dentro y fuera; en los medios y en las formas de (auto)representación; en el desarrollo de procesos de matriz asamblearia y deliberativa. Lo cual lleva a una creciente (pero minoritaria) insistencia de democratizar entornos que encorsetan nuestras vidas, como por ejemplo: protagonizar nuestra comida, reclamando soberanías alimentarias; rechazar discriminaciones y violencias emanadas del patriarcado; auto-organizarse en los lugares de trabajo, cuando la precariedad y el control empresarial no lo imposibilitan.

Cierto que no hay una única verbalización sobre democracia entre estos nuevos sujetos políticos. Pero sí se reconocen en encontrarse e impugnar las viejas herramientas autoritarias, y en creer un poco más en el encuentro con lo diverso y con lo próximo. Democracias convivenciales, supongo que diría el pedagogo Ivan Illich. Economía moral de los de abajo, siguiendo a E. Thompson. O Democracia en la Tierra, como apunta Vandana Shiva. Estos embates por una radicalización de la democracia, intentan salirse de lógicas binarias. Desde las mareas de protesta a las experiencias de democratización de la economía (nuevo cooperativismo, economías solidarias), se entiende que es posible explorar el "y": abrir los actuales sistemas y construir nuevas instituciones que se inserten de lleno en el protagonismo social. Co-gestión de asuntos públicos, condicionado siempre al incremento de formas de (auto)gobierno. No se trata de un reverdecimiento de una suerte de anarquismo, sino de las máximas de acercar un poder político que se observa alejado, que se percibe excluyente. Las nuevas tecnologías colaboran para refrendar funcionamientos "desde abajo". Democracias imperfectas, sin lugar a dudas, y carentes de un proyecto firme para moverse en las actuales coordenadas institucionales. Pero, también sin dudas, son ya base o condición necesaria para que un proceso social pueda considerarse "realmente democrático". Ahí están también la emergencia de partidos-ciudadanía o partidos-asamblearios, como son las CUP en Catalunya, las agrupaciones locales, los procesos constituyentes que buscan verdaderamente un "empuje social" como punto de partida y de llegada, incluso opciones más liberales dentro de la tecnopolítica (partidos Pirata en la Unión Europea).

Son aguas subterráneas que están disputando ya la noción y la praxis de democracia. La utopía, en el sentido negativo de no-lugar, es vender humo a través de "transiciones" que se limitan a reproducir las viejas fórmulas, carecen de innovaciones para hacer política (acceder al poder estructurado, romper muros y desigualdades sociales), e insisten en gestiones que se alejan de lo político: del ejercicio más cotidiano y sentido de las relaciones sociales. Democracias participativas (aperturas) y democracias radicales (expresiones de autogobierno) no son procesos excluyentes, pero tampoco admitirán la cuadratura retórica del círculo que apuesta por mantener en el centro a las mismas élites.