Tierra de nadie

¿Un buen día? Y una mierda

Dentro de que es difícil ver la vie en rose con 301 muertos, el de ayer era uno de esos días que podrían llamarse buenos. Se había registrado el dato de contagios más bajo, volvía a haber por cuarta jornada consecutiva más curados que positivos, en seis comunidades autónomas nadie había ingresado en cuidados intensivos, en otras tres sólo una persona y en el resto, salvo Madrid y Cataluña, no se habían superado los cinco. En la vertiente política, y aunque cada cual con sus intenciones, los distintos grupos habían aprobado por unanimidad la constitución en el Congreso de la llamada Comisión para la Reconstrucción, y el Gobierno presentaba por fin el diseño de lo que sería el fin del confinamiento tal y como lo  conocemos. En definitiva, y sin que hubiera que tirar cohetes en plan salvaje, no había necesidad de malgastar vinagre en el rostro y en la ensalada.

Pasó, no obstante, lo que siempre ocurre con esos días que parecen buenos: siempre viene alguien y los jode, con el agravante de que aquí los dispuestos a echar aguar el vino son legión. No hay respiro ni tregua en las adjetivadas descripciones del desastre que, en opinión de muchos, es la gestión del Gobierno, empezando por Pablo Casado que ya venía caliente tras su acto de masas ante un rebaño de ovejas, uno de esos servicios esenciales por los que se permite salir a la calle. Y, como es lógico, la máxima se cumplió.

A diferencia del 95% de la población española, que se ha doctorado cum laude en epidemiología y tiene en la cabeza los pasos que se han de dar en cada momento, al puñado de ignorantes restantes el plan de aterrizaje en esa "nueva normalidad" no le sonaba del todo mal y hasta veía cierta sensatez en establecer fases y criterios uniformes para pasar de una a otra, lo que hará que la llamada desescalada no tenga por qué ser homogénea en cada provincia, que es la unidad territorial elegida para su aplicación. Sin concretar aún cuáles serán estos criterios, se entiende que tendrán que ver con la incidencia de los contagios y la capacidad del sistema sanitario para atenderlos. Se podía llegar a experimentar incluso cierta satisfacción en que a las peluquerías se les permita atender con cita previa desde el próximo 4 de mayo, ahora que el personal empieza a demostrar por la vía de los hechos la teoría darwinista de que procedemos del mono. ¿Optimismo? Ni lo sueñen.

Los que saben de esto, es decir, la inmensa mayoría, empezando por la oposición, ya ha sentenciado que el plan es un churro aceitoso e indigesto, o ni siquiera existe, que no hay nadie a los mandos, que Sánchez es un cantamañanas, aunque ahora salga a dar sus ruedas de prensa después de comer, que persiste en no informar a nadie, y que falta un calendario exacto porque la gente quiere las certezas que, forzosamente, han de surgir de alguna bola de cristal que el Gobierno debe tener el altillo de Moncloa o ha de apresurarse a comprar en el mercado chino, ahora que el producto estrella es la lejía que Trump quiere usar para la desinfección del imperio.

Es verdad que faltan precisiones y existe cierta confusión, pero también que la casuística tan amplia lo hace inevitable. Los dueños de bares y restaurantes se preguntan cómo mantendrán sus negocios si durante un tiempo sólo se les permitirá atender las terrazas del exterior a un tercio de su capacidad, por lo que no es descartable que continúen con la persiana bajada. En ese mismo limbo se encuentran aquellos padres que han de trabajar fuera de casa y tienen niños mayores de 6 años, a las que habrá que dar alguna solución porque no tendrán con quien dejar a sus hijos si, como está previsto, los colegios permanecen cerrados hasta septiembre. Tampoco parece muy coherente que uno pueda echarse unos riojas en la plaza antes de que se le autorice a ir a ver a su confinada madre. Hay cuestiones que han de resolverse urgentemente, empezando por prolongar la vigencia de los ERTE más allá de lo establecido inicialmente, aunque parece que en este tema sí que hay estilistas que lo están peinando. En efecto, hay lagunas que el Gobierno está obligado a resolver sin que ello tenga necesariamente que empañar la luz al final del túnel que empezamos a vislumbrar.

Nada más lejos de la realidad. Lo que aparentaba ser una plácida jornada se cubrió de negros nubarrones hasta convertirse en un día de perros en los que es mejor no salir de casa, que es lo habitual por otro lado. El PP empezó exigiendo tests hasta para los canarios y continuó denunciando que no hay nadie al timón pero sin ofrecer una alternativa, no sea que la carencia de brújula sea generalizada. La ultraderecha sí que la mostró, con la aguja apuntando casi siempre a Iglesias, al que ahora acusa con la templanza acostumbrada de ser el responsable del "gulag" de las residencias de ancianos por cuyos "crímenes" tendrá que responder. El president Torra dijo estar muy soliviantado porque eso de centrar en las provincias la desescalada es centralista y retrógrado cuando lo moderno sería, en el caso catalán, respetar sus medievales veguerías sanitarias. Y las comunidades autónomas, en general, se mostraron muy irritadas porque el Gobierno sea el que marque los tiempos y tenga la última palabra, como si sospechara que dejarles manos libres equivaldría a confiar en que a un grupo de niños en una pista de atletismo no les dé por correr a ver quién llega antes a la meta. ¿Un buen día? Y una mierda. De haberlo sabido, ni nos levantamos.