Opinión · Tierra de nadie

Lo de Vox no es odio sino amor a España

Cada vez resulta más evidente que los descendientes de Miramamolín, que ahora se hacen llamar Musulmanes contra la Islamofobia, quieren ganar la guerra que empezaron a perder hace ocho siglos. Para los españoles de bien aquel 16 de julio del año de nuestro señor de 1212 fue un día glorioso. Dispuestos a vencer o morir, mesnadas navarras con Sancho VII a la cabeza, huestes aragonesas capitaneadas por Pedro II, caballeros templarios, de Calatrava, de Santiago y de San Juan, hidalgos leoneses y combatientes portugueses, todos ellos espoleados por Alfonso VIII de  Castilla, que en buena hora ciñó la espada, le dieron lo suyo al almohade con ayuda de Dios y quizás de San Isidro en las Navas de Tolosa. Fue así cómo la espada derrotó al alfange y la cruz a la media luna sin hacer cautivos y allanando el camino a la Reconquista.

Como se decía, los moros no olvidan y tratan de reagrupar sus fuerzas con la ayuda de la Fiscalía de Valencia, posiblemente infiltrada por sarracenos, que ha abierto diligencias para investigar al secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, por un delito de odio. ¿Que de qué se acusa a este noble caballero? Pues de alertar de que los islamistas nos están invadiendo, de que son los enemigos de  la democracia, del progreso y del futuro, y de que ya hay en marcha en Europa una nueva cruzada para impedir que nuestras catedrales sean derribadas para levantar mezquitas y evitar que nuestras mujeres tengan que cubrir su rostro y sean tratadas peor que los camellos. En resumen, lo que todo el mundo sabe pero nadie quiere ver: que nuestra civilización está en peligro.

Afortunadamente, Smith & Wesson no está solo. Santiago Abascal, del que muy pronto los trovadores de rap cantarán sus gestas y acabarán por reconocerle como la reencarnación de Don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, rompió una lanza por su vasallo para denunciar el totalitarismo del Estado y abrirnos todavía más lo ojos aun a riesgo de que abandonen sus órbitas y caigan rodando al suelo o al fregadero: la intención de muchos musulmanes que llegan a nuestro reino es aplicarnos la sharia a pelo pero allí estará Vox para impedirlo.

Convienen estos recordatorios porque los cristianos viejos somos muy despistados y  a la menor oportunidad que se nos presenta nos pedimos un kebab o nos zampamos un cuscús sin pensar en que así confraternizamos con el enemigo. No es ya que la patria de los Reyes Católicos esté siendo allanada por miles y miles de ismaelitas durmientes, a la espera de que algún califa yihadista dé la orden de ataque, sino que muy posiblemente ya estén librando una guerra vírica expandiendo entre nosotros toda suerte de pandemias, desde la tuberculosis al ébola, como nos advertía el propio Smith con gran clarividencia.

¿Qué hace Vox para combatir en primera línea a los infieles? En primer lugar, implementar una astuta estrategia para adueñarse de sus fondos, como hicieron en 2014, cuando el 80% de su campaña paras las elecciones europeas fue financiada por simpatizantes del Consejo Nacional de Resistencia de Irán, un grupo marxista-islámico, sí, pero forrado. En segundo lugar prohibir las subvenciones a asociaciones islámicas y la enseñanza del Islam en los colegios. Y finalmente, levantar un muro en Ceuta y Melilla, pagado por Marruecos, que así también se les despluma.

La idea es hacer de la Península un Crac de los Caballeros mejorado, aquella inexpugnable fortaleza que los cruzados franceses construyeron en Siria pero que finalmente no fue tan inexpugnable como parecía. Eso sí, con la precaución de que los albañiles no sean musulmanes, porque ya nos advirtió Rocío Monasterio, que al ser arquitecta bien podría ocuparse de la obra, que estos operarios son muy machistas y no hacen caso si es una mujer quien les explica la técnica del encofrado.

Todo ello podría no ser suficiente. Y Abascal que lo sabe ha planteado que se vete directamente la inmigración procedente de países musulmanes, que algunos llamarán discriminación pero que es lo mismo que se hace en los bares o en las discotecas cuando se reserva el derecho de admisión. Los musulmanes, además, son muy dados a llevar calcetines blancos, lo que ya sería razón sufriente para impedirles el paso. La Biblia de Abascal es muy clara en este punto: “Hay que separar el  grano de la paja y evitar la introducción en Occidente del caballo de Troya islámico”.

Por tanto, si somos conscientes de que España “se ha construido contra el Islam”, que su “cosmovisión del mundo “es contraria a la judeocristiana y que ya tuvimos que salvar una vez a la civilización occidental de la barbarie en la batalla de Lepanto, ¿no estará la Fiscalía tomando por odio lo que es un profundo y arrebatador amor a España y a su imborrable legado?

Los progres, tan buenistas ellos y posiblemente a sueldo de las teocracias que quieren reconquistar al-Andalus, no han tardado en deslizar que mensajes como los de Vox son los que dan pie a matanzas como las de Nueva Zelanda, donde un supremacista blanco dejó a su paso 50 cadáveres tras liarse a tiros en dos mezquitas y grabar su matanza como si fuera un videojuego. Lo dicen como si aquí fuera tan fácil hacerse con unos rifles de asalto. ¿Acaso hay algún partido que defienda en este país armar a los ciudadanos? Pues eso.