Estación Término

Disponer de la vida no alcanza a ser un derecho en Francia

Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

 

La propuesta de ley sobre la ayuda al enfermo al final de la vida que se ha debatido en sede parlamentaria en Francia ha llegado a término, pero sin éxito. La comisión paritaria de diputados y senadores el 19 de enero consensuó un texto definitivo que hace unos días ha aprobado la Asamblea Nacional y el Senado aprobará a mediados de mes.

He de decir que, cuando Hollande llevó en su programa una propuesta de ley sobre el final de la vida -sabiendo que el actual primer ministro Valls había presentado una proposición de ley de eutanasia en años anteriores- creí que la apuesta iba en serio y que el resultado sería significante para Europa. Pero tras tres años largos de traspiés todo ha acabado en el parto de los montes y el resultado –ridículo ratoncillo- se ha cifrado en permitir la sedación terminal continuada.

No es cuestión de hacer un recorrido de tres años largos con todos sus episodios ni de detallar uno a uno los fallos que han tenido los socialistas en el proceso parlamentario. Sí hay que señalar la ambigüedad que desde el primer momento ha tenido la política eutanásica de Hollande y sobre todo la alarmante división del Partido Socialista pues en la enmienda socialista que se presentó a favor de la ayuda activa al enfermo para morir los mismos socialistas mostraron una brecha irreparable que hizo naufragar toda idea de apoyar y legalizar la disponibilidad de la propia vida. Y con casi medio grupo socialista escorado a la postura antieutanásica aumentó el peso político de la derecha que se ha mostrado fuerte en la Asamblea y acorazada en el Senado.

La representación política de las dos cámaras parlamentarias ha sido totalmente contraria y demoledora para la opinión pública. Una encuesta del IFOP de octubre de 2014 mostraba que el 96 por ciento de los franceses encuestados opinaba que se debía legislar para que el médico pudiera poner fin sin sufrimiento a la vida de las personas que se lo solicitasen. Es más, meses antes de este sondeo la conferencia de ciudadanos que venía a representar a amplios sectores de la población se decantaba por la libertad del enfermo para decidir el final de su vida y por la ayuda activa médica al paciente.

El filósofo Santayana decía que "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte". Algo parecido se puede decir de cada persona, de la cultura ambiente de una sociedad y por qué no del conjunto de la clase política y más en concreto de los parlamentos. Si en Francia, como ocurre en otras latitudes, los ciudadanos luchan por un nuevo derecho a disponer de la vida y decidir la muerte, la Asamblea y el Senado franceses han dado la espalda a los valores de la República que al haber sido tan reaccionaria ha perdido su prestancia democrática y debiera escribirse en estos momentos con minúscula.

Francia en el terreno de la asistencia a los enfermos terminales se regía por la Ley Leonetti de 2005, que tuvo una pequeña reforma tres años más tarde y ahora se podrá considerar que tiene tres añadidos a la supuesta autonomía del paciente. Las instrucciones previas -testamento vital- serán vinculantes para el médico, pero revisables: en caso de urgencia vital el médico podrá derogar tales exigencias o si las considera "manifiestamente inapropiadas o no convenientes a la situación médica". La nutrición y la hidratación artificial, al ser consideradas como tratamientos y no como cuidados, podrán suspenderse a petición del enfermo o bien por decisión médica. Y la sedación terminal podrá aplicarse a petición del enfermo para evitar una obstinación terapéutica irracional. La sedación podrá ser "profunda y continuada que provoque una alteración de la conciencia, mantenida hasta la muerte".

Estos son los nuevos derechos de la nueva ley conformada y consensuada gracias al maridaje político del socialista Claeys y el conservador Leonetti y que difícilmente el ciudadano francés de a pie los considerará acordes con lo que sigue deseando la opinión pública y todavía menos con los valores de su República. Una vez más la política, un poder legislativo se ha reído del sentir mayoritario, de la libertad de conciencia y de la autodeterminación del ciudadano. Todavía nos consideran súbditos bajo el mandato del despotismo de los políticos que tiene poco de ilustrado.