‘Déjà vu’ en Gaza y dos titulares de ‘El País’

Es como si este artículo lo hubiese escrito ya antes, como si fuese a despedir un aliento a déjà vu. Porque así es el conflicto israelo-palestino: da vueltas y vueltas alrededor de sí mismo, sin que el paso de los años (o las décadas) acerque una solución pacífica, sin que se rompa la dinámica de la violencia, sin que el sueño del Estado palestino deje de ser una entelequia, sin que se frene el robo de territorio por parte de Israel, sin que se atisbe un horizonte temporal para el fin de la ocupación.

Otra vez estamos donde solíamos: con un detonante (el horrendo e injustificable secuestro y asesinato de tres jóvenes judíos), una respuesta desproporcionada del ejército israelí, una reacción de Hamás en forma de lluvia de cohetes más aparatosa que letal, y una ofensiva brutal sobre Gaza que causa la muerte de un puñado de supuestos terroristas y de muchos más civiles inocentes convertidos en víctimas colaterales.

Si la opción de invasión de la franja se concreta, la mortandad será aún mayor, como ocurrió en 2009. A Israel no le basta el ojo por ojo, prefiere el ciento por uno. Se entiende la alarma de la población que vive al alcance de los rudimentarios cohetes que, por centenares, se lanzan estos días contra objetivos indiscriminados en el Estado judío. No debe ser fácil vivir bajo esa recurrente amenaza, pero basta con ver las cifras de víctimas en uno y otro bando para comprender que, como siempre, son los palestinos los que pagan también ahora una factura más sangrienta. Un par de judíos heridos leves frente a decenas de palestinos muertos y centenares más heridos, entre ellos un buen número de niños y familias enteras masacradas.

El desequilibrio resulta evidente, pese a lo cual, la forma de presentarse en  los medios de comunicación puede llegar a disfrazar la realidad. Un ejemplo clamoroso es el de El País que, más allá de las informaciones objetivas y ponderadas de sus periodistas sobre el terreno, titulaba el jueves en primera página: “Israel y Hamás intercambian cohetes en plena escalada militar”. Y en el interior: “Hamás amplia el alcance de sus cohetes hasta el norte de Israel”. Nada que no sea cierto, pero que al destacar unos hechos oculta los más relevantes, con lo que se proyecta una imagen distorsionada de la realidad. Quien no leyese el texto completo y conociera los detalles podría pensar que se está librando una batalla entre iguales y con efectos similares sobre la población civil.

El Estado judío no sólo paga con la amenaza de los cohetes de Hamás el precio por su actitud agresiva y prepotente, sino que tiene que asumir los riesgos de un creciente desprestigio internacional y de alimentar hasta el paroxismo el odio entre las masas árabes y musulmanas de todo el mundo. Y una vez más, cada muerto inocente palestino deja en posición incómoda a Estados Unidos, gran aliado estratégico de Israel, y a la Unión Europea que contempla dividida, impasible e impotente cómo se destruyen las infraestructuras que sufraga en territorio palestino a costa de muchos millones de euros.

Los palestinos pierden —pierden siempre— pero Israel, aun ganando, también sale derrotado, porque ni toda su impresionante máquina de guerra le acerca a su objetivo de liquidar Hamás, y porque la opción de reocupar Gaza está descartada. Impensable volver a meterse en ese avispero. Por eso, en tanto no haya un acuerdo global, una solución negociada, la espiral del conflicto seguirá dando vueltas sobre sí misma, los palestinos continuarán sin tener un Estado propio y los judíos tendrán que soportar la opresiva sensación de cerco, aislamiento y tensión que han aprendido a considerar cotidiana y rutinaria. Algo perfectamente soportable, no obstante, mientras estén cubiertos por el paraguas militar norteamericano.

La crisis anterior no fue la última, y la actual tampoco lo será. Como siempre, se cerrará en falso y, pasados unos meses –o con suerte unos años- otra chispa volverá a prender un nuevo incendio. El tiovivo del conflicto sigue dando vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte.

