Tierra de nadie

El despotismo ilustrado

Ahora que la democracia está en retroceso y los tecnócratas se abren paso hasta la cima de los Gobiernos como salvadores, el gremio de burócratas debería plantearse metas aún más altas con las que aventar el olor a subsecretario de sus trajes. Con el liderazgo político en busca y captura y la dilución de las ideologías en el río del pensamiento único, su ascenso ha sido inevitable. Pocos países se resistirán a poner un técnico en su vidas, personas respetabilísimas todas ellas que, por haber estado a sueldo de tirios y troyanos, se han labrada fama de independientes, aun siendo de derechas de toda la vida. Nunca el futuro fue tan esplendoroso para los jefes de negociado.

Una vez que se ha demostrado accesorio que los ciudadanos elijan a su gobernantes, nada tendría que estar vedado a los protagonistas de este moderno despotismo ilustrado. Las monarquías, por ejemplo, podrían llenar de tecnócratas los altares de las princesas, lo que a buen seguro ahorraría muchos dolores de cabeza a los portadores de la corona. Si los aristócratas no aseguran matrimonios indisolubles y los jugadores de balonmano altos y bien parecidos tienden a sucumbir a la tentación del pelotazo con o sin portería, ¿qué se opone a que un probo funcionario, preferiblemente doctor en Economía y con buenas referencias laborales en Goldman Sachs o en JP Morgan, emparente con la realeza y asesore incluso a su familia política en la declaración de la renta?

Como los mercados saben lo que nos conviene, del hecho de que no hayan pensado para nosotros en un redentor cualificado del estilo de Miguel Boyer o de Luis de Guindos, al que da gusto oírle pontificar sobre la crisis aunque se enterase de la quiebra de Lehman Brothers cuando dejó de funcionar su visa de empresa, se infiere que no lo consideran necesario.

Sería absurdo, por tanto, que sintiéramos envidia de las asonadas tecnocráticas de Grecia e Italia, que con su nueva oficialidad ya han puesto rumbo a las costas de la prosperidad. El domingo elegimos a un obediente. A ese tipo de político, no hay técnico en el mundo capaz de llegarle a la suela de los zapatos.