Opinion · Tierra de nadie

El saltimbanqui patriota

Protagonizaba este lunes Albert Rivera el enésimo de sus bandazos, un nuevo giro del gallo de campanario sobre su eje que, en esta ocasión, más que responder a la veleidosa naturaleza del personaje, es un indicativo de que la galerna se cierne sobre Ciudadanos con la repetición electoral. Es lo que explica su oferta casi extemporánea de abstención bajo condiciones en una hipotética investidura de Pedro Sánchez, una jugada táctica o una maniobra a la desesperada, elíjase lo que se quiera en función de la simpatía que despierte en cada uno Míster Veleta, que se ha querido presentar como la solución de Estado de un patriota al que le duele España y su bloqueo.

Hace ya tiempo que a Rivera no se le puede tomar en serio. Tantas han sido sus cabriolas que esta pirueta de última hora ha resultado hasta previsible. Tanto se ha hablado del vendedor de crecepelo que marca la estrategia de Sánchez que pocos han reparado en que el de Ciudadanos es su propio spin doctor, aunque cada vez tenga más difícil construir un relato que enmascare su gatopardismo. El Rivera que se acostaba socialdemócrata y se levantaba liberal progresista, el regenerador incapaz de regenerar nada, el tipo que quería alzarse entre rojos y azules y que acabó más teñido que un pitufo en su intento de dar el sorpasso al PP, vislumbra ahora su naufragio en unas encuestas cataclísmicas que se parecen mucho al meteorito de los dinosaurios. Su pretendida solución para España es la única tabla de salvación a la que puede agarrarse en este momento.

El cambio de guion no puede ocultar las fallas de su discurso. Sánchez, nos decía, era un malvado que tenía un “plan” para acabar con España que pensaba ejecutar con una “banda” de la que formaban parte Torra, Puigdemont, Junqueras, Otegi y Podemos. Sánchez, nos decía también, era un presidente nefasto que el país no se merecía. ¿Cómo se puede consentir que alguien así siga en la Moncloa cuando existe la posibilidad de apartarle del poder en unas nuevas elecciones? ¿No era Ciudadanos un partido de “valientes” que iba a decir no a Sánchez y sí a la democracia? ¿Lo importante no era respetar a esos cuatro millones de españoles que les habían votado para plantar cara al sanchismo? ¿No fue esa la razón por la que se purgó a los críticos del partido que pedían un entendimiento con el PSOE?

Lo que trata de justificar Rivera es, sin apenas variaciones, el remake de una película que ya hemos visto o, si se prefiere, el episodio que completa la serie. Primero fue el no rotundo a Rajoy porque era el mascarón de proa de la corrupción de los populares; luego el pacto del abrazo con Sánchez; más tarde, y tras la repetición de elecciones, el acuerdo de investidura con Rajoy; a continuación, su negativa a apoyar la moción de censura; a renglón seguido, el viraje a la derecha hasta convertirse en el tonto útil del PP y caer en los mullidos brazos de Vox. A partir de aquí, y tras comprobar que lo de liderar la derecha era más cuestión de nunca que de ahora, toca desandar el camino. A la abstención patriótica que ofrece al PSOE le seguirá, probablemente, si se vuelve a las urnas y se confirma el hundimiento que le vaticinan los sondeos, un patriótico acuerdo de investidura o de coalición con la bestia negra en funciones. ¡Qué dura es la vida del saltimbanqui!

Los aduladores del artista ven en su movimiento una jugada maestra para recuperar la iniciativa y para mostrar que la culpa de que los españoles vuelvan a votar sería exclusivamente de Sánchez, capaz de renegar de todos, de los de su propia banda y del constitucionalismo de bien. Justifican además que la oferta de abstención se haya producido en el descuento para no dar pábulo a su condición de errático y solo tras confirmarse el fracaso de la negociación con Podemos. En definitiva, que un partido que asegura haber nacido para combatir el populismo estaba dispuesto a permitir que el Gobierno de España cayera en sus fauces para que Rivera no cargara con el sambenito de veleta. Eso es patriotismo.

Al de Ciudadanos, como es costumbre, se le ha vuelto a ver el plumero, y hasta el PP, al que pretendía embarcar en su oferta de abstención, le ha dado una larga cambiada. Una cosa es que Rivera sea un derviche y otra que los demás se avengan a cooperar en su nueva y mareante estrategia de campaña. El gallo del campanario ya no engaña a nadie. Sopla del sur, que es el viento de los suicidas y de los locos. Falta que Sánchez le acepte el envite para comprobar el farol o para confirmar que en el psiquiátrico no se reserva el derecho de admisión ni a los presidentes.