Opinion · Dominio público

Cuarenta años del golpe neoliberal en Chile

Pablo Sapag M
Profesor-Investigador de la Universidad Complutense de Madrid

Hace cuarenta años, 11 de septiembre. Para los chilenos el décimo primer día del mes de septiembre sólo significa una cosa: el golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional Salvador Allende. Muerto ya hace casi siete años quien puso rostro a la dictadura militar que se instauró en Chile desde ese día, este aniversario redondo se celebra de manera distinta a los treinta o veinte años del golpe. La desaparición de la escena de Augusto Pinochet hace que los chilenos conmemoren la efeméride de otra manera. En esta ocasión la avalancha de libros, documentales y programas de televisión que se emiten desde hace un mes han convertido en omnipresente lo que los chilenos simplemente llaman “el once”, el único que puede existir, el suyo.

Paradójicamente tanta imagen y tanta publicación no necesariamente representan un avance real en la discusión pública sobre lo que significó y todavía hoy significa el 11 de septiembre. Y no lo es porque la desaparición física de Pinochet ha permitido a sus seguidores y a quienes se han beneficiado del modelo político y económico que implantó a sangre y fuego hurtar la discusión sobre las consecuencias del golpe. Se habla, y mucho, de las causas y de los responsables, como Pinochet, muchos ya muertos. De lo que apenas se discute es de las consecuencias del golpe de Estado. Ellas, sin embargo, son muy visibles en la propia forma en la que se conmemora esta efeméride, brutalmente mercantilizada hasta convertir Santiago en un parque temático del “once” del que sacar beneficio económico con muy poco pudor. Lo mismo hacen los canales de televisión, exhibiendo ahora y sólo ahora imágenes que desde 1990 podían haber emitido sin censura pero que voluntariamente no quisieron hacer públicas, tal vez porque sentían que el modelo político y económico del que se benefician aún no estaba a salvo.

La transformación del cuarenta aniversario del 11 de septiembre en un evento más, como los partidos de clasificación para el Mundial de fútbol, el Rally Dakar que ahora se disputa en Chile o el festival de la Canción de Viña del Mar, es una muestra más de la aplastante victoria de Pinochet y lo que él tan burdamente representaba. Porque no puede olvidarse  que el golpe de Estado buscaba no solo derrocar a Allende. Quería convertir a Chile en el laboratorio del neoliberalismo económico inspirado por Milton Friedman y la escuela de Chicago. Para hacerlo se valieron de una dictadura feroz que asesinó e hizo desaparecer a más de tres mil chilenos mientras torturaba, encarcelaba y exiliaba a otras decenas de miles. Para eso era igualmente necesario encorsetar la vida política con una Constitución que, pese a sus muchos maquillajes, sigue siendo la promulgada por Pinochet en 1980. La misma con la que el 17 de noviembre se celebrarán las elecciones presidenciales en las que las principales candidatas son la socialista Michelle Bachelet y la derechista Evelyn Matthei.

En el circo mediático en que se ha convertido “el once”, ambas candidatas aparecen como el rostro de la reconciliación después de los desgarros que supuso el golpe de Estado. Ambas son hijas de altos oficiales de la Fuerza Aérea. El padre de Bachelet era allendista y murió en la cárcel. El de Matthei perteneció a una de las Juntas de Gobierno que legislaban durante los 17 años de dictadura militar encabezada por Pinochet.

Al calor del “revival” del “once” y en plena campaña electoral son esos los datos biográficos de las candidatas los que se subrayan. Se busca así ocultar y seguir retrasando  la verdadera discusión de fondo que aún tiene pendiente Chile, el de la cruel impronta neoliberal marcada a sangre y fuego desde aquel 11 de septiembre de 1973.  Ese legado de cuarenta años se traduce en la sostenida pérdida de derechos laborales, en la impúdica entronización de los oligopolios empresariales y en la eliminación hasta la fecha de la educación pública y la seguridad social. Chile ha seguido transitando por ese camino neoliberal marcado el día del golpe de Estado. Los gobiernos que desde 1990 han sucedido a Pinochet, sean del color que sean, han seguido aprobando de manera diligente y con pocos matices leyes que permiten la perpetuación de ese modelo. Por eso hoy Chile, pese a su espectacular crecimiento económico, es según el índice Gini uno de los países más desiguales e injustos del planeta.  Por eso el cuarenta aniversario del 11 de septiembre de 1973 es un producto más en ese Chile actual en el que todo tiene precio.