Opinion · Tierra de nadie

La beca Maroto

En recompensa por esa dirección de campaña suya que condujo al PP al peor resultado de su historia y a él mismo a quedarse sin escaño, a Javier Maroto, vicesecretario de Organización y mano derecha de Pablo Casado, acaban de hacerle senador por designación autonómica o senador a la remanguillé, que es como se dice vulgarmente. Se trata de un privilegio del que gozan 58 elegidos, o mejor dicho no elegidos, que los partidos utilizan para aparcar a sus dinosaurios, espolear a sus promesas o, como en el caso que nos ocupa, aliviar de la derrota a los ‘egipcios’, relumbrantes figuras que se han quedado con una mano delante y la otra detrás tras pasar por las urnas. Es sabido que el PP es una gran familia que nunca deja a nadie tirado, sobre todo si la cuenta la pagamos entre todos.

La de Maroto es una beca que conceden todos los partidos y, por tanto, no sería excepcional, salvo por algunos pequeños detalles. Lo habitual es que los agraciados con esta pedrea sean designados senadores en las comunidades autónomas donde han nacido o han desarrollado su actividad política. Cada una de las 17 autonomías tiene derecho a un escaño en la Cámara Alta más otro adicional por cada millón de habitantes, que las fuerzas políticas se reparten en función de su representación y que, por lo general, nadie discutía hasta que los partidos independentistas vetaron a Miquel Iceta en el Parlament y se montó la mundial.

Con Maroto estamos ante un hecho singular. Como el PP se quedó en el País Vasco para vestir santos, su designación como senador ha correspondido a Castilla y León, y ello ha exigido que su flamante señoría haya tenido que empadronarse aprisa y corriendo en un pequeño municipio segoviano llamado Sotosalbos. No se conoce vinculación alguna de Maroto con este pueblo, que quizás conociera como turista o porque su afición por el románico le hiciera reparar en su espectacular iglesia de San Miguel. Como es normal, el del PP ha vivido a caballo entre Vitoria y Madrid, ciudad en la que trabaja su marido, y no se le conocía querencia segoviana alguna, aunque no es descartable que la pareja le dé al cochinillo los fines de semana y se haya dejado caer por Manrique o por el Portón.

Su empadronamiento en Sotosalbos, un trámite que exige acreditar la residencia en el municipio so pena de incurrir en fraude de ley, se comprende mejor si se tiene en cuenta que es la localidad natal del actual secretario del PP de Castilla y León, Francisco Vázquez, quien durante los últimos ocho años también fue presidente de la Diputación Provincial. Cabe suponer por tanto que Vázquez ha corrido en auxilio de Maroto, ya sea sugiriéndole las bondades del pueblo o facilitándole una dirección de correo para que le lleguen las dichosas cartas del banco.

La designación de Maroto ha sido muy accidentada porque el PSOE puso pie en pared contra el enjuague, hasta el punto de votar en contra de su designación y de la de sus propios candidatos. Los tres son hoy senadores tras una reñida segunda votación y gracias a Ciudadanos, que después de animar a Girauta a hacerse toledano para colocarle en sus listas al Congreso, no tenía excusas para no aceptar que un vasco se metamorfoseara en segoviano para seguir cobrando un sueldo público.

Lo de los sueldos públicos de Maroto es una constante desde que con 27 años debutó como concejal en Vitoria, que no iba a romper porque los electores de Álava le privaran del escaño. En 2014, por cierto, fue denunciado por SOS Racismo por unas declaraciones suyas en las que acusaba a los inmigrantes magrebíes de vivir de las ayudas sociales y no querer trabajar ni integrarse. Hay que dejarse de ironías y paralelismos –vivir de las ayudas, no querer trabajar- porque lo que es integrarse Maroto lo hace estupendamente.

Para justificar lo extravagante de que el exalcalde de Vitoria se empadrone en Segovia y Castilla y León le designe senador, el PP ha argumentado que cualquier español puede representar a cualquier territorio y que los segovianos están de suerte por tenerle en su censo. Podía haber añadido que, a juicio del partido, ningún castellano-leonés le llega a Maroto a la suela de los zapatos. Es el mensaje que queda por si alguno no se había percatado.