Tierra de nadie

Los zombis del PP

Lejos de parecer extraño, lo de dar matarile en política es de lo más habitual. Es verdad que existen distintos grados de refinamiento y que, en ocasiones, se intentan evitar escenas dantescas que provoquen náuseas a los curiosos, pero el desenlace siempre es el mismo: suspendido en su soga, el ajusticiado oscila como el péndulo de Foucault, sus allegados se secan rápidamente las lágrimas para evitar ser los siguientes en la lista y el sucesor entra en escena y comienza a recitar su papel con el cuerpo aún caliente del finado en segundo plano. La vida sigue.

Desde que la rubia marquesa de Casa Fuerte, o sea Cayetana Álvarez de Toledo, le acusara de ser un blandito con los nacionalistas, Alfonso Alonso se sabía sentenciado y solo las circunstancias, en especial el adelanto electoral en el País Vasco, le habían permitido mantener la cabeza sobre sus hombros y figurar brevemente como candidato. Su rechazo frontal a las regalías que se otorgaban a Ciudadanos en el acuerdo de coalición con el PP vasco, hecho a sus espaldas, ha venido a ser su canto del cisne, un bello réquiem a la dignidad de quien ya tenía escrito su destino y no quería posponer lo inevitable.

Lo trascendente del episodio no es, por tanto, el tránsito de Alonso, al que únicamente le resta dimitir de la presidencia regional para alcanzar el descanso eterno, sino la confirmación de que entre sus muchas facultades, ya se trate de olfatear armas de destrucción masiva en Irak, refutar el cambio climático o confirmar lo bien que se subsiste a sueldo de las multinacionales, Aznar goza del poder de la resurrección, algo que se creía reservado a Pedro Sánchez desde que se levantó y anduvo hasta que no hubo quien le echara un galgo en el PSOE.

La muerte política del dirigente vasco demuestra que Aznar vive y reina, aunque sea por la personita interpuesta de Pablo Casado, y ello le ha permitido en el año y medio que su aprendiz lleva al frente del PP rescatarse a sí mismo y a sus zombis de cabecera, a los que ha ido colocando en la nueva estructura de mando como si Rajoy no hubiera existido o se le pudiera borrar de la historia a golpe de escoplo como se hacía en el Antiguo Egipto con los faraones herejes.

Alonso expira por marianista y le sucede Carlos Iturgaiz, al que todos daban por muerto tras su anuncio de que abandonaba la política por haber sido marginado en las listas al Parlamento Europeo pero que, en realidad, estaba haciendo el acordeón, instrumento del que es concertista, replegándose primero para extenderse después dando la nota. Iturgaiz no es que sea aznarista, que lo es; es que es un devoto de Mayor Oreja, un diosecillo sacado del Antiguo Testamento de Franquito que era capaz de vislumbrar una negociación con ETA en una fiesta de cumpleaños pero que carecía del don de la ubicuidad y, por eso, Iturgaiz votaba por él en el Parlamento vasco cuando no estaba presente.

Es Aznar, por Casado interpuesto, el que permite a Iturgaiz demostrar que se puede volver del más allá, para pasmo de los populares vascos que ahora tendrán como candidato a quien únicamente aspiraba hace unos meses a ser el número 17 de la lista de Estrasburgo. El sorayismo ha sido en su caso un pecado venial que le ha sido perdonado porque Dios existe aunque se haya quitado el bigote y Mayor Oreja es su profeta.

La conversión del PP al aznarismo está siendo un proceso tan acelerado que amenaza con convertir al partido en una bacanal zombi, donde uno se encuentra por doquier con personajes del pasado renacidos como directores de gabinete o asesores, dada la actual carestía de cargos electos. No deja de tener su lógica que, anunciado el Apocalipsis por activa, pasiva y perifrástica, los muertos se levanten en estos días del juicio final y sean los de Aznar, siempre a la derecha del padre y de Don Pelayo, quienes lo hagan primero.

Sin embargo, no todo está escrito. Bastaría con que los resultados en el País Vasco demuestren de nuevo que algunas sumas restan y que el último mohicano del marianismo que es Feijóo resista en su aldea gala para que muchos caigan del caballo y se planteen si fue una buena idea esa locura de exhumar a esos diestros tan siniestros.