Opinión · Dominio público

El Che del cine y el que yo conocí

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De los cuatro meses que pasé en Sierra Maestra, entre diciembre de 1957 y abril de 1958, nunca imaginé que Ernesto Che Guevara fuese a eclipsar a Fidel Castro en el ámbito de la iconografía.

Alrededor de la Comandancia giraban otros comandantes, como Raúl Castro y Ramiro Valdés. Che Guevara, por su asma, se movía poco de su campamento y, si lo hacía, utilizaba un mulo. Fidel Castro no dormía dos noches en el mismo sitio para no ser detectado por la fuerza aérea batistiana. En varias ocasiones, tras enviar un mensajero a Santiago, la aviación aparecía a las pocas horas y bombardeaba el área donde Fidel había acampado durante la noche. Una vez, al regresar el mensajero, Raúl lo mandó desnudar y le descubrieron un salvoconducto firmado por el general Chaviano que lo acreditaba como agente del Gobierno. El emisario fue juzgado y ejecutado.

Como su pistola era mejor que la de Fidel, este se la apropió pese a llevar las iniciales del traidor en la funda:
L. B. M. El 31 de diciembre de 1957, acudió Che Guevara a almorzar a la Comandancia. Estábamos en un
bohío esperándole para el último almuerzo del año. Llegó a lomo de mulo y disparé mi Olympus desde el interior. Mi primera foto del guerrillero argentino. El Che era pocogesticulante, de poco hablar y bastante ironía.

La película Che, el argentino, que se acaba de estrenar en España y que protagoniza Benicio del Toro, tiene buen ritmo, una interpretación aceptable y la consabida traca de tiros. Mi amigo Jon Lee Anderson, autor de la mejor biografía del Che, y sus asesores no habían leído mis libros Fidel Castro y Fidel Castro: empieza la Revolución. Esto les ha impedido disponer de varios episodios sustantivos del guerrillero argentino. Para empezar, queda olvidado un personaje como Crescencio Pérez, patriarca de colt en cinto, casado con tres hermanas a la vez. Fue el hombre que ordenó a los 50.000 guajiros de la Sierra que ayudasen a los 12 supervivientes del desembarco en Cuba del Granma, episodio en que murieron 70 revolucionarios antes de que alcanzasen la playa de Niquero.

En un grupo de bohíos abandonados, el Che había montado una fábrica de pan (algo desconocido en la Comandancia), un taller de costura para uniformes, otro para reparar armas atascadas, un hospital y, en un bohío vacío donde me alojé como único periodista en la Sierra, dejó patente su sentido del humor con un rótulo: ‘Club de Prensa Extranjera’. Recuerdo que inventó un arma, el M 26-7. Consistía en unos tubos de unos 40 cm de longitud que fabricaba soldando dos mitades de chapa ondulada de algunos tejados de bohíos. Estaban rellenos de pólvora, piedras y algo de tornillería, con un fulminante.

El ruido era como el de un mortero de 81 mm pero, como diría Gila, “sembraba el pánico pero mataba muy poco”. En el combate de Estrada Palma, cada uno de la docena de guerrilleros disparó tres o cuatro de estos obuses caseros, sembrando el pánico en el campamento batistiano.

El Che tenía un humor ácido, como prueba lo sucedido con José Quiala, un guerrillero autodidacta al que le gustaba buscar las palabras más cursis y rebuscadas del diccionario. Nos encontrábamos en su campamento cuando nos alcanzó un mensajero sudoroso y extenuado. El Che leyó el mensaje y, en el mismo tono de la carta recibida, contestó: “¡Oh, Quiala! He recibido tu misiva reclamándome los más elementales pertrechos de la cultura como lápices, cuadernos y sacapuntas. Al carecer de dicho equipamiento didáctico, no puedo satisfacer tus necesidades. Aprovecho para decirte que la próxima vez que agotes un compañero para traerme semejante mensaje, ¡te corto los cojones! Tu Comandante, Che”.

No se menciona en la película el impacto del secuestro de Juan Manuel Fangio, entonces seis veces campeón del mundo de Fórmula 1, obra de Faustino Pérez, jefe de los rebeldes en el Llano. Paris-Match tenía entre sus manos centenares de fotos mías de la Sierra. Cuando se publicaron, el revuelo fue enorme. El semanario hizo uso de mi trabajo durante tres números consecutivos. En Cuba, la revista Bohemia hizo una tirada especial de 500.000 ejemplares. En sus memorias, Che Guevara dice: “Hasta que Meneses no publicó sus reportajes, nadie en el resto del mundo se había enterado de que en Cuba había una revolución”. En los reportajes de Paris-Match se atribuía el secuestro de Fangio a los revolucionarios que aparecían en mis fotos, cuando en realidad había sido una iniciativa de los combatientes del Llano, que tomó por sorpresa al propio Castro. Estos, muy ofendidos porque les escamoteasen la autoría de la acción, acudieron al poco tiempo a la Sierra para estudiar los siguientes pasos. No admitieron que yo estuviese presente. Fidel salía cada media hora de la reunión para informarme: “Quieren que todos nos afeitemos las barbas”. Le expliqué que, si lo hacía, toda la documentación que Paris-Match había revendido mundialmente, quedaba obsoleta, antes y después de las barbas. “También verás abusos y extorsiones de uniformados sin barba pretendiendo ser guerrilleros.” Se convenció y así mantuvo su aspecto ya legendario. El combate de Pino del Agua no se menciona en la película, pero tuvo como resultado la quema de los 13 bohíos que ocupaba el Ejército y el abandono definitivo de la Sierra Maestra por parte de los batistianos. Entonces se proclamó “Territorio Libre de Cuba”.

En suma, Che, el argentino me pareció buena, pero obvió episodios históricos como los que he citado, que, en mi opinión, habrían enriquecido el contexto de la historia y el retrato del guerrillero.

ENRIQUE MENESES es periodista y autor de distintos libros sobre Castro y la Revolución Cubana

Ilustración de DANIEL ROLDÁN