Opinion · Las carga el diablo

Una habitación de hospital

– ¿Otra vez por aquí? ¿Cómo están? Les pedimos disculpas si no les atendemos con la rapidez de otras veces. Nos han quitado una enfermera por ala en cada planta. Los recortes, ya saben…

La amable enfermera que atiende a mi madre en sus inevitables y cada vez más frecuentes ingresos en el hospital se dirige así a nosotros al reconocernos. No se queja. Lo expresa como quien describe un paisaje, o como quien ya lo ha contado muchas veces: sin emociones, pero con precisión. Notamos que hay menos vasos, menos servilletas, menos material, digamos, de segunda necesidad.

– Aquí en la habitación hace frío con el aire acondicionado -me dice el hijo de la señora que comparte habitación con mi madre. Si se va a quedar usted de acompañante esta noche, más vale que consiga una sábana o una manta cuanto antes, que se acaban. Y si se la trae de casa, mejor.

Antes de subir a planta, durante el período de observación, pude escuchar en la sala conversaciones de familiares de otros pacientes: a todos empieza a costar más dinero que antes que alguien del entorno se ponga enfermo: medicinas que han quedado fuera de las recetas y que son imprescindibles, servicios para los que antes había ambulancias y ahora no…

Son señales que evidencian el comienzo del declive, pespuntes que anuncian tiempos que llegaron para no marcharse. Será muy difícil volver a lo de antes. Veo a un conocido con una hernia abdominal cada vez más abultada, que ha venido acompañado de su mujer, aquejada de problemas vasculares. Ocho meses lleva él en lista de espera para ser operado. Más que indignados parecen resignados. Por cómo me hablan deduzco que han echado mano de su memoria de infancia, de su recuerdo de la tribulaciones familiares de hace cincuenta años y han decidido poner la mente en modo «resignación». Temen que las cosas, como sucediera en otros tiempos, vayan a peor.

No son los únicos. Aprovecho estos días de hospital para hablar con personas de toda edad y condición y concluyo que en su actitud está quizás la explicación de por qué las cosas no han reventado todavía. Los pacientes, por lo general personas mayores, les dicen a sus hijos y nietos que ellos ya se temían que esto fuera un paréntesis. No parecen tener conciencia de haber conquistado un derecho, sino de haber tenido suerte en una etapa de su vida en que la sanidad funcionaba fenomenal y las medicinas eran gratis. Y recuerdan una y otra vez lo mal que pintaban las cosas cuando ellos eran niños y la guerra estaba recién acabada.

Salvo algunas excepciones, por lo general los mayores predican mentalidad práctica: las pensiones están amenazadas, sí, pero todavía las cobran. Las listas de espera crecen cada día porque los retrasos son cada vez mayores, pero todavía los operan sin tener que pagar. Cuando se les dice que si no se lucha ahora las cosas irán cada vez peor, buena parte de los enfermos y familiares de la planta en la que se encuentra mi madre no parecen estar muy por la labor de salir a pegar voces por las calles, por ejemplo. Introduzco unas monedas para que funcione el televisor y así las abuelas se entretengan un rato. Cuando llega la hora de las noticias, en el cuarto todo es unanimidad:

– ¿Tanto dinero has puesto que no se apaga la tele todavía? -me preguntan
– Ya le queda poco, les digo ¿No queréis ver las noticias?
– ¿Para qué? Solo hablan de ladrones. Qué asco de políticos. Da igual unos que otros, todos se lo llevan a manos llenas.

Los ponen a caldo, es verdad, pero lo hacen en tono descriptivo. No parecen crispados ni enfadados. No se alteran. Se diría que ya han pasado por esto antes, que están escarmentados, que no tienen ganas de follones. Se diría que parece como si supieran que esto iba a llegar. Como si hubieran estado ensayando para cuando aparecieran los contratiempos. Como si hubieran estado ahorrando paciencia para ahora romper la hucha.