Opinion · Tierra de nadie

Sadomaso en la derecha

Se aventuraba aquí que en la enfermiza relación entre Ciudadanos y Vox alguien acabaría haciéndose daño, algo bastante normal cuando se juega con el sadomaso sin palabra de seguridad. No se había visto nada semejante en la política española. Tras ser flagelados en las redes sociales, los de Rivera perdieron el pudor que aún les quedaba y aceptaron incorporarse a la cama redonda que el picarón de Teodoro García Egea había dispuesto en la Asamblea de Murcia. Pasaron horas de negociación entre las sábanas sólo interrumpidas por las llamadas de la naturaleza al baño contiguo, convenientemente inmortalizadas para la posteridad. Cuando todo parecía hecho, cuando se esperaba el clímax, sobrevino el gatillazo. Ya lo decía el marqués: “Que me complazcan tanto como quieran, si alguien descubre en ello un placer, pero que no exijan nada de mí”.

Lo ocurrido en Cartagena, donde los votos en contra de Vox impidieron la elección del popular Fernando López Miras, ha hecho sonar las alarmas en la derechita moderna, que al parecer ha descubierto ahora que los de Abascal no son de fiar. El episodio ha provocado, sin embargo, que a Ciudadanos se le caiga la máscara. Se pone así punto y final a la ficción de que nuestros liberales no tienen tratos con la extrema derecha salvo los cafés de cortesía o las citas secretas en hoteles. La humillación a Rivera, insultado este miércoles por el becario de guardia de los cruzados y postrado de hinojos al día siguiente por un plato de lentejas, ha sido antológica.

Se ha tratado de una demostración de poder en toda regla, que presagia por donde irán los tiros en Madrid, donde alguien debería advertir a Ignacio Aguado que deje de hacer el ridículo repitiendo como un papagayo el argumentario de que Ciudadanos rechaza cualquier negociación con la ultraderecha y, menos aún, un acuerdo de gobierno. Que alguien avise a este hombre de que la farsa ha terminado.

Nadie debería llamarse a engaño. Habrá pacto entre las tres derechas en Murcia y también en Madrid porque Vox no puede llevar su órdago hasta el final pero hará pasar las de Caín a sus socios, especialmente a Rivera del que ahora hemos descubierto su secreta pasión por el masoquismo de salón. La relación ha pasado de pantalla. Vox exigía respeto y los de naranja sentir en la espalda el restallar de su fusta. El PP disfruta haciendo de voyeur y trotaconventos. Cada cual tiene lo que quería.

Blanqueada como un actor decisivo de la política nacional, la ultraderecha no solo ha sido normalizada sino que se dispone a cruzar todas las alfombras rojas de las instituciones, unas veces a pie y otras a caballo. La profilaxis y los cordones sanitarios suenan ya lejanos. “Pasemos, pues, a mi tocador, ahí estaremos más a gusto; ya he prevenido a mis criados; tranquilízate que a nadie se les ocurrirá interrumpirnos…”. La inmoralidad de algunos haría sonrojar a Sade en la Bastilla.