Enseñanzas políticas del coronavirus

 

 

 

 

 

En el capitalismo, siempre hay tiempo para el negocio

Vivimos en sociedades capitalistas. El problema en cualquier crisis, del tipo que sea, es que hay un principio, la búsqueda del beneficio, que encuentra una oportunidad de negocio multiplicada. Los sinvergüenzas ven una oportunidad de negocio y la utilizan, cada uno según sus posibilidades y su moral. Unos venden mascarillas poniendo anuncios a bolígrafo en una farola, otros venden acciones a la baja desde Wall Street, OK diario anuncia funerarias al lado de noticias sobre el coronavirus o negocia con informaciones pidiendo dinero a las administraciones, otros roban a ancianos en sus casas y aquellos en anuncios en televisión, se suben los precios, se aprieta a los trabajadores o se saltan los controles que establecen las autoridades porque el egoísmo pesa más.

En las crisis también puede operar un principio contrario, el de la solidaridad y la cooperación, pero para que se generalicen necesitan reciprocidad. De lo contrario, los gorrones dinamitan la confianza y se regresa a la lucha de todos contra todos.

En una sociedad culta, los políticos tienden a ser cultos. En una sociedad atrasada, los políticos se parecen a la ciudadanía. Los habrá cultos e imbéciles. Cuando la sociedad tiene un nivel alto de cultura, la respuesta ciudadana se orienta por la esfera pública. No tiras papeles al suelo ni consientes fiestas invitando a los jóvenes a contagiarse bebiendo juntos en un bar. Cuando la cultura ciudadana es prehistórica porque lo público no es lo de todos sino lo de nadie, sales de los focos de contagio y te vas a un pueblo lleno de ancianos a llevarles allí la enfermedad, o dices que a ti no te afecta el coronavirus porque eres muy macho y muy español o piensas que ahora que no hay clases es el momento de llenar las terrazas o los bares o haces política esperando sacar algún rédito del momento.

Conseguir audiencia dando gritos ¿Para qué?

Los economistas parecen más inteligentes cuanto más apocalíptico es su mensaje. Te asustan y, aunque no sea su intencion, hace más fácil que vengan otros a robarte  la cartera. Igual ocurre con los politólogos y los sociólogos que ya dan por hecho que con la crisis el invierno de la democracia es inevitable y que parecen más profundos cuanto más oscuro es su pronóstico. De los periodistas ni hablamos. Ocurre en todas las profesiones. Los profetas apocalípticos siempre han tenido mucho predicamento porque el ser humano es temeroso. Sabemos que la vida es muy frágil y que la muerte siempre nos está rondando. Convocarla a gritos en situaciones de incertidumbre genera mucho miedo y los gritones logran que les hagan más caso.

Hay también políticos carroñeros, como Toni Cantó, que ha aprovechado el contagio de la Ministra de Igualdad para convertir el "yo sí te creo compañera" en "yo sí te contagio, compañera". Entre los apocalípticos siempre ha habido mucho carroñero. Pablo Casado intenta barrer para casa insultando a la ciencia y diciendo al Gobierno que qué demonios hace escuchando a los médicos y a los epidemiólogos,  lo que demuestra que está en clara involución. Hemos salvado, aun lamentándolo en términos personales, un gran escollo con las infecciones de los dirigentes de VOX. Porque si no se hubieran infectado, estarían autoproclamándose salvadores de la patria en un mercado. Porque es lo que viene haciendo sin ningún pudor. Hoy sabemos más cosas que hace un mes. Con la pandemia, cada día tiene su afán. Hoy no celebraríamos el 8M. Pero nadie pidió que se parara, todos los partidos fueron a la manifestación y VOX celebró su encuentro en Vistalegre el mismo día. Fue sin embargo  una imprudencia igual ayer que hoy  ir de vacaciones a Milán y a Vitoria y, ya con claros síntomas de la enfermedad, acudir al Congreso de VOX, como hizo Ortega Smith. ¿Aprenderemos que en las pandemias tenemos todos que ser más prudentes y guiarnos por el interés colectivo?

Si alguien cree que el sistema capitalista no va a aprovechar la crisis del coronavirus para controlar más a los trabajadores, reducir costes, despedir gente y disciplinar a la ciudadanía es que no sabe cómo funciona este sistema. Desde que tenemos noticia, el capitalismo ha utilizado cualquier crisis para afianzar su manera de estar en el mundo. Esa lógica funciona al interior de los países y, de manera descarnada, en la competencia entre los países. Es el metabolismo del capital. Pero es muy difícil que los medios de comunicación, y en particular sus tertulias, que son focos de propaganda sistémica, no defiendan ahora el interés general, la sanidad pública, la atención a los más débiles, el cuidado de los ancianos, la necesidad de más gasto social. Va a ser así en el corto plazo, igual que cuando estalló la crisis de 2008 salieron los principales líderes mundiales a decir que había que construir un capitalismo más humano. Pero como las calles no se llenaron de indignados, se dieron cuenta de que podían seguir apretándonos. Porque la lógica del beneficio solo se frena si la lógica de la cooperación es más fuerte.

