Opinion · Tierra de nadie

Operación Margallo: el hombre providencial

El interregno entre las elecciones y la formación del nuevo Gobierno está resultando tan pródigo en maniobras, conciliábulos y enredos que de desarrollarse en un marco más épico y con el vestuario adecuado daría para una nueva temporada de Juego de Tronos. La última genialidad de los guionistas ha sido propalar el rumor de que ya existe un tapado en el PP por si Rajoy no lograra la investidura. Se trata de un alguien maduro, con experiencia internacional, leído, con idiomas, respetado y fervorosamente monárquico, un tipo al que la modestia le persigue pero el corre más, un hombre de Estado dispuesto al sacrificio de cambiar las cortinas de la Moncloa en los dos años que duraría su magisterio, un señor, en definitiva, que ama a España, a Cataluña y a Salas de los Infantes, que los de Burgos también tienen derecho a que se les quiera.

El personaje en cuestión no es otro que José Manuel García Margallo, 72 tacos, ministro de Exteriores en funciones, y , de hacer caso a su colega de gabinete Cristóbal Montoro, uno de los tipos más arrogantes y pagados de sí mismos que se pasean por el barrio, lo cual puesto en boca del Montgomery Burns de la Hacienda española no deja de resultar inquietante. El rumor no debe de ser del agrado de Margallo, a quien el cargo le quedaría pequeño por mérito y capacidad aunque lo aceptaría por su espíritu de servicio y porque no hay puesto vacante de emperador a la vista.

El caso es que el propio Margallo lleva tiempo haciendo todo lo que está en su mano para presentarse en sociedad como el hombre providencial que necesitamos. Ya sea con su propuesta de reforma constitucional cuando su partido renegaba de ella o con su incursión en Cataluña para debatir con Oriol Junqueras para pasmo y crujir de dientes de Soraya Sáenz de Santamaría, el de Exteriores ha caminado por libre escudado en su amistad con Rajoy, del que presume de un contacto tan íntimo que asegura no hacer nada sin consultarle.

Días atrás, durante la presentación del libro Historia de la Política Exterior española en los siglos XX y XXI el adelantado Margallo esbozó todo un programa de Gobierno sobre el que edificar una gran coalición, desde la reforma de la Constitución a la fiscal, del cambio de modelo productivo a un pacto nacional sobre Educación, pasando por una ley que bautizó como de Compensación Social que conseguiría que los beneficios de la recuperación alcanzaran a los sectores de la población más vulnerables. Todo ello sería posible, según dijo, con Rajoy a los mandos, que quedaría muy feo que el tapado enseñara la patita.

Como puede suponerse, las posibilidades de Margallo de coronar su peón son tan escasas como las que tendría de cruzar a nado el Atlántico, y eso que ahora ha adelgazado y se ha puesto en forma. Ello, sin embargo, no es óbice para que el mentado se regocije internamente, porque quienes como él creen ser los precursores de los grandes avances de la humanidad experimentan esa vanidad que, como decía Sábato, es tan fantástica que hace que los afectados se preocupen de lo que pensarán de ellos una vez muertos.

Margallo es tan listo –ya lo sabe él- que ha logrado que su último libro Todos los cielos conducen a España. Cartas desde un avión se lo escriban otros, aunque olvida que pasarse de listo es el peligro que afrontan los de su especie. Y como no se le supone ajeno al rumor de su candidatura virtual las risas han empezado a escucharse en los pasillos del palacio de Santa Cruz, sede de su Ministerio y antigua Cárcel de la Corte, donde en tiempos se decía que lo que se oía eran los lamentos fantasmales de antiguos condenados a muerte.

Sea por esta irrefrenable vanidad o por su ánimo de encontrar trabajo en tiempos tan duros que hasta las puertas giratorias están en entredicho, el interés de Margallo en señalarse con dedo índice mientras carraspea como el gran desatascador de la política española es encomiable. Es una pena que su personaje muera al final de esta temporada.