El mundo es un volcán

Si el concejal Zapata fuese judío…

Si el concejal Guillermo Zapata fuese judío no se habría montado este embrollo, porque nadie gana a los judíos a la hora de reírse de sí mismos, sin que existan siquiera para ellos tabúes como el del Holocausto. Otra cosa es que esta actitud admirable y que les honra implique que les haga la más mínima gracia que los gentiles sigan su ejemplo y se tomen a broma lo que para ellos –y cualquier ser humano decente- fue un injustificable genocidio. Quien ponga en duda su actitud debería teclear jewish humour holocaust en Google y encontraría informes reveladores de webs hebreas sobre el tema y chistes tan bestias como el que le ha costado el cargo al concejal Zapata. Pero el concejal Guillermo Zapata no es judío. Tampoco víctima del terrorismo como Irene Villa, que no ha querido hacer sangre y se ha tomado lo suyo con humor: "Mi chiste favorito es el que me define como la mujer explosiva". El caso es que el concejal Guillermo Zapata se ha ganado a pulso que su carrera política se haya truncado casi antes de comenzar. Pero no por antisemita –no creo que lo sea-, ni por irrespetuoso con las víctimas de ETA –tampoco-, ni siquiera por imprudente –a eso no hay quien le gane-, sino por comportarse como un idiota –aunque no lo sea-, por no saber en qué mundo vive y por no medir en su pasado las consecuencias que hacerse el gracioso tendría sobre su futuro. Ahora ya habrá aprendido la lección –demasiado tarde-, pero que no lleve la contención que probablemente marque en lo sucesivo su acción pública al extremo de confundir la velocidad con el tocino y guardar, por ejemplo, un silencio culpable la próxima vez que el Ejército israelí machaque Gaza y se cobre como víctimas colaterales la vida de centenares de ancianos, mujeres y niños.

Si se rastrease en el pasado de cualquiera de nosotros con la dedicación que el PP muestra con los políticos emergentes que amenazan su propia razón de ser, es seguro que saldrían a relucir errores y pecados pequeños o no tan pequeños, faltas de coherencia ideológica, puede que algún que otro porro, pagos sin IVA al fontanero y que una vez robamos un libro en la FNAC o nos pillaron copiando en el examen de Física de la Selectividad. Que tire la primera piedra quien no haya escrito una frase inconveniente en un artículo, un tuit, un correo electrónico o un mensaje en Facebook que, convenientemente difundidos, nos pondrían hoy en un brete si nos metiéramos en política. Que tire la segunda piedra quien no haya contado nunca en privado un chiste políticamente incorrecto, o se haya reído con él. Humor y transgresión son con frecuencia la misma cosa, y el uno no se entiende sin la otra. Algo muy diferente es que se pongan al servicio de la intolerancia, la violencia, la xenofobia o el racismo.

Joaquín Ruiz Giménez defendió el derecho a rectificar en un mitin memorable en el Palacio de Congresos del Paseo de Madrid en los exaltadores tiempos de la transición. Sin gente que hubiese renegado entonces de su colaboración -aún pasiva, crítica o reticente- con el régimen franquista, quizás la democracia habría costado mucha más sangre, sudor y lágrimas. En la euforia y la exaltación del 15-M, cuando millones de personas gritaban su furia contra quienes arruinaban el país, más de uno dijo lo que ahora no querría haber dicho y que le está pasando una costosa factura. No es lo mismo ser un alternativo que estar en las instituciones. Ojalá lo sucedido al concejal Zapata alerte a otros como él de los peligros de estar en el escaparate mediático y de la necesidad de mirar un poco más allá del horizonte inmediato. Pero no neguemos el honroso derecho a rectificar.

El PP ve la viga en el ojo ajeno y no la viga en el propio en su afán por machacar a los nuevos ayuntamientos que le amenazan con desprestigiar su forma (la del PP) de hacer política. Es un partido que da grima por la corrupción que le empapa, el desprecio que algunos de sus dirigentes muestran por las víctimas del franquismo -incluso la exaltación de la figura del dictador-, la degradación de los derechos de los trabajadores, el relativo desmantelamiento del Estado del bienestar o el desprecio al derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Por eso, causa estupor su ejercicio escandaloso de un doble rasero que les permite elevar a la categoría de crímenes capitales que exigen las dimisiones fulminantes supuestas irregularidades de mucha menor entidad como las que se atribuyen a algunos dirigentes de Podemos o meteduras de pata como la del concejal Zapata, que no obstante se ha ganado a pulso su caída en desgracia. Con decenas de cargos populares procesados por corrupción, causan sonrojo –si no indignación- las voces que se atreven a insinuar que puede haber cometido "delito de genocidio" o de "apología del terrorismo".

El "apoyo vigilante" de Carmona a Carmena hace temer que el mandato de ésta no va a ser un camino de rosas, pese al apoyo del candidato socialista a la elección de la respetada juez. Aunque haga de tripas corazón, Carmona debe estar frustrado por su clamoroso fracaso tras haber repetido hasta la extenuación que sería sin ninguna duda el nuevo alcalde de Madrid. PSOE y Podemos (integrado en la candidatura de Ahora Madrid) son tan sólo aliados coyunturales, pero enemigos intrínsecos que volverán a enseñarse los dientes antes de las elecciones generales. Carmona propugna un "cambio tranquilo" y promete que se opondrá a cualquier "ocurrencia o exceso" como el de Zapata, al que –afirma- él habría exigido la entrega de su acta de concejal. No le basta con que haya dejado el área de Cultura. Puede que no sea una diferencia radical, pero sí un recordatorio de que, a fin de cuentas, en Madrid, el PSOE no está en el poder, sino en la oposición.

¿Por qué los dirigentes de Podemos evitan ya la palabra casta? Aunque ya estén en las instituciones, no deja de resultar extraño, dado que la repetición del término hasta el infinito se convirtió en parte esencial de su código genético. No vendría mal que Pablo Iglesias se explicase al respecto.