Entre leones

Un millón de amigos

Uno a lo largo de la vida tiene muchos amigos o los justos y verdaderos. Cuando estás en la cresta de la ola, puedes llegar a tener un millón de amigos, que cantaba Roberto Carlos. Hasta los desconocidos te saludan con familiaridad y te abrazan; yo siempre he sospechado que era con intención de robarte la cartera.

Pero cuando te empiezan a venir mal dadas, te quedas con los amigos que tienes; el resto entran el cajón de sastre de los amigachos y otros bichos cercanos. En esos momentos de bajonazo, lo normal es que te nieguen no tres veces como Pedro a Jesús, sino las que hagan falta. Sin cartera que mangar, se acabó lo que se daba.

No descubro la pólvora ni nada nuevo: los afectos son muy volubles, dependen de muchas variables, entre otras de la renta per cápita o la empatía (simpatía) de cada uno, por citar dos que están muy relacionados. Quien no tiene de la segunda, la compra con la primera y al contado. Faltaría más

He conocido y conozco a ricos, muy ricos, que son unos auténticos hijos de puta y pasan ante su clientela como seres supremos (no confundir con las supremas de Móstoles) y extraordinarios, cuasi divinos.

Y al revés, personas más buenas que el pan, vituperadas por la lengua de serpiente del hombre blanco, que no soporta la bondad sin aliños.

Yo estoy en una fase decadente, propia de un señor de una cierta edad, y sospecho que me he quedado con los amigos de verdad.

Mi padre, que era un hombre sencillo que se trabajó media vida en una gasolinera de las de antes y de noche, los identificaba por las visitas hospitalarias –con dos visitas ya era un amigo- o por su generosidad para cuadrar los descuadres emocionales o pecuniarios.

No sé, pero quizás empiezo a pensar o sentir como mi padre, que lloriqueaba viendo a Laura Ingalls y a su familia sortear las mil y una desgracias de La Casa de la Pradera.

El otro día lo emulé cuando apareció en la tele María Jiménez cantando con Miguel Poveda, de quien oí hablar por primera vez por boca de Lluís Cabrera en el Taller de Músics: "El próximo gran cantaor de flamenco será catalán". Gran tipo Lluís.

Creía que la hija del trueno y el relámpago estaba muerta y apareció con esa voz de siempre que pellizca los corazones y sacude las tripas. Nuestra Chavela Vargas está vivita y coleando: el mejor regalo de Reyes posible para mi melancolía.

Me marqué un Ordesa –espectacular la novela de Manuel Vilas- y entablé una conversación de ultratumba con mi padre, sentados los dos en el salón de mi casa, con mi madre gritando a destiempo: "¡Jorgitoooo, a comer!" (porque yo estaba en otra edad y en otro tiempo jugando en el Paseo a la pelota, pero fui capaz de oler a papas con carne).

Ni que decir tiene que también me emocioné con estos saltos mortales de vidas vividas.

Siempre tuve facilidad para hablar con los muertos. Muy abuelo decía que era un don de nacimiento. Yo creo que algo debía traer de cuna, pero fue más bien producto de una pedrada en la cabeza y, sobre todo, de mi relectura permanente de Juan Rulfo en busca de las palabras mágicas que me revelaran los secretos del Jarabe Tapatío bien bailado.

Pero volvamos a los amigos. Los más numerosos están en mi infancia. Estos me acompañarán hasta la tumba y viceversa. Son mis hermanos Diego, Salvador, Andrés, Enriquito, Pincho, Luis, Dieguito, Carlos (...) y santificamos esa amistad con pan, vino y una pipirrana en la memoria colectiva en el patio del Arco de Inés Morales –y pulpo en la Feria-, recordando la guerra del Lavasol y de cómo El Cachivano se cargó con una flecha al mismísimo Toro Sentado.

Y están los magníficos, entre que los que hay un enamoramiento hasta los huesos eterno sin besos ni caricias, una derrota tras derrota hasta la masacre final, una defensa cerrada del Manchester United y del Liverpool mientras que no jueguen contra los herederos de Di Stéfano, la crónica de la generación más honesta, un sindicalista ancho y grande de CCOO salido de Novecento, un ecijano con golpes de la Viña, un alemán con pasaporte español y colombiano y carné de conducir británico, el padre de una bailarina en London, un Juanito que nació en el barrio de Paco de Lucía, un oso de peluche con una pluma llena de historias de hienas asesinas y de chicas que se ganan el pan con el sudor de su entrepierna, un gallego y una gibraltareña con la magia de dos mares, un sieso manío de un corazón enorme y atlético, un jugador de baloncesto que luchó y volvió a luchar por un rebote y en estos días sigue luchando para mañana poder volver a luchar, una señora ministra, un portuario que no para de cosechar éxitos y fuma a escondidas...

No voy a seguir porque a lo peor llego al millón de amigos y acabo desmintiéndome a mí mismo. Aunque, bien pensado, no estaría del todo mal eso de desmentirse a uno mismo, ¿no?.

Mucha salud, y que la fuerza y el 69 (es por la Lotería) os acompañen en 2020, hermanos.