Tierra de nadie

Metafísica del Gobierno

De la misma manera que con Isabel Díaz Ayuso sobrevuela la impresión de que algo falla, de que no puede ser posible que una persona sea capaz de tantos desvaríos y que en algún momento aparecerá alguien con un documento notarial en el que se atestigüe que las ‘ayusadas’ estaban premeditadas de antemano por esa gran bromista que dice ser presidenta y que ahora ve ensañamiento en la lectura de las cifras de contagiados en Madrid, con el Gobierno central hay una sensación de escepticismo alimentada por partidos de la oposición, medios de comunicación y, a menudo, por los integrantes de la propia coalición.

Se trata de una manifestación constante de incredulidad que empezó en el mismo instante de su formación y que se mantiene en el tiempo. Es una negación de la evidencia de que el Gobierno logró constituirse y que lleva a muchos a plantearse la misma pregunta que se hacía San Agustín al reflexionar sobre sí mismo: "¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?". La consecuencia de semejante duda metódica explica quizás las reacciones viscerales que desencadena entre quienes piensan que esto no puede estar pasando, que es imposible que una coalición semejante haya visto la luz y que, en consecuencia, todos los esfuerzos han de dedicarse a desentrañar el misterio, a desenmascarar el truco y acabar lo antes posible con la función que representan estos prestidigitadores tan falsarios.

Lo que no se acepta, claro está, es que uno de los integrantes de la coalición sea Podemos porque ello revienta las costuras del traje que se les había confeccionado de partido antisistema y alimenta todo suerte de pesadillas a las que solo se podría poner fin con el derrocamiento del engendro y su sustitución por otro engendro más aceptable, más políticamente correcto, ya sea en forma de gran coalición, de Gobierno de concentración, de unidad nacional o con cualquier cosa que implique dejar fuera de la ecuación al populismo bolivariano, comunista y, por supuesto, antiespañol de los de Iglesias.

Se parte de la premisa de que el Gobierno no puede existir y que, por tanto, aunque las evidencias del BOE sugieran lo contrario, no puede comportarse como lo haría un Gobierno normal o como Dios manda, que viene a ser lo mismo. De ahí que cuestiones tan elementales como la elaboración de los Presupuestos, que es una función que corresponde al Ejecutivo y no al partido o a los partidos que lo componen, dé lugar a debates bizantinos y surrealistas. ¿Cómo que el proyecto de las cuentas del Estado ha de ser pactado previamente en el seno de la coalición antes de buscar otros apoyos? ¿Qué es eso de que Podemos tenga que estar de acuerdo con sus propios Presupuestos? Pero, ¿en qué cabeza cabe semejante locura?

Como se decía, las suspicacias por la existencia del Gobierno no es exclusiva de la derecha y de sus medios de comunicación, que ven lógico pedir la autodestrucción del propio Ejecutivo como condición previa para sentarse a negociar con él, sino también de sus miembros que, al parecer, o no acaban de entender que no gobiernan solos o no terminan de creerse que están en el Gobierno y que no pueden comportarse como si siguieran en la oposición. Ello conduce a situaciones un tanto atípicas, como que una parte del Ejecutivo considere a la otra como un cuerpo extraño que se te mete en ojo para joderte o que esa otra parte anuncie vetos contra lo que necesariamente ha de ser una iniciativa propia.

Sin que sirva de precedente, parece que, finalmente, la lógica se ha impuesto, algo tan insólito que se ha convertido en noticioso. Así, es noticia de portada que Sánchez e Iglesias se hayan sentado a pactar las líneas generales de ‘sus’ Presupuestos para que estos incorporen en la medida de lo posible, dada la emergencia sanitaria y económica que vivimos, el programa de ‘su’ coalición. Y que a partir de ahí busquen ‘juntos’ los apoyos necesarios para que obtengan el respaldo parlamentario, ya sean de  ERC o de Ciudadanos, que no es un tanto monta monta tanto pero que es lo que impone la endemoniada aritmética parlamentaria y las respectivas circunstancias particulares de los pretendientes.

Esto es lo normal si se acepta que el Gobierno no es una ensoñación sino que es y está, que existe y tiene voluntad de permanencia, como sostenía el propio presidente este lunes en su épica alocución a los gerifaltes del Ibex 35 sobre la unidad y el sí se puede. Lo normal es que los socios de coalición dejen de mirarse con recelo o por encima del hombro y que se comporten como un Gobierno y no como una agrupación ocasional de individuos que no se han visto en otra parecida. Eso es lo normal y lo que, en ocasiones, resulta tan extraño.