Opinion · Tierra de nadie

Japón y las ballenas

Los japoneses han decidido aparejar todos sus Pequods  y hacerse a la mar en busca de Moby Dicks a las que destripar para hacer filetes y sashimi. Japón, una especie de Nantucket poblada de señores de ojos rasgados, ha anunciado su retirada de la Comisión Ballenera Internacional para reanudar la caza comercial de cetáceos en sus aguas territoriales a partir de mediados de 2019. Dicen que es por tradición, por cultura y, sobre todo, porque les da la gana.

No hay nada que explique racionalmente este empeño de los del sol naciente por acabar con unos animales cuya población apenas se ha recuperado pese a la moratoria de 1986, y que tiene a ocho de sus especies en grave peligro de extinción. Las ballenas han seguido muriendo arponeadas, intoxicadas, en colisiones con grandes embarcaciones o, simplemente, atrapadas en redes de arrastre o de cerco. Por si esto fuera poco, el cambio climático ha interrumpido sus rutas migratorias y está acabando con el krill del que se alimentan. Tras décadas de supuesta protección, su situación es, en algunos casos, dramática, con apenas unos cientos de ejemplares vivos.

De entrada, los japoneses no comen ballena como nosotros le damos a las sardinas, es decir que su consumo no justifica la reanudación de las capturas. Es verdad que fueron habituales en su dieta a mediados del siglo pasado, cuando el país se moría de hambre tras la II Guerra Mundial y las miles de ballenas que su flota capturaba al año en aguas de la Antártida se convirtieron en su única fuente de carne. Hoy en día se estima que el consumo anual es de apenas unos gramos por persona.

Pese a ello, jamás dejaron esta odiosa costumbre de dar matarile a los cetáceos gracias a una disposición del Convenio Internacional para la Regulación de la Caza de Ballenas por la que se permitía su sacrificio por motivos científicos. Por ese pretendido amor de los nipones a la ciencia, cientos de ballenas han sido cazadas anualmente en el Atlántico sur para llevar rorcual a algunas mesas, una exquisitez que ni siquiera puede competir en sabor con un buen filete de ternera.

Un reportaje de la BBC de hace un par de años atribuía la obsesión japonesa con las ballenas a la burocracia de funcionarios que vive de los presupuestos destinados a estas pretendidas investigaciones científicas. Es una razón increíble que merece, sin embargo, cierto crédito porque es la única que explicaría el empecinamiento en una actividad que no tiene demanda y que causa un daño reputacional terrible a la imagen de los civilizados japoneses.

Y no es sólo Japón. Noruega e Islandia siguen matando ballenas a su libre albedrío, como lo hacen los habitantes de las islas Feroe que cada mes de agosto acercan a la costa a cientos de delfines y otros cetáceos a los que apalean y apuñalan hasta la muerte en un sangriento ritual en el que participan los niños. Aquí, que hasta hace unos años comprobábamos la ley de la gravedad lanzando cabras desde los campanarios y que seguimos estoqueando culturalmente a los toros, no estamos para dar lecciones. Somos también muy salvajes, aunque en nuestro descargo hay que decir que ni las cabras ni los toros están en peligro de extinción.