Opinión · Las carga el diablo

Cuando la corrupción nos parecía tan normal

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La mejor manera de conseguir ser un eficaz corrupto en el poder es rodearte de estómagos agradecidos. Fácil: el asunto consiste en ir haciendo favores a tus subordinados sin parar desde que te sientas en el sillón. Apenas alguien te debe algo, ya lo tienes pillado. Y a partir de ese momento estarás en condiciones de hacerle “ofertas” que no podrá rechazar.

Esta peliculera y mafiosa táctica ha sido la utilizada por buena parte de los mangantes que han ocupado sillones desde donde se ha gestionado poder en nuestro país durante los últimos treinta y cinco años. Si yo te doy una tarjeta negra para que te pegues la vidorra, no tendrás más remedio que mirar para otro lado cuando descubras lo sinvergüenza que soy y la descomunal dimensión de lo que trinco.

El ex juez Elpidio Silva, que no estaba invitado a la fiesta, apareció un buen día en escena y osó ponerse a investigar y a preguntar: Blesa, Miami, sobreprecio, Aznar, Faes… No le dio tiempo a preguntar mucho más: fue fumigado sin compasión alguna por entrometido.

Lo de las tarjetas, parece obvio, es solo la punta del iceberg, la engañifa para distraer de los desfalcos importantes, esos que aún puede que desconozcamos, pero de los que algún día no demasiado lejano tendremos cumplida cuenta. ¿Hemos estado ciegos? ¿Hemos estado tontos? ¿De pronto se ha hecho la luz como por arte de magia? Me contaba una buena amiga periodista en Navarra hace años, cómo estando con Gabriel Urralburu, entonces presidente de la Comunidad, en una tradicional comida navideña éste comentó con toda naturalidad:

– Bueno, en unos días no nos vamos a ver porque mañana me voy con mi mujer a París y de ahí en el Concorde a Nueva York en el viaje anual de Caja Navarra.

– Escuchábamos aquello, me cuenta mi amiga, y nos parecía tan normal.

Ahí puede que resida parte del problema. Nos “parecía tan normal“. Incluso envidiábamos el privilegio y hasta soñábamos con que algún día nos cayera la breva. No existía conciencia de transgresión o estábamos todos anestesiados. El caso es que el trinque, la prebenda y la coyunda han planeado durante muchos años sobre una manera de funcionar que no ha dejado títere con cabeza: todos comprados, todos trincados, todos pillados por los “güebos” ¿Alguien que haya tenido poder, libre de culpa, estaría en condiciones de tirar la primera piedra? Encontremos aunque sea una sola persona “justa“, limpia de polvo y paja, para que no nos pase como en Sodoma y Gomorra. La solución no puede ser que todo acabe ardiendo.

Nadie pensó que esto tendría un tope. La vaca daba leche y punto. Para qué preocuparse. Con el edificio ya derrumbándose, las cajas rescatándose y los juzgados atestados de casos de corrupción, algunos han continuado moviendo pasta gansa en paraísos fiscales y otros han aprovechado también hasta el último minuto posible para sacar del cajero el máximo “permitido”: mil euros diarios, alehop! Como quien, en un incendio, es capaz de jugarse la vida para recuperar un billete de cincuenta euros. ¡Cuánta miseria!

La codicia, como la vanidad, son nuestra ruina. Desde Esquilo y Sófocles lo sabemos. Shakespeare nos lo recordó para siempre de manera brillante en muchas de sus piezas teatrales. Pero no parece que queramos aprender. Supieron tentar para comprar silencios y fueron muchos, demasiados, los que decidieron tragar y vender su primogenitura por un plato de lentejas. Parecía todo tan normal…