Tierra de nadie

Responsables de sus golfos

El principal problema de España no es el paro ni la deuda, sino el déficit de atención que aqueja a nuestros servidores públicos, un mal para el que no parece existir vacuna. La última manifestación del síndrome ha sido lo ocurrido con la desviación del déficit público, un asunto que tiene al PP y al PSOE enzarzados en demostrar que es el otro quien miente. Como es muy extraño que el Gobierno saliente no supiera que las autonomías se habían pasado tres pueblos en sus gastos y que el entrante ignorara este hecho, entre otras razones, porque es quien las administra, hay que suponer que todo obedece a un descuido, a que en un momento unos y otros dejaron de mirar el fuego y se les quemaron las lentejas.

Estas distracciones son la causa de muchos de nuestros males. ¿Habría habido caso Gürtel si la actual ministra Ana Mato hubiera reparado en que su marido aparcaba un Jaguar en el garaje? ¿Qué echaban en la tele para que en la Casa Real nadie se percatara de la prosperidad de Urdangarín? ¿Hacia dónde miraba Rajoy para no ver lo chulo que era el palacete de Jaume Matas? ¿En qué estaban pensando Chaves y Griñán para pasar por alto que su director general de Trabajo, Francisco Javier Guerrero, manejaba los fondos de la consejería como quien juega al Monopoly? ¿Libraba el interventor de la Junta cuando el chófer de Guerrero se llevó por la patilla 1,3 millones en subvenciones?

Para los niños con déficit de atención existen ejercicios de rehabilitación muy sencillos, pero uno no va a pedir a los padres de la patria que depositen objetos en un caja y luego digan sin mirar el nombre de las cosas que han guardado. Lo más útil es hacerles responsables civiles a ellos y a sus partidos de los desfalcos de sus patrocinados, con lo que, además de elevar exponencialmente el celo y la pulcritud en su trabajo, se evitaría que lo que se distrajera fatalmente fuera el dinero público que manejan.

Nos tiene dicho la DGT que las distracciones se pagan. Fuera de ese contexto, la frase debería ser norma de obligado cumplimiento. Estamos hasta la coronilla de tanta negligencia y de tanto latrocinio.