Opinión · Estación Término

Por qué quiero morir a los 75 años

Fernando Marín
Médico de ENCASA, especialista en Cuidados Paliativos  y presidente de DMD Madrid

 

“Nuestra capacidad para prolongar la vida ha aumentado mucho más que la de prolongar el bienestar y, en la actualidad, tenemos más años de vida, sí, pero con serias limitaciones físicas y mentales ¿Merece la pena?”

Ezekiel J. Emanuel, un norteamericano experto en bioética, afirma en un artículo recientemente publicado en la revista The Atlantic, traducido en la web No gracias, que no, que él desea morir a los 75 años.

¿Cómo? Abogando por una objeción de conciencia a la atención sanitaria a partir de esa edad. “Voy a morir cuando lo que venga primero me lleve, por un proceso agudo como una neumonía (“la amiga del anciano”), que no trataré con antibióticos. A partir de esa edad no iré al médico, ni me haré pruebas preventivas (como una colonoscopia o la determinación del PSA de la próstata), ni me vacunaré de la gripe, ni me trataré el cáncer, si lo padeciera, no aceptaré un marcapasos, un desfibrilador, un bypass o una válvula cardiaca, sólo cuidados paliativos en caso de dolor u otras discapacidades”.

El artículo es interesante, porque plantea abiertamente la libertad de morir cuando una persona considere que su biografía ha concluido. Una reivindicación que desde puntos de partida opuestos coincide con el movimiento ciudadano holandés Por libre albedrío, que reclama la regulación del suicidio para los mayores de 70 años sin enfermedades graves.

“Estoy seguro de mi posición. Sin duda, la muerte es una pérdida. Pero hay una simple verdad que muchos de nosotros parece no queremos entender: vivir demasiado tiempo es también una pérdida; hace que muchos de nosotros, si no desarrollamos una discapacidad, nos sintamos vacilantes y en declive, porque a medida que envejecemos nuestra mente también se deteriora. Los despistes aumentan, no es sólo lentitud mental, sino que literalmente perdemos nuestra creatividad, de la capacidad de contribuir al trabajo, a la sociedad, al mundo. Transforma cómo las personas nos experimentan, cómo se relacionan con nosotros, y, lo más importante, cómo nos recordarán. Ya no seremos recordados como personas vibrantes y comprometidas, sino débiles, ineficaces e incluso patéticos. No deseo ser una carga. En el momento en que alcance 75 años, habré vivido una vida completa. Habré amado y habré sido amado. Habré concluido los proyectos de mi vida y aún no tendré demasiadas limitaciones. Morir a los 75 no será una tragedia.

El autor trata de reforzar su posición con datos sobre una vejez que él no desea. Frente al sueño americano, o la fantasía, de la eterna juventud,la realidad es que en 2006 el 42% los estadounidenses de 80 años eran dependientes y uno de cada tres mayores de 85 años padece Alzheimer. La medicina no ha frenado el proceso de envejecimiento, pero sí ha ralentizado el proceso de morir (vida larga, muerte lenta), resultado de las complicaciones de una enfermedad crónica.

“Mis hijas, mis hermanos, mis amigos dicen que estoy loco, que no he pensado con claridad sobre esto, porque hay mucho en el mundo para ver y hacer. Me enumeran a las personas que conozco mayores de 75 años y que están muy bien. Están seguros de que, a medida que me acerque a los 75, voy a empujar la edad deseada a los 80, luego a los 85, incluso a los 90. Ellos no lo admiten, me quieren y temen la pérdida, no quieren enfrentarse a mi mortalidad, porque no desean mi muerte”. Sin embrago, para él, definir un punto en el tiempo, aun reconociendo que sea de forma arbitraria, tiene algo muy positivo: “elimina la indefinición de tratar de vivir el mayor tiempo posible y nos obliga a pensar en el final de nuestra vida, comprometiéndonos con las cuestiones existenciales más profundas, sobre lo que queremos dejar a nuestros hijos y nietos, sobre nuestra comunidad, nuestros conciudadanos y sobre el mundo”.

Muchas personas no desean vivir la decadencia de la vejez. Al igual que este hombre, están planificando el final de su final, pensándolo desde la convicción de que la vida les pertenece, respetando las opciones vitales de cada uno, incluyendo las suyas. “Desde luego, no estoy menospreciando a las personas que quieren vivir a pesar de sus limitaciones físicas y mentales. Ni siquiera estoy tratando de convencer a nadie de que tengo razón”, expresa Emanuel.

Tras esta declaración de intenciones, sorprende que Emanuel se posicione contra  la eutanasia, suscribiendo dos de los errores más frecuentes: la falacia que desprecia la libertad, la voluntad seria, reiterada e inequívoca de morir (“las personas que quieren morir tienden a sufrir no de dolor incesante, sino de depresión, desesperanza o miedo a perder su dignidad y el control”) y el falso dilema entre paliativos o eutanasia (“la respuesta a estos síntomas no es terminar con su vida sino dar ayuda, ofrecer a todos una buena y compasiva muerte y no una eutanasia o suicidio asistido a una pequeña minoría”).

Tras la audacia para presentar el tema, esta es una incongruencia  por deformación profesional. Como experto en bioética, “tira de manual”  y se aferra a la doctrina que distingue entre permitir la muerte (por ejemplo no tratándose una neumonía, que sería moralmente admisible), y provocar la muerte (suicidio o eutanasia, que considera reprobable), un planteamiento que no se sostiene frente a una deliberación moral. Aunque no lo mencione, lo que está detrás de esta posición vital es un valor superior: la libertad, la disponibilidad de la propia vida como una opción personal. La eutanasia es una forma más de concretar ese valor, tan válida como morir por una neumonía tras rechazar los antibióticos, por negarse a ser alimentado por una sonda o por desconectar un ventilador que mantiene la vida.