Opinion · Tierra de nadie

La maldición del capitán Garfio

Lo más interesante de la victoria de Pablo Casado en el Congreso del PP, anticipada aquí hace más de quince días, es que finalmente ha revelado la pasta de la que está hecho el partido, situado ideológicamente más a la derecha de lo que representaba la anterior dirección y a bastante distancia de ese centro en el que durante décadas se ha situado la meta de una travesía interminable. Mayoritariamente, las bases del PP son muy de derechas y con ellas conectó Casado quien, pese a su juventud, ha demostrado conocer la organización mucho mejor que su oponente exmonclovita.

Históricamente, tratar de ganar unas elecciones con un ideario pensado para esa mayoría siempre se ha antojado quimérico, algo que comprendió hasta Fraga aunque le resultara imposible contener a esa cabra que llevaba dentro y que le empujaba al monte una y otra vez. Sólo cuando el partido se configuró como un jarabe de amplio espectro, capaz de aliviar las toses de los moderados y de bajar la fiebre de los más radicales, el PP alcanzó el gobierno con equilibrios casi circenses para no defraudar a público tan variopinto y discordante.

Del centro a la extrema derecha, la misión principal del maquinista de aquel convoy ha sido no dejarse vagones por el camino. Ello facilitaba que España constituyera una excepción en Europa, y que, aparentemente, el país se mantuviera ajeno al florecimiento de partidos de ultraderecha, cuando la realidad es que ese electorado potencial viajaba en el mismo tren que liberales, conservadores y democristianos, cómodamente instalado en clase preferente. Para entretenerles en el trayecto el PP siempre contó con referentes a su medida, papel que en los últimos tiempos jugó Aznar hasta que se convirtió en un verso tan suelto que terminó por escapar del poemario.

Ya fuera por la corrupción y su desgaste o por lo que algunos consideraban una deriva inasumible en la ortodoxia, los pasajeros más recalcitrantes empezaron a mostrarse receptivos a las ofertas de touroperadores especializados como Vox o de oportunistas como Albert Rivera, que ya no se anda con medias tintas y ha adoptado la estrategia de clonar el PP de la cruz a la fecha. En esa derecha extrema reside la maldición de un partido necesitado imperiosamente de ella para llegar al poder y que, al mismo tiempo, representa el fardo que impide su evolución hacia una fuerza moderna que no necesite caminar bajo el palio de la Conferencia Episcopal ni mantener vivo el rescoldo de un pasado tenebroso.

Con matices, quienes ocupan ese espacio no son muy distintos a los que nutren las filas del Frente Nacional en Francia o el Fidesz húngaro. Su argamasa es un patriotismo exacerbado que ha fraguado en buena parte de esa “España de los balcones y de las banderas” a la que se dirigió Casado en su campaña. A ellos iban destinados muchos de sus mensajes, desde la ilegalización de los partidos independentistas a la vuelta a la ley del aborto de 1985 y el repudio de la eutanasia, pasando por el combate a la memoria histórica que tan alterada tiene a la momia de Franco.

Ese discurso sirve para tomar las riendas del partido, tal y como ha demostrado el aventajado discípulo de Aznar, pero es insuficiente para alcanzar la mayoría en unas elecciones por la misma razón pero a la inversa: cada guiño a la caverna en inmigración, recorte de derechos civiles o terrorismo ahuyenta a los tibios, que rápidamente buscarán refugio en otras latitudes. El líder de ese conglomerado que es el PP no lo puede ser sólo de una parte. Necesita finezza y tacto para conducir una nave imposible donde se hablan idiomas distintos. Veremos cuánto tarda ese capitán Garfio que es Casado en pasar por el quirófano.