Tierra de nadie

Tiempo de purgas

Lo más sugerente que se ha escrito sobre izquierda y derecha es un libro del divulgador científico Martin Gardner titulado originariamente El universo ambidiestro. Entre otras muchas cuestiones relativas a la simetría y a la asimetría plantea el autor una pregunta inquietante: ¿Cómo sabría el vino de una copa reflejada en un espejo, habida cuenta de que la composición molecular del morapio sería justamente la inversa? Ese sí que es un problema del milenio. Complicando aún más las cosas y añadiendo algo del esperpento valleinclanesco, sería posible otra vuelta más de tuerca: ¿cómo sabría este mismo vino reflejado en los espejos deformantes del madrileño callejón del Gato, esos que convertían a Don Quijote en Sancho y viceversa? Ahí queda el enigma para los que gusten de experimentar con los taninos y no se hayan pasado ya a la cerveza.

Las esencias del PP se enfrentan a un dilema semejante. Que el partido de Casado tiene el sabor recio de la derecha de toda la vida, no hay quien lo dude. Sin embargo, en algunos territorios se ha probado algo parecido a ese vino reflejado en el azogue, que parecía el mismo sin serlo y en el que era posible distinguir matices diferentes. Ocurrió en Cataluña hasta que se impuso definitivamente el tintorro a granel que la mesonera Álvarez de Toledo se empeña en servir en gruesas frascas; se toma en el País Vasco, aunque su chacolí de viñedos propios no gusta nada en Madrid y bien podría dejar de producirse; y se sirve en Galicia, donde se escancia un caldo más suave en boca que hubiera podido tener más mercado si a Núñez Feijóo no le hubieran temblado las piernas cuando pudo ponerse a los mandos de las bodegas centrales.

El objetivo último de quienes trasiegan en el PP parece ser el de la uniformidad en torno al tinto peleón y que le vayan dando a los toques florales que se apreciaban en algunas denominaciones de origen. De ahí los fichajes de varios de los viejos enólogos del aznarismo, procedentes mayormente de FAES y unidos todos por su aversión al maricomplejismo de Rajoy. Y de ahí también la soterrada pugna que se mantiene en Euskadi para descabezar a Alfonso Alonso, al que parece haberle salvado la campana del adelanto de elecciones pero que no debería tenerlas todas consigo.

Por eso de que ponían los muertos cuando ETA colocaba bombas y daba tiros en la nuca, a los populares de Euskadi se les había permitido ir por libre y se transigía con ese vasquismo centrista suyo al que la rubia marquesa de casa Fuerte ha puesto la proa por flojeras en la santa cruzada contra el nacionalismo. Sin terrorismo, con unos pobres resultados electorales y, lo que es más grave, tras el apoyo de Alonso a Soraya Sáenz de Santamaría, el modelo tiene los días contados. Se preferiría que abandonaran voluntariamente el barco, como hizo Borja Semper, un tipo sin tragaderas para aceptar que su partido legitime a la ultraderecha de Vox. O que besaran el anillo del nuevo señor para ser recolocados al estilo de Maroto. A los que intenten mantener el fuerte se les pasará por la quilla más temprano que tarde, quizás aprovechando la coalición que se fragua con Ciudadanos.

En Galicia, la ventaja de Feijóo es que preside la Xunta y puede permitirse algunos lujos, como el de mandar a hacer puñetas en sus predios la España Suma que se impulsa desde Génova. Al gallego se le mira con desconfianza porque es el único que podría hacer sombra a Casado. Es el reflejo de un PP que parece igual pero que sabe distinto y que puede jugar a ser alternativa. Si las elecciones de abril le son desfavorables, la nueva dirección campará a sus anchas sin oposición alguna.

El espejo por el que suspira Casado es de la misma marca que el de la bruja de Blancanieves. Odia que le diga hay alguien más guapo y odia más todavía ver de fondo algún paisaje de Turingia, donde la CDU se ha abierto en canal por aliarse con la extrema derecha hasta provocar la dimisión de la sucesora de Merkel, y eso es algo que aquí no pasará nunca. Es un espejo esperpéntico porque, para su regocijo, le devuelve la imagen de Aznar allí donde se mira.

Se dirá que todos los partidos son proclives a purgar a sus críticos y es verdad. A Sánchez solo se le resisten en el PSOE aquellos barones que han sido capaces de retener el poder en sus respectivos feudos, pero no habrá que esperar mucho para ser testigos de la liquidación de la exsultana andaluza pese a su fingida conversión a la fe verdadera. Podemos ha llegado a instalar un luminoso que muestra la puerta de salida. Por allí marchó el errejonismo y ahora lo harán los anticapitalistas de Teresa Rodríguez. Disfruten del vino.