La revuelta de las neuronas

La economía no es aritmética

Todos, e insisto en esto, todos los Estados miembros están obligados a cumplir las normas del Pacto de Estabilidad y German Chancellor Merkel and Spanish Prime Minister Rajoy  talk as they walk along a stretch of the way of St. James near Santiago de Compostela, northwestern SpainCrecimiento. 

Angela Merkel

Como en todo campo disciplinario la economía tiene una autonomía relativa, es decir, cuenta con una serie de reglas que le son propias al igual que por su parte las tiene la política, pero llegar a pensar que una de estas esferas es totalmente autosuficiente y no interactúa con el resto, es un error. Las posturas que reducen la economía a mera aritmética, a una discusión de números, a simples matemáticas, desprenden una gran carga ideológica, precisamente lo hacen, cuanto más convencidos están de que la economía no tiene nada que ver con la política. Claro que no es plastilina, pero no es solo aritmética. En la actualidad, la economía es una forma de poder que no está sometida a la decisión democrática, esto significa que independientemente de lo que decida la ciudadanía con su voto, hay ciertas reglas y lógicas económicas que funcionan por encima de la democracia. Una forma de poder, que por un lado, pide que la política no interfiera en sus asuntos, pero al mismo tiempo, participa políticamente 365 días al año, avisa, amedrenta y amenaza a la población sobre las consecuencias de mantener según que opciones políticas.

Todos somos jurídicamente iguales y en unas elecciones, el voto de un vagabundo vale lo mismo que el de un millonario, pero en la vida cotidiana de la que depende nuestra capacidad de decidir y ejercer la democracia, somos materialmente desiguales. ¿Puede haber democracia sin servicios públicos, con altas tasas de pobreza, sin acceso a los medios de vida? Para la tradición liberal, la política empieza y termina con el voto, luego debe recluirse en el ámbito de lo privado, de puertas de casa para adentro hasta las próximas elecciones. Cuestionar este mecanismo limitado de la democracia, donde la libertad económica es muchas veces, sinónimo de la libertad de unos pocos a decidir sobre la vida de muchos, algunos lo perciben como un ataque a la democracia. Ahora bien, paradójicamente, las tesis liberales sobre la economía jamás han funcionado al margen del apoyo del poder político y estatal especialmente. No existe una cosa que sea el Laissez-faire por un lado y por el otro el Estado intervencionista, ambos crecen juntos en la historia. La UE es un gran ejemplo de ello; primero fueron los ordoliberales alemanes tras la II Guerra Mundial quienes asentaron sus bases, y luego vinieron los neoliberales, con los que finalmente el mercado asalta las instituciones políticas.

La UE funciona sin coordinación política y económica, esto es lo que siempre han definido y defendido las élites alemanas como, una comunidad de estabilidad presupuestaria: un mismo marco monetario donde cada Estado debe garantizar de forma individual el equilibrio presupuestario, sin políticas fiscales y económicas comunes, agravando una división europea del trabajo. La UE solo se coordina para que el déficit no supere el 3% y la deuda el 60% del PIB y el BCE, independiente de la democracia, fija su objetivo en que la inflación no supere el 2%. Los arquitectos del neoliberalismo confían en que poniendo esta serie de límites, la economía puede funcionar a base de automatismos que por sí mismos disciplinan a los Estados miembros.

Pero al no existir programas comunes fiscales, este modelo que se aplica como regla moral general, independientemente de la realidad productiva de cada país y de su lugar en la división europea del trabajo, solo era cuestión de tiempo observar sus márgenes. En 2007, los países de corazón de la UE, tenían superávit comercial, exportando más de lo que importaban: Alemania (7,9% del PIB), Holanda (8,1%), Bélgica (3,5%). En cambio los países del sur tenían déficit comercial, Portugal (8,5% del PIB), España (9,6%) y Grecia (12,5%). Los primeros aplicaron medidas que congelaban los salarios para ganar en competitividad y la rebaja en la demanda interna, la suplían con las exportaciones. Los segundos, tenían un tipo de interés real muy bajo que propiciaba burbujas (inmobiliaria) y la financiación que recibían, venía de los créditos que nutrían los millones de excedente de los primeros, para que los segundos, les comprasen sus exportaciones. Te presto el dinero para que me compres.

Cuando este mecanismo encuentra sus límites, la opción oficial pasa por acentuar las políticas de retroceso social que dificultan, todavía más, la salida de la crisis. Mecanismos como el TECG (Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza, 2012) y del MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad), funcionan, el primero para imponer más reglas de disciplina presupuestaria y el segundo, aporta el dinero para restaurar la coerción de los mercados financieros sobre los Estados. El dinero solo circula por los mercados financieros, toda esa liquidez inyectada solo sirve para generar nuevas burbujas especulativas. Las reglas de la austeridad, son en definitiva, las reglas de la deflación en una economía del saqueo por la vía de la  deuda, que siempre apuesta por reducir las condiciones laborales, por privatizar servicios públicos y por la represión salarial. Sin que los Estados puedan devaluar la moneda y en ausencia de políticas fiscales expansivas europeas, nos queda presionar haciendo valer que somos la cuarta economía de Europa, y sumarnos a otros países del sur para modificar los tratados de la UE, y en la medida de lo posible, en alianza con los precarios alemanes. El BCE es, por decirlo en términos modernos, el nuevo Palacio de Invierno.