Frustrante ‘gran coalición’ en la Comisión y el Parlamento europeos

El popular luxemburgués Jean-Claude Juncker, será el próximo presidente de la Comisión Europea, en sustitución del portugués José Manuel Durão Barroso. El socialdemócrata alemán Martin Schulz, se sucede a sí mismo como presidente del Parlamento Europeo. En ambos casos, por obra y gracia del acuerdo entre los dos grandes bloques de la Unión -a los que se ha unido el liberal-, y con el respaldo poco entusiasta de 26 de los 28 gobiernos: todos menos el británico y el húngaro.

Lectura para optimistas: ha ganado la democracia, el candidato del partido más votado encabezará la Comisión, y el que le pisó los talones hará otro tanto en una Cámara con más legitimidad y –en teoría- más atribuciones que nunca. Lectura para pesimistas, entre los que me incluyo: la parafernalia democrática oculta apenas que el poder sigue en manos del Consejo Europeo (los Gobiernos) y que los grandes países (sobre todo Alemania) siguen partiendo el bacalao, pactan el reparto de poltronas y, a la hora de las grandes decisiones, no tendrán dificultades para someter al Parlamento y la Comisión.

Por añadidura, la elección de Schulz ha sido cualquier cosa menos brillante: pese al apoyo de socialdemócratas, populares y liberales, tan solo ha obtenido 409 votos sobre 612 válidos, en una Eurocámara de 751 escaños. Un resultado que desacredita cualquier muestra de triunfalismo y que evoca el hecho de que, en España, los dos grandes partidos ni siquiera alcanzasen el 25 de mayo el 50% de los votos emitidos. Insuficiente respaldo en ambos casos como para ignorar las fuertes voces discordantes y atreverse a esgrimir el respaldo popular a la hora de consagrar recetas que sigan descargando el peso de la crisis sobre las espaldas de los más débiles.

Esta frustrante gran coalición no es nueva. Se trata apenas de una adaptación con una capa de barniz democrático de la misma alianza que ha marcado durante décadas el rumbo de la Unión, la que ha impuesto el pensamiento único que se aplica para afrontar la crisis económica, la que rescata bancos y hunde a los ciudadanos, la que da estabilidad de Gobierno a Alemania o hace que populares y socialistas se pongan de acuerdo en España sobre cuestiones clave, como el blindaje constitucional contra el déficit o la continuidad de la monarquía.

Pasada ya la campaña, las aparentes diferencias entre las dos principales corrientes ideológicas se mantienen más o menos explícitas a nivel nacional (hay demasiadas elecciones en puertas) pero, a nivel comunitario, la convergencia es evidente, como ya lo era antes de los comicios, cuando ambos grupos votaban juntos en el Europarlamento más del 70% de las propuestas.

Ahora no será muy diferente. Schulz, tan radical en los mítines de campaña, tan supuestamente cercano a las preocupaciones del ciudadano común como alejado de la dura medicina de recortes impuesta desde Bruselas a los incumplidores países del sur, recobrará su papel institucional, reinstaurado en el cargo. No es de esperar que vaya a tener mayores problemas para converger con su rival conservador, Juncker, que dentro de unos meses estará al frente de la Comisión.

En el fondo, ambos juegan en el mismo equipo, el de la casta, por remedar el mensaje de Pablo Iglesias. Parte fundamental de la coartada es la afirmación de que este gran acuerdo resulta imprescindible para frenar el auge de los partidos populistas, eurófobos, ultraderechistas y xenófobos que han obtenido unos espectaculares resultados en las urnas.

Con esta actitud se mete en el mismo saco, tanto a los nacionalistas británicos de Nigel Farage y a los ultras de la francesa Marine Le Pen, como a opciones alternativas alejadas del discurso predominante, como las que encarnan el griego Alexis Tsipras, el propio Iglesias o Izquierda Unida. Lo peor es que se deja claro para todo el que quiera mirar que no hay una respuesta socialista a la crisis diferente en lo esencial de la popular o conservadora, una convergencia que facilita el pacto.

Corren malos tiempos para el proyecto europeo. Tan malos como para que, tras un presidente de la Comisión sin carácter, plegado a los intereses de los grandes, se haya recurrido a otro dirigente mediocre cuyos principales méritos consisten en un currículum que incluye cargos clave en Luxemburgo y en la Unión, en ser capaz de forjar consensos con un vaso de whisky en la mano, en saber nadar entre dos aguas, en conservar la sangre fría en momentos críticos y en saber plegarse en la dirección que sople el viento. Un producto del sistema, pero no el líder que necesita una Europa enfrentada al mayor desafío desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que ha perdido el rumbo y se aleja cada vez más de las preocupaciones del ciudadano común.

Pero, ¿quién quiere un auténtico líder, con agenda propia y rompedora, al frente de la Comisión? Desde luego no Angela Merkel, ni François Hollande, ni mucho menos David Cameron, que aun así ha luchado por otros motivos y hasta su último aliento para evitar el nombramiento de Juncker.

El del líder británico es un caso clínico. Ha jugado fatal sus cartas, se ha equivocado sobre el apoyo que supuestamente le prestaba en este asunto la canciller alemana, se ha ganado a pulso la vitola de perdedor (incluso en su propio partido) y se encuentra en una posición muy delicada para negociar la nueva ubicación del Reino Unido en la UE (con más devolución de poderes a Londres) que ha prometido someter a referéndum en 2017. Aunque hoy no parezca aún lo más probable, como tampoco lo es la secesión de Escocia, no hay que descartar que Cameron pase a la historia como el responsable de que se fracture su país y se salga de la Unión Europea. Una posibilidad esta última que cada vez asusta menos.

Durão Barroso, que terminará su mandado en el último trimestre de 2014, correligionario de Juncker, con el que ha trabajado 20 años y al que considera “un europeo comprometido”, está convencido de que preparará con él “una transición suave”. En otras circunstancias, eso sería la mejor noticia posible. Sin embargo, cuando la gravedad de la situación exige un cambio de rumbo, esas palabras tan solo confirman que, aunque algo cambie, todo seguirá igual. O casi. Lampedusa sigue tanto o más vigente que Maquiavelo.