Opinion · Tierra de nadie

El tormento de Urdangarin

Iñaki Urdangarin está muy solo en la cárcel de Brieva, inmerso en una de esas soledades borgianas en las que uno está solo y no hay nadie en el espejo. Del tormento que al parecer sufre ha venido a rescatarle el juez de Vigilancia Penitenciaria Florencio de Marcos, un hombre sensible que se ha propuesto evitar la ‘desocialización’ de su preso más famoso y los riesgos para la salud física y mental que su vida de eremita pueden provocarle. Es de suponer que su señoría vela con el mismo ímpetu por el bienestar de los más de 3.700 internos que cumplen su pena en Castilla y León.

Como se recordará, una vez condenado a cinco años y diez meses de prisión, el cuñado del Rey decidió ingresar en la prisión de mujeres de Brieva, donde es el único recluso varón en un módulo vacío. Su aislamiento fue una elección personal, un deseo respetado escrupulosamente por la administración penitenciaria, que es la que determina en última instancia donde han de cumplir los reclusos su condena. El juez De Marcos ha querido corregir esta situación y, en contra del criterio de la Fiscalía y de la Junta de Tratamiento de la cárcel, ha decidido que el cuñado del Rey salga dos veces a la semana de su reclusión para ejercer tareas de voluntariado con discapacitados en el centro de una congregación religiosa de la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón. Anteriormente y por idénticas razones, ya le había autorizado a tener una bicicleta estática en su celda.

Nada hay que objetar a la resolución del juez, que no hace sino aplicar el reglamento penitenciario y recordar que el aislamiento como forma de cumplimento de la pena está prohibido por las leyes internacionales y la propia legislación nacional, aunque pueda recurrirse a él para preservar la vida e integridad de los reclusos, que es el argumento para mantenerle en esa fiesta en la que nadie te hace caso, que es como Marilyn Monroe definía la soledad. El aislamiento solitario puede constituir, de hecho, un trato cruel e inhumano, una tortura, en definitiva, y afectar seriamente a la salud mental y desencadenar en quien lo sufre la llamada psicosis de la prisión, un síndrome que lleva aparejado ansiedad, depresión, angustia o paranoia. Esto es lo que se quiere evitar al marido de la infanta.

Cabe preguntarse en consecuencia por las razones de este ensañamiento, que no se explican ni por la necesidad de preservar la vida e integridad de Urdangarin ni para evitarle la tensión de que la pastilla de jabón se le caiga al suelo en la ducha, y mucho menos en una condena tan prolongada. Es evidente que la cárcel no es un spa y que cualquier recluso debe de sentirse amenazado en ese entorno. Así las cosas hay que suponer que la decisión de Prisiones de mantenerle en Brieva responde a otros condicionamientos ajenos, tal que el deseo de la Real familia de no mezclarse con el populacho en locutorios en sus visitas mensuales y alejar a sus miembros de esos olores a humanidad reconcentrada, cuando no a mierda, que tan mal sientan a las pituitarias borbónicas. Los responsables de esta situación, que equivale a una condena adicional, son, por tanto, su monárquica familia y la Administración que lo permite.

Dicho esto, el de Urdangarin no es el único caso de aislamiento en las prisiones españolas. Según la última estadística penitenciaria en junio de 2019 existían 933 presos calificados en primer grado, por ser considerados peligrosos o inadaptados, y a los que se mantiene al margen del régimen ordinario. Esas personas pasan en soledad absoluta de 20 a 22 horas diarias, reciben la comida en sus celdas y, por supuesto, tienen vedado el acceso al gimnasio, la biblioteca o actividades educativas y culturales. Pasan así años sin que se les garantice la atención personalizada –cursos y talleres- que exige el reglamento penitenciario, tal y como vienen denunciando distintas asociaciones pro derechos humanos. Y no tienen a ningún juez de Vigilancia que se interese por ellos, entre otros motivos porque son las respectivas prisiones las que deciden en atención a sus delitos, su pertenencia a distintas organizaciones o a su comportamiento en el centro.

Hace algunos años, Juan E. Méndez, relator especial de Naciones Unidas sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes, se refería así a esta situación: “El uso del régimen de aislamiento sólo puede aceptarse en circunstancias excepcionales y sólo como medida de último recurso. En todo caso su duración debe ser tan breve como sea posible, y debe permitirse al detenido la oportunidad de recurrir la medida y de informarlo de las razones para su aplicación. Para esto las personas mantenidas en regímenes de aislamiento deben contar con acceso a asesores legales y cuidados médicos. Es esencial que en ningún caso el aislamiento solitario se utilice en forma prolongada por más de 15 días y que se prohíba su utilización respecto de menores de edad, madres embarazadas o en lactancia y personas con discapacidades mentales”.

Volviendo al exduque, precisa el juez que el voluntariado que le ha asignado le irá muy bien para que tome contacto con la vida real y con los problemas de los demás porque los delincuentes económicos se rigen por el egoísmo y por el desprecio al interés comunitario. El Hogar Don Orione, que así se llama el centro al que desde mañana jueves acudirá Urdangarin, es una entidad sin ánimo de lucro, como lo era Noos. A ver si va a ser peor el remedio que la enfermedad.