Opinion · Otra economía

Pablo Iglesias, Espinosa de los Monteros y una televisión pública podrida

Ayer el telediario del mediodía abrió con la «noticia» de la amigable conversación que mantenían en el congreso Pablo Iglesias, Espinosa de los Monteros e Inés Arrimadas.
 
Podrían haber encabezado el telediario con el asesinato de la mujer hindú por parte de sus violadores, o con el frío que produce la pobreza energética, o con la contaminación de la que son responsables las grandes multinacionales, en abierto contraste con las pomposas declaraciones y los flashes de la cumbre contra el cambio climático que se celebra en estos días en Madrid. Pero no, tenían entre manos algo mucho más interesante.
 
No me sorprende, sino que me asquea que la televisión pública participe en calidad de protagonista de una estrategia que, al mismo tiempo, busca intoxicar y crear opinión a partir de una cuidadosa selección de chascarrillos, mentiras y medias verdades. Y me inquieta todavía más porque la información, por llamarla de alguna manera, que recibe la mayor parte de la gente procede de los telediarios y los programas de entretenimiento.
 
Es la misma televisión que, un día sí y otro también, coloca a VOX en el centro de la programación. Por supuesto, la extrema derecha feliz por la campaña gratuita que le están haciendo. No sólo han entrado con fuerza en las instituciones, sino que tienen en los medios un potente altavoz. Es cierto que su discurso es reaccionario, casposo y franquista, pero me temo que tiene recorrido entre la población desorientada y desinformada.
 
Es difícil caer tan bajo, aunque con empeño lo conseguirán. No sólo se pone por encima de cualquier otra consideración el aumento de las audiencias. Estoy convencido de que detrás de todo se busca ensuciar la política, trasladar el mensaje de que, de una manera o de otra, todos buscan lo mismo: acomodarse en las instituciones, permanecer en ellas, disfrutar de privilegios que no tienen las personas de a pie y, si llega el caso, meter la mano en la caja común.
 
Aclarado lo anterior y volviendo a la conversación, me produce desasosiego observar -ya sé que a través de la lente deformada de una televisión que debería ser de todxs y no lo es- la distendida cercanía de Pablo Iglesias con un líder de la extrema derecha que ataca -en estos días, no hay que irse a la hemeroteca- de una manera brutal los derechos de las mujeres y de las personas migrantes.
 
Ya sé que somos seres humanos y que hay un principio de respeto que debemos practicar, también ante nuestros adversarios, y que siempre nos debe distinguir. ¡Pero esas risas, esa cordialidad! Para mí es una cuestión de sentimientos y de sensibilidad, casi de pudor. No me preocupa tanto que los fotógrafos hayan captado este instante, como el mensaje de compadreo que traslada a la gente entre políticos situados en coordenadas radicalmente antagónicas.