Israel ha convertido en automática —y con mucha frecuencia eficaz— la reacción de tildar de antisemita cualquier opinión que le considere principal responsable de la falta de avances hacia el proceso de paz. Insiste en calificar de terroristas a los militantes de Hamás que atentan contra civiles judíos o lanzan cohetes contra su territorio desde Gaza. Pero muestra un escandaloso doble rasero. Porque el hecho de que sea condenable desde cualquier punto de vista el asesinato de los tres jóvenes judíos secuestrados, eso no es óbice para que, con la misma vara de medir, lo sea aún más una represalia israelí que destruye propiedades y siega vidas, no sólo de milicianos islamistas, sino sobre todo de civiles inocentes. Y todo ello sobre el fondo de una política de hechos consumados que viola la legalidad internacional.

En el pecado lleva el Estado judío la penitencia porque, a estas alturas, y ante la brutalidad de su respuesta, cada vez se diluye más el recuerdo de que esta crisis en concreto estalló a causa de un crimen atroz, un detonante como cualquier otro, siempre posible cuando la situación está cerca del punto de ignición.

Se habla de que la virulencia de la respuesta israelí es consecuencia de las disputas en una coalición de Gobierno donde Netanyahu pretende a veces presentarse como un moderado, en comparación con algunos de sus socios de Gobierno. Casi da risa ver a un halcón tan acreditado intentando disfrazarse de paloma, aunque sea de forma fugaz. Pero es que, además, los hechos son tercos, y la historia de los últimos 66 años demuestra que, fuera el que fuera el color de los gabinetes israelíes, se ha mantenido casi invariable una actitud sobre la decisiva cuestión nacional en la que prima más el garrote que la zanahoria, la fuerza sobre la negociación.

Una vez desvanecida la fugaz esperanza suscitada por los acuerdos de Oslo de 1993, y pese al parloteo sobre la conveniencia o necesidad de alumbrar un Estado palestino, Israel, en la práctica, se ha dedicado a hacerlo imposible, manteniendo la ocupación militar de Cisjordania, asfixiando económicamente a Gaza, dibujando unas fronteras disparatadas fruto del robo descarado de territorio, multiplicando los asentamientos y levantando un muro trazado al servicio exclusivo de sus intereses y que se interna en territorio palestino para reducirlo hasta el límite de la insignificancia.

Así las cosas, se explica la frustración de la población palestina y la caída en picado de la popularidad del presidente Mahmud Abbas, al que se considera demasiado conciliador o sumiso con Israel, sin que ello le haya permitido hasta ahora obtener ninguna concesión sustancial, ni para mejorar el nivel de vida de su nación sin Estado ni para que éste se encuentre más cerca de ser una realidad.

Para lograrlo es imprescindible que se articule la reciente reconciliación entre las facciones palestinas, imprescindible para lograr la unidad de acción que, en realidad, no sería sino la consecuencia lógica de las elecciones de 2006, cuyo resultado favorable a Hamás no fue respetado entonces, lo que consagró la separación de hecho, que aún persiste, entre Cisjordania (controlada por Fatah) y Gaza (feudo del movimiento islamista).

Moviéndonos en el terreno de la utopía, por mucho que parezca inalcanzable, y olvidando que hoy por hoy el escenario está dominado por la dinámica de la violencia, hay que señalar que cualquier acuerdo global y con vocación de definitivo es imposible sin que Hamás se sume al proceso. No debe constituir un obstáculo insalvable que el movimiento islamista que controla Gaza lleve prendida la escarapela de terrorista no sólo en Israel, sino también –con una escandalosa falta de equidistancia respecto al Estado judío- en Estados Unidos y la Unión Europea.

Por definición, la paz sólo es posible entre enemigos, y para lograrla las partes deben dejar a un lado las acusaciones mutuas y las heridas abiertas, por profundas que sean. En teoría al menos, Israel podría llegar a reconocer y negociar con Hamás. Y Hamás, por su parte, podría llegar a admitir el derecho a la existencia del Estado judío. Todo es posible si hay voluntad verdadera de alcanzar acuerdos, sólo que esa voluntad brilla hasta ahora por su ausencia. Además de la voluntad sincera de las partes en conflicto, un intento serio de solución exigiría una mayor implicación de EE UU, imposible hasta ahora porque, a la hora de la verdad, con Obama como con Bush, la Casa Blanca nunca actúa como un árbitro imparcial —lo menos que se debe pedir a un mediador—, sino como un aliado incondicional del Estado hebreo.

Ya dije que nos movíamos en el terreno de la utopía. Por desgracia, la realidad, con su largo reguero de muertes, va por otro lado.