Opinion · Tierra de nadie

Mulas, Amy y la ejemplaridad socialista contra la corrupción

El asunto de Carlos Mulas, el ya exdirector de la fundación socialista Ideas, que era en realidad Mulas y acémila, o sea, Mulas y Amy Martin, dos personas en una o, al menos, en un sólo matrimonio, puede parecer una anécdota en el océano de corruptelas por donde navegan trasatlánticos como el de Bárcenas y sus cuentas suizas, pero viene a ser lo que el colisionador de hadrones al Big Bang, una recreación en laboratorio del atraco sistemático a los dineros públicos que durante décadas se viene perpetrando en España.

Ideas quiso ser al PSOE lo que FAES al PP y nació impulsada por Zapatero, que no iba a ser el hombre menos que Aznar, que tenía una fundación para su vejez y una subvención anual de los Presupuestos Generales del Estado para que los suyos pensaran y editaran pasquines a cuerpo de rey, dicho sea esto último sin segundas intenciones. Colocó al frente a Jesús Caldera, que el pobre llevaba cabreado desde que en 2004 no le hizo vicepresidente sino ministro de Trabajo y que cuando también se quedó sin cartera aceptó una bicoca con la que lleva varios años dando vueltas al mundo y trayendo aquí a supuestos sabios a descubrir el flamenco y el trato exquisito de los hoteles de cinco estrellas.

Es Caldera aparentemente el que coloca a Mulas, doctor en Economía por Cambrigde y máster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Columbia, un hombre preparadísimo que subituló su web personal de manera premonitoria: “Economía y progreso deberían ser sinónimos”. ¡Vaya que si lo son! El álbum de Mulas es envidiable: se ha fotografiado con Lula, con Bill Clinton, con Hollande, con Gordon Brown, con Lakoff y Stigliz y, por supuesto, con Felipe González y Rubalcaba.

Según lo descubierto ahora, para que la economía de Mulas y su progreso fueran sinónimos creó una falsa identidad, la de Amy Martín, con la que pudo facturar unas decenas de miles de euros que añadir a su sueldo de director. Jugada maestra de la que debía estar al corriente todo el mundo en la Fundación, empezando por el gerente Cornide –el mismo que el del PSOE-, que a la postre debió de ser quien autorizara los pagos, así como algunos de los recientemente despedidos por un ERE en el que se puso de patitas en la calle a buena parte de la plantilla.

Lo de Mulas, por lo visto, no molestaba a nadie. Ni a Caldera, al que el día de pago seguramente le pillaba en la India dando conferencias sobre justicia social y gobernanza global, ni a Cornide, uno de cuyos amigos tenía un suculento contrato con la Fundación de varios cientos de miles de euros, ni, por supuesto, a la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, quien por esas casualidades de la vida tiene una hermana que hace traducciones y factura también a Ideas. Todo queda, por tanto, en casa. En un rapto de genialidad, el doctor en Economía se permitía en algunos de sus artículos agradecer a Amy Martin -él mismo o su esposa- su colaboración impagable.

Aun viajando tanto, sorprende que Caldera no estuviera al tanto de estos enjuagues, porque lo del diputado con los dineros es casi enfermizo. Uno recuerda haber sido invitado a comer por el de Béjar en su etapa como portavoz del PSOE en un restaurante italiano cerca del Congreso de los Diputados, y la experiencia de verle elegir el vino tras escrutar a fondo los precios de la carta es de las que no se olvidan. Sus compañeros de partido en Salamanca podrían aportar más detalles respecto a sus pagos como afiliado o, mejor dicho, sobre sus no pagos.

Estamos, en consecuencia, ante una persona a la que es difícil sisar al ir a comprar el pan, y cuya curiosidad intelectual forzosamente debió de hacer que se preguntara cómo era posible que en sus viajes a lo largo y ancho del planeta jamás coincidiera con Amy, la columnista.

De Amy, en concreto, tuve oportunidad de charlar ayer con otro columnista, Santiago González, admirado colega de El Mundo, quien sostenía en su artículo del miércoles que había colocado cuatro sablazos en la espalda de Público en su etapa impresa, a razón de más de 2.000 euros la pieza. Un servidor tiene su corazoncito y era en aquella época un modesto escribiente del periódico, que debía juntar un número de escritos tal que darían para un libro antes de alcanzar semejante cifra.

Tras las pesquisas oportunas, he sido informado de que Amy sólo firmó un artículo en Público, una colaboración facilitada por Ideas, como algunas otras, sin contraprestación económica alguna. Así se lo transmití a Santiago junto a otras dos matizaciones menores: que el periódico “que pudo ser y no es” sigue siendo y existiendo en la red y que simular identidades para pagar bajo cuerda no es algo que haya inventado Mulas. A este respecto le facilité varios nombres de responsables de su propio medio –por el que yo mismo transité durante doce años- que le podrían dar pelos y señales de cómo complementar el salario de algunos redactores fuera de nómina. Hemos quedado en que se haría eco de estas explicaciones, y no dudo en que lo hará porque es un periodista de palabra.

Volviendo a la fundación de Zapatero, la reacción al supuesto atraco de Mulas se antoja raquítica. Parece insuficiente que el caso se solvente con la cabeza de Mulas, ya que alguna responsabilidad tendrán quienes le pusieron y no se enteraron, o simplemente miraron para otro lado mientras leían a Amy con delectación socialdemócrata. Habrá que confiar en Rubalcaba, que cuando se pone de azote de la corrupción es como la española cuando besa: azota de verdad.