Tierra de nadie

La gallina negra de los huevos de oro

Varios medios destacan como un acontecimiento histórico que el pasado sábado, por primera vez desde que se tienen registros, la demanda nacional de electricidad pudo cubrirse sin recurrir al carbón, que es la energía maldita por todo lo que contamina. En realidad, tal y como se precisa, no fue así exactamente, ya que se usó algo de carbón en Baleares para producir una cantidad irrisoria y completar la oferta del sistema. Es decir, que se hizo historia pero sólo en la península.

El asunto se ha presentado como la confirmación definitiva de que avanzamos inexorablemente por el camino de las energías más respetuosas con el medio ambiente, un hecho que vendría avalado tanto por el desplome cercano al 70% en el uso de este mineral como por el planificado cierre de varias centrales térmicas por parte de las eléctricas. Ello sería posible por la mayor producción de renovables, la considerable caída del precio del gas natural y, finalmente, por el encarecimiento de los derechos de emisión de CO2.

Cabe preguntarse cómo es posible que este hito se haya demorado tanto, porque en condiciones favorables, que han debido existir en algún momento, hubiera bastado con la electricidad generada por nucleares, parques eólicos y centrales hidroeléctricas para abastecer el consumo previsto. La razón se encuentra en el mecanismo establecido para la subasta diaria de electricidad, que es la que casa oferta y demanda, y que en condiciones meteorológicas adecuadas y de baja demanda debería haber hecho posible mucho antes que no fuera necesario quemar ni una sola tonelada de carbón, además de permitir que el precio de la luz bajara con la misma intensidad con la que sube cuando el consumo es elevado y la climatología es adversa.

Las reglas de la subasta se han explicado aquí en alguna otra ocasión. Una vez determinadas las necesidades de consumo, las eléctricas ponen sobre la mesa su contribución en megavatios y su procedencia. A partir de aquí el precio del megavatio sube o baja hasta que oferta y demanda se emparejan. Como las centrales nucleares están completamente amortizadas, entran a coste cero, al igual que las renovables. Ordenadas de menor a mayor precio, las hidráulicas, las centrales de gas de ciclo combinado y, por último, las térmicas alimentadas por carbón, que son las más costosas. El quid de la cuestión está en que el precio del megavatio, con independencia de cómo se haya producido, viene marcado por la energía más cara en entrar al sistema, esto es, por el carbón.

Para entendernos, es posible imaginar días en los que sólo sería necesario usar energía nuclear y renovable para atender el consumo previsto, con lo que el precio de la luz debería haber sido cero patatero. Pero eso nunca ocurre porque el oligopolio eléctrico siempre se las arregla para ofertar una cantidad de megavatios ligeramente inferior a la demanda y cubrir este resto con centrales de gas o térmicas, cuya energía es más cara y son a la postre las que marcan el precio del día. ¿A cuánto pagamos pues la electricidad del pasado sábado? Pues al precio que marcó la de la pequeña cantidad de carbón que se usó en Baleares. Hecha la ley, hecha la trampa.

Con independencia de las soluciones industriales que hay que buscar con urgencia para las comarcas afectadas, que será tan ecologistas como el resto si se les ofrecen salidas y puestos de trabajo, es evidente que la descarbonización completa del sistema eléctrico hubiera sido posible desde hace mucho tiempo, y que si esta no se ha producido es para mantener las cuentas de resultados de las compañías, que ahora son casi verdes pero no del todo para no matar a la gallina negra de los huevos de oro. Estos son los hitos que celebramos.