Corazón de Olivetti

El sorpasso de Podemos

 

Izquierda Unida viene acariciando durante largos años la posibilidad de arrebatarle al PSOE la primacía de la Izquierda Española. Ahora, si hacemos caso de las últimas encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, lejos de dicho escenario, parece quedar fuera del podio electoral español, desplazadas sus expectativas electorales por la irresistible ascensión de Podemos.

En la argumentación de aquella antigua estrategia de la coalición que liderara Julio Anguita –cuya razón y corazón siguen afortunadamente latiendo-- se utilizó, a finales de los años 80, una expresión italiana, la de "il sorpasso", que vendría a traducirse como "el adelantamiento". Más allá del título de una dramática película de culto de Dino Rissi, alentaba al Partido Comunista Italiano a gobernar dicho país en lugar de la Democracia Italiana, en los viejos tiempos del compromiso histórico. El sueño del PCI terminó diluyéndose en los sucesivos grados de pesadilla que fueron transcurriendo desde la era de Il Divo a la de Il Cavagliere.

Tampoco vieron cumplidas sus expectativas los antiguos comunistas españoles. El último pulso real con los socialdemócratas se produjo en Andalucía, donde ahora paradójicamente ha cuajado una interesante coalición entre ambas fuerzas. Allí, a mediados de los 90, la Izquierda Unida de Luis Carlos Rejón y el Partido Popular de Javier Arenas, crearon una suerte de "pinza" parlamentaria que impidió que el PSOE de Manuel Chaves, en minoría, pudiera gobernar la comunidad. Al menos, así lo vendieron los socialistas a la opinión pública y, desde luego, así lo percibió la ciudadanía que castigó considerablemente a IU en la siguiente convocatoria a urnas.

La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, controvertida por su anacronismo y por la contradicción evidente de algunos de sus datos, situaría al Partido Popular en una cómoda mayoría del 30 por ciento del electorado, que aunque pierde casi dos puntos, arrebaña más de ocho al PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba. El histórico partido del viejo Pablo Iglesias, después de tocar suelo en abril, sigue escarbando, en espera del posible efecto Pedro Sánchez que sondeos más recientes saludan con optimismo para el socialismo español. Incluso no falta quienes proclamen un empate técnico en las cumbres del añejo bipartidismo patrio.

Uno de los grandes misterios demoscópicos de la España contemporánea estribará en saber por qué los encuestados siguen otorgando la mayoría a los actuales inquilinos de la Moncloa cuando sólo un 8,1% de los ciudadanos considera que la gestión de Mariano Rajoy está siendo "buena" o "muy buena" frente al 67% que la califica como "mala" o "muy mala". Claro que la oposición del PSOE, hasta la fecha, refleja peores calificativos. Tan sólo la califican como "buena" o "muy buena" un 2,1% de los encuestados, mientras que el 70,4% la perciben como "mala" o "muy mala". Corren malos tiempos en el estío para comprobar si dichas apreciaciones variarán con el bañador puesto.

La gran sorpresa de la prospectiva electoral del CIS de julio no estriba tanto en la escasa factura que su mal gobierno le pasa a don Tancredo sino en la irrupción como tercera fuerza política del país de Podemos, con un 15,3 por ciento de expectativa de votos, lo que duplica sus resultados en las últimas elecciones europeas. De trasladarse a la realidad política dichos sondeos, Izquierda Unida caería hasta el 8,2 por ciento y UPyD hacia un discreto porcentaje del 5,9 por ciento. Por lo demás, sólo crece ERC hasta un 3,3 por ciento, aunque restringido por lo común a los territorios catalanes.

La irresistible ascensión de Podemos no cabe situarla sólo en sus primeras bases, ligadas al 15-M, a Democracia Real y a toda aquella catarsis colectiva que España vivió a partir del último año de mandato de José Luis Rodríguez Zapatero; doblegado finalmente ante la dictadura del Ecofin y de las reformas constitucionales por vía exprés y a la medida de la contención del déficit que exigía la Unión Europea y el Bundesbank. Tampoco hay que atribuirlo al crecimiento en el número de sus militantes, que en poco tiempo rozan los cien mil, o la extensión de sus estructuras asamblearias a otras localidad más allá de las capitales de provincia donde contaban con afectos previos al 25 de mayo. Habría que buscar una explicación a dicho fenómeno en otro de los datos que ofrece la encuesta: el 10 por ciento de los consultados considera que la situación política es el primer problema de este país, tan sólo aventajado por un 15,7 por ciento que otorga dicho liderazgo a la corrupción y el fraude o el 54,8 por ciento que le colocan al paro el maillot amarillo de dicha calificación. Incluso los problemas de índole económica, con un 8,2, se sitúan por debajo de la mala imagen de nuestra política.

¿Qué vende, en dicho mercado democrático, Podemos? Principalmente, su novedad, su inocencia y sus manos limpias. Hasta ahora. La ciudadanía desconoce su programa, por mucho que intervenga en televisión el nuevo Pablo Iglesias o que los libros en torno a su figura se prodiguen más últimamente que los de Dan Brown. Tienen razón sus líderes a la hora de ser cautos en analizar las encuestas. Ni está todo el pescado vendido ni nadie puede predecir qué ocurrirá cuando los compañeros de viaje del partido asambleario que inspira Juan Carlos Monedero empiecen a tocar poder o, más allá de los rostros conocidos, comiencen a aflorar otros que gocen de menos simpatías populares, como quizá pueda ocurrir en las municipales o en las autonómicas si no andan finos a la hora de elegir sus carteles. Al día de hoy, las esperanzas progresistas se decantan más a su favor que a favor de la vieja izquierda en sus diferentes coloraciones. Y cualquier crítica, sobre todo las soeces, multiplican sus simpatías y les fortalecen como si con seguidores de la coleta fueran gremlins bañados más allá de la medianoche.

Con los datos del CIS sobre la mesa, lo que está claro, hoy por hoy, es que al PP ni siquiera le hará falta reformar por su cuenta y riesgo las leyes que hagan falta para que gobiernen los alcaldes más votados. De repetirse dicha prospectiva en las próximas elecciones locales, podrán hacerlo cómodamente si no prosperan coaliciones como la que se auspician bajo diversos epígrafes –Guanyem o Ganemos suele ser la marca más recurrente--, pero que encierran el mismo espíritu de Podemos.

Resulta impensable considerar la posibilidad de gobiernos de coalición entre PSOE, Izquierda Unida y Podemos. Mientras los primeros acusan a los terceros de ser populistas y falsamente utópicos, estos meten a los socialdemócratas dentro de "la casta", esa especie de majzén a la española, a la que se atribuye todos los males de la actualidad. Conscientes de dicho estado de cosas y de su propia debilidad, la Izquierda Unida de Alberto Garzón explora posibles alianzas, no sólo con Podemos sino con otras formaciones que también dieron la cara durante los últimos comicios europeos, principalmente Equo, pero también otras organizaciones y plataformas que el CIS aloja bajo el paraguas de un cuatro por ciento de electorado disperso en aguas turbulentas hacia las que se dirigen ahora las cañas de pesca de la izquierda plural, pero también de la derecha.

Ignoro si la encuesta del CIS supondrá algo más que una tormenta o una serpiente de verano. Hoy por hoy, sus valoraciones nos cuentan que el sorpasso sigue dándolo el Partido Popular, esa formación que destruye a marchas forzadas la educación pública y la salud universal, la que volatiliza empleo digno y lo reconvierte en precario, la que privatiza la justicia, la que criminaliza el aborto y las manifestaciones de protesta. ¿Cómo se dirá, por cierto, retraso en italiano?