Mariano Rajoy, según Silvio Rodríguez

 

De vez en cuando alguien suelta algo así como atado y bien atado, puedo prometer y prometo, ja soc aquí, sin prisa pero sin pausa, la justicia es un cachondeo o manda huevos. Así, con unas cuantas palabras más o menos baratas y a menudo breves, cualquiera entra en el santuario de las frases célebres que se repiten hasta la saciedad a través del google de la memoria colectiva. A nuestro actual presidente de Gobierno, sin embargo, no le asiste el don de la síntesis: “Tenga usted y todos los presentes la total y absoluta seguridad de que España hará todo lo posible y además superará la crisis económica por la que estamos pasando en estos momentos. Y que además su Gobierno hará todo lo posible para que también Europa haga todo lo posible para entre todos superar esta grave crisis económica”.

Así habló Mariano Rajoy en la sede madrileña del Banco Iberoamericano de Desarrollo en Madrid, hace unos días. Era el profeta del posibilismo, un disco rayado, un eco de otras voces. A su lado, el ministro de Economía Luis de Guindos ponía cara de probable. Pero, afuera, en la calle, la gente sencillamente no podía más.

España, su gobierno, Europa y Rajoy están haciendo todo lo posible para acabar con la minería antes de que los mineros acaben con Mariano, con Europa, con su gobierno y con una España genuflexa ante los que todo lo pueden, aunque nadie haya podido elegirles. Al actual titular de La Moncloa podrán acusarle de embustero, visto lo visto, de repetitivo, oído lo oído, pero no de incoherente: si es insostenible el sistema de pensiones, acabemos antes con los servicios universales de salud pública con tal de evitar que tanta gente llegue a vieja. Cualquier día, tal vez, en vez de congelar las pensiones, congelarán a los pensionistas, para hibernarles como a Walt Disney hasta que el Estado pueda devolverles lo que cotizaron.

Otro mundo es posible también: si no podemos alcanzar el 0,7 por ciento de los Presupuestos Generales en materia de cooperación, suprimamos la cooperación y así nos ahorramos semejante disgusto y un montón de euros. Es triste despedir en los aeropuertos a la generación más preparada de la historia española, camino de una barra de club londinense, de una tienda austriaca de salchichas o de un jardín de infancia holandés. Para que los cerebros no se fuguen, suprimamos los cerebros. Es posible. O sea, impidamos que los pobres estudien carreras superiores para que no tengan que desperdiciar en balde cuatro años de su vida. Es posible rescatar a la banca, así lo cree el hombre que huye por los garajes. Pero es imposible rescatar a quienes la banca ha hecho la vida imposible.

Lo imposible quizá sea que todo ello deje de ser posible. Que la libertad no tenga que ser constitucionalmente recortada como si constituyera un déficit. Que si queremos crear empleo no lo destruyamos, que si creemos en el futuro no retornemos precipitadamente al pasado. Que el Gobierno permita que los jueces lo sigan siendo y que la justicia deje de ser utilizada por quienes mandan. Que si tanto les gusta la Santa Madre Iglesia, que le ayuden a pagar el IBI de su propio bolsillo. Que alguien convenza a Angela Merkel para que la troika intervenga a nuestros siete millones de parados y los pongan a currar con un sueldo justo. Que la Guardia Civil persiga como si fuera El Lute a los capitales en fuga pero que la amnistía fiscal se aplique a las hipotecas de quienes no tienen como pagarlas..

“Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado”, cantaba Silvio Rodríguez. Pero Mariano Rajoy no debe tener esa canción en su Ipod.