Opinión · Tierra de nadie

¡Gibraltar español!

Tras revisar la colonización de América, que según Pablo Casado no fue tal sino una operación estratégica para hacer a España más grande, el repaso del líder del PP a la Enciclopedia Álvarez debería haberse detenido en Isabel la Católica, “que no fue sólo una gran reina sino que también fue una excelente ama de casa”. Sin embargo, por pura coherencia geográfica, este fin de semana en Algeciras se saltó varios capítulos para hablar de la traición de los socialistas a la gran causa del nuevo imperio, que no es otra que la reconquista de una de las dos torres de Hércules a la que para abreviar llamamos Gibraltar  cuando su nombre exacto es mucho más admirativo: ¡Gibraltar español!

Casado es de lo que piensan que después de más de tres siglos de estériles esfuerzos patrióticos, el Brexit pintaba calva la oportunidad de birlarle al descuido la Roca a los ingleses, pero Pedro Sánchez, que además de un golpista es un traidor, lo ha impedido, en su opinión, para hacerse el simpático y hacerse invitar al té de las cinco. Es lo que el exministro Margallo, malogrado conquistador del Peñón, ha calificado de “política exterior de plastilina”.

Con Gibraltar hemos intentado todo. Descartamos primero una solución tipo Malvinas, no fuera a ser que nos salieran los tiros por la culata. Más tarde, la hoy momia y entonces dictador quiso hacer la vida imposible a los llanitos cerrándoles la verja de salida con más candados que el sepulcro del Cid, y el resultado de aquel disparate que rompió centenares de familias fue el esperado: un exacerbado nacionalismo, al que contribuyó el hecho de que más de 2.000 gibraltareños residentes en la Línea tuvieran que regresar a la Roca donde fueron alojados en barracones militares en condiciones lamentables. El sitio incomodó bastante a Londres, que tuvo que sufragar buena parte del presupuesto de la colonia, mientras crecía en su interior el odio a todo lo español.

Se pasó luego al plan B, que consistió en abrir la puerta para ver si los encerrados habían aprendido la lección y de paso agradecían que se les dejara estirar las piernas. De vivir de los militares y de los astilleros, la economía llanita floreció gracias al contrabando y a la conversión de la Roca en un paraíso fiscal. Sus habitantes empezaron a comprar viviendas en localidades cercanas y a hacer vida más allá de sus insolentes monos. En medio del subdesarrollo al que se había condenado a la comarca limítrofe del Campo de Gibraltar, el Peñón se convertía en su principal y única fuente de riqueza hasta el punto de aportar el 25% de su PIB y da trabajo a cerca de 10.000 españoles.

Fruto de aquella distensión fue la Declaración de Córdoba y la creación del Foro Tripartito, donde se acordó entre otras cosas la construcción de un aeropuerto de uso compartido cuya terminal española ha sido abandonada, y permitió que 7.000 españoles cobraran la pensión a la que tenían derecho por haber trabajado en el Peñón. Los gibraltareños nos odiaron un poco menos aunque no lo suficiente como para aceptar una soberanía compartida o algo que se lo pareciera, como dejaron claro en el referéndum de 2002.

Así que tras el plan B llegó el plan C, con Margallo como ejecutor, que partía de la base de que con zalamerías y buen rollo no se conseguía nada a corto plazo y que lo mejor era justamente imponer una política de leña al mono y llevar el caos a la frontera con controles exhaustivos que, si algo lograron, fue hacer la puñeta a los trabajadores españoles que cada día cruzan la verja para acudir a sus trabajos.

Forzar ahora las negociaciones del Brexit como atajo hacia la cosoberanía es una idea nefasta que sólo conseguirá marchitar lo que actualmente es el contrapunto a los problemas de narcotráfico, inmigración ilegal y economía sumergida de esa comarca gaditana que hace frontera con la Roca, sometida históricamente a un abandono incalificable que ahora se trata de paliar con un plan integral de 1.000 millones de euros que está por ver que se ejecute.

Fomentar la buena vecindad con Gibraltar y superar la tentación de apretar la mano en torno a su cuello no implica ceder un ápice en la reclamación de la soberanía. Por muchas negociaciones que se entablen con el Foreing Office, nada se podrá hacer sin convencer antes a los gibraltareños de las ventajas de caminar juntos, que algo tendrán que decir al respecto. Esto es lo que no cuenta la Enciclopedia Álvarez y conviene que Pablo Casado lo sepa antes de que pase al siguiente fascículo de nuestra imperial historia.