Entre leones

Que España no nos impida ver la Tierra

Está bien que el Rey Felipe VI haya insulflado algo de autoestima a los españoles en el tradicional mensaje navideño. Aunque somos el país con más desaparecidos tras Camboya, la restauración democrática nos ha civilizado mucho y las nuevas generaciones no son ni cainitas ni guerracivilistas.

Eso sí, a los muertos hay que sacarlos de las cunetas y enterrarlos como Dios manda, si no queremos que la historia nos condene por crímenes de lesa humanidad ad eternum, si queremos lograr algún día el certificado internacional de higiene democrática.

Solo la presencia de Vox, con 52 escaños en el Congreso, pone en peligro todo lo bueno que el Rey quiere ver en España.

Al menos a mí es el extremo que más me preocupa –los independentistas son unas monjitas de la caridad pese al problema territorial que representan- por el cóctel siniestro de racismo, xenofobia, homofobia y misoginia que lanzan a diario a la sociedad española. Y hasta contra la unidad de España, curiosamente. Yo, desde luego, no compartiría con ellos ni una comunidad de vecinos.

Ahora, con el artículo del exgeneral Fulgencio Coll pidiendo que "los poderes del Estado" impidan la investidura de Pedro Sánchez y que incluso lo procesen –parecía un artista El Alcázar en sus buenos y golpistas días-, han abierto en sus grandes almacenes del disparate nacional una sección para asonadas y ruidos de sable a precios de saldo.

Aunque Pedro Sánchez ni ha pactado ni pactará nada que ponga en riesgo la unidad de España, estos neofranquistas, herederos de la Falange, les da lo mismo, que les da igual: ellos necesitan creer que el líder de los socialistas es un traidor a la Patria. Y están en una campaña preventiva feroz contra él.

Pero lo peor de todo es que no están solos. No son cuatro majaretas de la extrema derecha envueltos en su cruzada contra el rojerío. En ese movimiento de descrédito contra el actual presidente en funciones participan el PP, Ciudadanos y hasta socialistas de todos los pelajes, los de ultratumba, los barones a la violeta y los ninis.

Y, por supuesto, están los empresarios más ultramontanos del Ibex 35, que descubrieron la rentabilidad del patriotismo cuando recibieron la morterá del rescate bancario y se enteraron de que pagaría España de los españoles.

Y sus numerosísimos terminales mediáticos con los voceros a sueldo.

Pero esta foto fija de la España que animó el Rey a repeinarse y a gustarse, con sus manchas y manchones, no deja de ser un episodio más de esos árboles que nos impiden ver el bosque, un bosque que representa una Tierra que va camino de aumentar más de dos grados su temperatura hasta achicharrarnos vivos.

La Cumbre del Clima de Madrid, que debió imponer el abandono de los combustibles fósiles para alcanzar una sociedad climática neutra en 2050 (Odile Rodríguez de la Fuente), apenas si sentó las bases para poco o nada pese al titánico esfuerzo del Ministerio de Transición Ecológica, que tiene una ministra y un secretario de Estado más que notables.

Los negacionistas, con el más ilustre de todos, el presidente USA, Donald Trump, a la cabeza del aquelarre –y los de Vox como representantes en el negociado español-, ganaron sin comparecer, sin bajarse del autobús.

Así las cosas, los negacionistas seguirán a lo suyo, impidiendo la reducción de emisiones de dióxido de carbono y favoreciendo el deterioro de todos los ecosistemas –bosques, praderas, océanos, mares, manglares, etc.- que necesitamos para capturar un tercio de nuestra contaminación de dióxido de carbono y para rescatar los gases de efecto invernadero de la propia atmósfera.

Por cierto, hasta cuándo el silencio de partidos políticos progresistas y ecologistas, así como del propio Ministerio de Transición Ecológica, ante la última ampliación de 5.800 hectáreas del Parque Natural de Los Alcornocales, que La Almoraima SA –el consejo de administración del PSOE no retiró la denuncia que presentó el mismo órgano controlado por el PP- puso en manos de los tribunales de justicia.

Una decisión injustificada, propia más de negacionistas que de militantes contra el cambio climático.

Los Alcornocales, con cerca de 200.000 hectáreas entre las provincias de Cádiz y Málaga, necesita el granito de arena de esa ampliación –y también requiere mejoras urgente que palien su estado de semiabandono y una privatización poco productiva- para luchar contra la extinción de millones de especies y de nosotros mismos. Ni más ni menos.