Tierra de nadie

España se rompe otra vez

La patria, como sabrán, tiene huesos de cristal y resulta especialmente quebradiza. Se trata de una enfermedad terrible que rebrota siempre cuando la izquierda se asoma al poder y se empeña, como se constata desde el PP, en postrarse de hinojos ante sus enemigos más contumaces, tal que el independentismo y el populismo, lo que dispara exponencialmente las probabilidades de fractura. Siendo por lo general bastante impíos, se ignora de dónde les viene a los socialistas esta irresistible querencia a arrodillarse pero estamos, por lo visto, ante un riesgo inasumible para la nación, que al ser la más antigua de Europa, no tiene el cuerpo preparado para semejantes contorsiones.

No será por los avisos. Llevamos casi dos décadas escuchando la advertencia de que España se rompe y por algún extraño motivo, un milagro dirían algunos, el país sigue aparentemente entero aunque el cántaro puede que no soporte más viajes a la fuente. Ocasiones no han faltado, porque el PSOE es un peligro público y cuando no es porque ha pactado la entrega de Navarra a los encapuchados de ETA es porque trata de establecer en el Ebro la frontera con Cataluña, y ello sin contar aquella vez que acordó entregar Ceuta y Melilla a los moros a cambio del 11-M. Lo increíble es que sigamos de una sola pieza con estos émulos de Jack el destripador a los mandos.

Al convencimiento de que la piel de toro no aguanta otro curtido ha llegado incluso el presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla, que quería un tren articulado de regalo de Reyes pero que está dispuesto a renunciar a él antes de que España se deje algún pedazo por el camino o pierda la nariz en un estornudo. A Revilla le encantaría poder seguir llevando anchoas a la Moncloa pero con eso de que el Gobierno está en funciones no logra que le abran la puerta cuando llega en taxi, y ha lanzado este fin de semana una llamada de auxilio a la derecha con un remedo del si me queréis, irse de Lola Flores: "Si queréis a España, absteneros patriotas", ha proclamado.

Precisamente a Moncloa y a intentar impedir por todos los medios que la indivisible patria se resquebraje acuden hoy Inés Arrimadas y Pablo Casado, capaces de cualquier cosa por patriotismo, aunque únicamente la dirigente de Ciudadanos lleve en el bolso algo de cinta americana para reparar la brecha que ya se atisba en la carrocería del país. Arrimadas propone un escayolado integral de la nación, remedio que ha bautizado como la vía 221 en alusión a la suma de escaños del PSOE, PP y los suyos propios, para inmovilizar a Sánchez de una vez por todas. Casado, en cambio, prefiere la artroscopia, esto es, una alianza de socialistas y liberales que le permita liderar la oposición y vigilar que los cruzados de la Reconquista no llenen de bostas de caballo los alfombrados pasillos del Congreso. A los que le recriminan que su actitud es partidista y facilita la querencia natural del PSOE a echarse en brazos del secesionismo ya les ha dicho que en cuanto ellos gobiernen cualquier roto será soldado con autógena, un remedio tan doloroso como efectivo.

Tampoco es cuestión de culpar ahora a la derecha de que la naranja española se desgaje, cuando sin pedir nada a cambio han venido ejerciendo de centinelas de la patria, siempre prestos a detectar rendiciones, treguas-trampa o autodeterminaciones al descuido y a hacer sonar las alarmas. Como alguna vez se ha dicho aquí, al PSOE siempre le ha bastado con unos meses en el poder para dibujar un mapa de España en el que los puntos suspensivos no son los límites regionales sino la línea de corte, a la manera de esos dibujos de ternera que cuelgan en las carnicerías para distinguir el solomillo del lomo alto y filetear la pieza.

Y esto es lo que de verdad no se entiende. Siendo España un país completamente cohesionado, donde la inmensa mayoría de los catalanes siente el españolismo en sus venas, Euskadi es el mascarón de proa de la hispanidad y no es posible encontrar por mucho que se busque algún atisbo nacionalista en Navarra, Valencia, Galicia, Baleares o Canarias, ¿a quién se le ocurre plantear un nuevo esquema territorial cuando el actual es una engrasada maquinaria de relojería que, puntualmente, da las horas y hasta los cuartos? ¿Qué espurios intereses llevan a subastar el país en unas negociaciones con los independentistas de ERC de las que no puede salir nada bueno, salvo quizás cierto alivio para la convivencia, o a dar entrada en un futuro Gobierno a populistas cuya razón de ser es llenar de tachaduras nuestra sacrosanta Constitución, meter al genio de la Transición en una botella de Lanjarón de esas de rosca y acabar con la nación misma a golpe de subidas del salario mínimo?

Únicamente los que respiran traición por los costados, esos dinamiteros socialistas singularmente, son capaces de presentar su infame diálogo con las termitas del secesionismo y su alianza bolivariana como una necesidad nacional. España se rompe otra vez y quizás en unas terceras o cuartas elecciones seamos capaces de impedirlo. Vuelven a estar avisados.