Tierra de nadie

La mujer de negro

Los detractores del Gobierno han encontrado el argumento perfecto para apoyar la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo, un puesto desde el que se han de coordinar buena parte de las ayudas que la UE ha dispuesto para enfrentar la pandemia y, en su caso, arbitrar el rescate de aquellas economías que pudieran poner en peligro la estabilidad de la moneda europea. Su razonamiento es que, dado el sesgo, populista, socialcomunista y hasta demoniaco del Ejecutivo, la mejor manera de controlar que España no se convierta en Venezuela y evitar que Pedro Sánchez se deje un bigote tan poblado como el de Maduro es revestir de poder a la vicepresidenta económica para que ataje en seco cualquier veleidad bolivariana.

Al contrario de lo que ocurrió con Borrell, cuya designación como alto representante de la UE para Asuntos Exteriores fue interpretada como un triunfo del independentismo que daba así el pasaporte a su bestia negra, en el caso de Calviño, de resultar elegida, se trataría de una jugada maestra de los socios europeos para colar en el Consejo de Ministros a un submarino de la ortodoxia, una auténtica ‘mujer de negro’ del estilo de los enlutados que mandaba la troika a las economías en apuros para imponer sus reformas. En definitiva, estos nombramientos nunca son un éxito del Gobierno al poner picas en las instituciones europeas, desiertas durante años de representantes patrios, sino la manifestación de su capitulación o de su impotencia.

El único punto débil de esta lógica aplastante está en el detalle nimio de que tanto Borrell como Calviño no llegaron al Consejo de Ministros por generación espontánea sino por una decisión consciente de quien les nombró. En consecuencia, si la intención de Sánchez era romper España y repartirla en trozos no se entiende que Borrell fuera el ministro de Exteriores que combatía el independentismo del uno al otro confín o que Calviño lleve la cartera de Economía si la pretensión última es declarar al descuido una república marxista y, por supuesto, leninista. Se puede pensar también que su presencia en el gabinete ha sido solo un ardid para ocultar la verdadera naturaleza del escorpión, pero ello no deja en buen lugar a quienes se dejaron utilizar en ese diabólico plan. ¿Iría Bruselas a hacer sitio entre sus filas a unos incautos?

Volviendo a Calviño, cuya candidatura tiene el decidido respaldo del Gobierno y cuenta con serias opciones de hacerse con el cargo, no es un secreto que entre sus planes no figura hacer la revolución y que en unas primarias de Podemos no sería elegida por aclamación de los Círculos. Sus recelos hacia el compañero de viaje de los socialistas han sido tan públicos y notorios como su oposición a derogar íntegramente la reforma laboral, que no es que fuera una locura pactada con Bildu en un momento de desesperación sino uno de los puntos del acuerdo de coalición con el que se supone que comulgó la ministra de Economía, ya que no dimitió de su puesto.

Tampoco es materia reservada que la vicepresidenta no ganaría el premio a la socialdemócrata del año y que sus 12 años de trabajo en la Comisión Europea, los últimos cuatro como directora general de Presupuestos, le han hecho acreedora de una bien ganada fama de burócrata, esa secta que sacraliza el control del déficit y la deuda pública sobre todas las cosas. Si el Gobierno tiene varias almas, la que ella representa está según se mira a la derecha.

Aun así, situar a Calviño en la presidencia del Eurogrupo sería vital para España por todo lo que hay en juego en los próximos meses, cuando han de definirse las condiciones del paquete de ayudas europeas a la reconstrucción. Aquí no nos gastamos el dinero de los calvinistas holandeses en copas y putas como afirmaba uno de sus posibles antecesores. Ni saldremos de la depresión económica con una bota en el cuello exigiéndonos recortes ni con unos presupuestos comunitarios abonados a la racanería.

Nos conformaríamos con que mostrara la misma sensibilidad y firmeza que el portugués Mario Centeno y con que frenara el vuelo en círculo de los halcones del Norte, que por sus graznidos parecen buitres, sobre las economías del Sur. Bastaría con que la presidenta del Eurogrupo, si es la designada, no se olvide de que es la vicepresidenta del Gobierno español. Tampoco es que sea pedir mucho.