Opinion · Tierra de nadie

Investir a Sánchez y pasar a la oposición

Como del pleno sobre inmigración de ayer en el Congreso lo menos importante era la inmigración, lo que reclamaba la atención de nuestros próceres era el bronceado de Albert Rivera tras su tocata y fuga de agosto, el debut en la tribuna de Álvarez de Toledo como clon femenino y rubio de Aznar y comprobar el estado de los puentes entre PSOE y Podemos por si en algún momento de aquí a finales de septiembre alguien se atreve a cruzar el río de la investidura. Sobre esta última cuestión, los ingenieros de Caminos no pueden ser más pesimistas.

Encastilladas las partes en un acuerdo programático –el PSOE- o en una coalición como la que se rechazó en julio y que ahora se invoca –Podemos-, la posibilidad que se abre paso para evitar la repetición de elecciones es que los de Iglesias se avengan a dar el sí a Sánchez sin que medie pacto alguno, lo que lejos de ser una bendición para los socialistas sería el más envenenado de los caramelos que se puede dar a ese niño grande que está en funciones como presidente.

Facilitar la investidura y pasar desde ese mismo momento a la oposición tendría para Podemos varias ventajas. La primera sería la de acometer su aplazada refundación, incluida la renovación de su dirigencia, sin la amenaza de unas elecciones que pueden jibarizar su representación y acentuar el caos interno o dar entrada a nuevos competidores en su espacio político. La segunda sería desmentir aquello de que la izquierda vuelve a impedir que un candidato socialista alcance la presidencia, argumento que, a buen seguro, sería profusamente repetido en una eventual campaña. Finalmente, desnudaría la supuesta querencia de los socialistas a dar el intermitente a la izquierda y girar a la derecha y permitiría recuperar parte del terreno perdido en lo que al electorado se refiere durante el tiempo que el Gobierno se mantuviera en pie. Entre atarse las manos con un acuerdo de legislatura y tenerlas libres para repartir mandobles, mejor tener la cachiporra al lado.

Sería interesante comprobar cuál sería entonces la estrategia de Sánchez y la del vendedor de crecepelo que dirige su gabinete ante el único movimiento que no esperan. Desde luego, tendrían muy complicado explicar al jefe del Estado que, pese a contar con los apoyos necesarios para formar Gobierno, prefieren volver a las urnas por puro interés partidista. Más complicado aún sería gobernar con 123 escaños, expuestos al pim pam pum de la oposición de derechas y de la izquierda y obligados a negociar hasta la extenuación cualquiera de sus medidas sin garantía alguna de sacarlas adelante. En medio de esa inestabilidad, sólo se abrirían dos posibles caminos: adelantar las elecciones y demostrar su incapacidad para gobernar en solitario o negociar sobre la marcha una coalición con Podemos, ya que esperar un cambio de viento que haga girar la veleta de Rivera es como tener tos y rascarse la barriga.

Veremos a ver qué da de sí esa oferta programática irrechazable con sus 300 medidas que Sánchez quiere presentar el próximo martes, que es la última de las formas de marear la perdiz que los socialistas han encontrado para dejar pasar el tiempo. Los animalistas deberían actuar sin demora porque el bicho no se merece un trato semejante.