También nos obliga a una reflexión las noticias que vienen de China: el big data hace que el gobierno tenga información precisa en tiempo y lugar de cada ciudadano. Gracias a eso han parado la epidemia. Aunque dando patadas a la democracia y construyendo un escenario futuro distópico y feo. Reconocimiento facial, toma de temperatura a distancia (¿también sabrán cuánto hemos bebido, si estamos tristes o eufóricos, si tenemos rabia o queremos hacer el amor?), control de dónde has estado y con quién. Y, por supuesto, todo lo que estás diciendo o haciendo. Esa posibilidad está ahí y nos hace reclamar con aún más fuerza derechos democráticos. Porque en China, esa información la tiene el gobierno, y en el mundo occidental, las grandes empresas. Por eso, la izquierda tiene que asaltar ahora el algoritmo o con los datos que entrega a cualquier poder va a construir su propia cárcel.

Pero toda acción tiene su reacción

Claro que hay sectores que van a intentar aprovechar en interés propio la crisis, pero lo lograrán o no en virtud de la correlación de fuerzas. La famosa mano invisible del mercado es eso: buscar enriquecerse a través del mercado y comportarse haciendo lo que sea necesario para lograr ese objetivo. Pero frente a la mano invisible del mercado, está la mano visible del Estado y de lo público. Si tienen un compromiso democrático. El análisis de los riesgos que vienen, si es honesto, va en la dirección correcta. Sin embargo, el grito ¡Que viene el apocalipsis! no lo es, porque paraliza.

En un principio, la Comunidad de Madrid, gobernada por la derecha, pactó con los hoteleros (en horas bajas) para convertir las habitaciones de los hoteles en camas hospitalarias. De la misma manera que organizó que el hospital de La Paz convierta su gimnasio en camas para urgencias. Está bien. Aunque uno se preguntaba por qué la sanidad privada no se veía obligada desde el principio, en una situación de crisis, a poner el 100% de sus camas al servicio de las necesidades de la ciudadanía. Porque el artículo 128 de la Constitución dice que toda la riqueza en España está sometida al interés general. Lo ha terminado haciendo el Gobierno de coalición de España. Con enfado del PP, de Ciudadanos y de VOX.

¿Aprenderemos de la crisis?

En Estados Unidos hay 28 millones de personas sin seguro médico. Cerrar allí las escuelas es dejar a decenas de miles de niños sin el único lugar donde comen o reciben medicinas. En China, hicieron dos hospitales en quince días. Han podido cerrar ya más de una decena de hospitales de emergencia y están mandando mascarillas, ventiladores pulmonares, material de detección de la enfermedad y expertos a otros países. China no es un modelo de democracia, pero algunas cosas las hace infinitamente mejor que Estados Unidos, donde el loco de Trump es el referente para la derecha europea y latinoamericana. Alemania está acaparando material médico y no deja que llegue ni siquiera a Austria.

Las soluciones no pasan por los gritos, por las carreras a los supermercados, por el colapso egoísta de los hospitales, por huir a pueblos habitados por ancianos a llevarles la enfermedad o, incluso, la muerte, sino por lo que nos ha traído hasta aquí en el desarrollo evolutivo: la cooperación. Decía Keynes, que ha sido uno de los economistas más listos, que en 100 años todos muertos. Mientras tanto habrá que hacer algo. En China ya se está pasando la crisis. Todos los insultos que recibieron quedan ahora como un patético oportunismo. Y como la han solventado desde el punto de vista de los intereses colectivos, van a salir muy reforzados de esta crisis. Si China manda ayuda a Europa, la Ruta de la Seda va a encontrar por fin a su mejor embajador.

Se trata de aprender de ese comportamiento, pero resguardando la democracia. Con urgencia, que cesen los bulos (no es verdad, por ejemplo, que con calor desaparezca el virus). De esta crisis se puede salir con más derechos o con menos. Si vence el miedo, perderán las mayorías. Las autoridades, en España, podrán tomar medidas necesarias y, sin embargo, sentir que perdemos libertades. Se trata de entender por nosotros mismos que hay un problema enorme y que tenemos que solventarlo entre todos. Ese "me bajo al bar a tomar algo" ahora mismo no es inteligente, igual que no lo es ninguna aglomeración ni ir de un lado a otro ignorando que nuestro cuerpo es posible portador de la enfermedad aunque que nos demos cuenta. Sepamos que hay gente dispuesta a ayudar y gente dispuesta a aprovecharse. Huyamos de los que hablan o actúan por otros intereses que no son los colectivos, sea por ganar dinero, votos o presencia. También de la irresponsablidad.  Pensemos que cada una de las decisiones que se tomen ahora pueden venir para quedarse, por lo que conviene leer mucho, pensar mucho, debatir mucho y convencernos de que el mundo está cambiando muy deprisa. Y a ese mundo que se perfila, o lo entendemos y le damos forma, o nos arriesgamos a que no nos quede otra que malvivirlo. Aún es tiempo.